Joe Louis sigue en su inderrumbable dictadura pugilística. Después de que su encuentro con el otro Joe –el reluciente y monumental cocinero– había sido aplazado en dos ocasiones porque la lluvia seguía en insistente expectativa sobre el Yankee Stadium, los colosos negros salieron al cuadrilátero a estremecer con sus formidables trompadas, el sistema nervioso del continente.
Atentos y con el cuerpo lleno de un silencio trepidante, nosotros seguimos, junto al aparato de radio, los movimientos de los dos gladiadores. Eran dos animales magníficos, los que se movían con una técnica desenvoltura en el estadio neoyorquino y eran dos anatomías de bestias rebeldes las que se cruzaban golpes acerados en el cuadrilátero de nuestra imaginación.
Sin embargo, los que simpatizábamos con Walcott más que por el deseo de su triunfo, por un incontenible afán de renovación, sentimos que con el cuerpo vencido se derrumbaba también el más pugilístico de nuestros deseos. Pensar que Joe Louis seguirá siendo campeón tiene un sabor soso, aburrido, y su triunfo no tiene ya ninguna importancia por la simple razón de que no tiene ya nada de particular. Más aun, sin pretensiones de fabricar una paradoja, podría decirse que lo que no podemos soportar de esta victoria de Louis, es la íntima e involuntaria seguridad que ya teníamos de ella.
Hubiera sido más original que Walcott pasara, por el puente seguro de una trompada, de la cocina de su restaurante a esa otra cocina, grande y codiciada, del campeonato mundial.
Después de todo, su triunfo nos habría hecho asistir a otro de los extraños espectáculos que nos ofrece nuestro tiempo, porque Louis, como estaba prometido, se habría dedicado a la política. Y si por allá las cosas andan como por aquí, y el negro invencible no perdía la incontenible fuerza de sus puños, no cabe duda de que habría tenido una luminosa trayectoria electoral.
Te puede interesar: