Revista dominical

Poemas de Rojas Herazo - Octubre de 1949

Compartir
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
12 MAR 2013 - 12:00 AM

Nuestro insustituible y arraigado amigo, Héctor Rojas Herazo, nos dio una cálida y limpia  noticia  en  la  entrega  de  Sábado  que  empezó  a  circular  ayer.  Para  quienes estamos tan estrechamente vinculados a su hombre (sic), tan repartidos en los vitales espacios de su obra, esta selección de poemas que publica la gran revista capitalina tiene  mucho  de  encuentro,  si  no  completamente  con  nosotros  mismos,  por  lo  menos con muchos de nuestros instantes más amados.
Es por eso por lo que esta nota no podría ser un análisis crítico, ni mucho menos la valoración  de  una  obra  sobre  cuya  calidad,  sobre  cuya  sedimentación  humana, estamos  irrevocablemente  convencidos.  Esto  apenas  pretende  ser  –en  paradoja inevitable– una carta íntima  a nuestro público. A Rojas Herazo le estamos  debiendo muchas  cosas.  Le  estamos  debiendo  la  retribución  en  palabras  agradecidas  de  su extraordinario espectáculo mental, de su ancha comprensión humana y  –sobre todo– de  esa  facultad  suya  de  mostrarse  en  determinados  momentos,  tan  parecido  al concepto que habríamos querido tener de nosotros mismos.
Si ello no fuera una arriesgada aventura de interpretación estética, ahondaríamos en estos poemas de Rojas Herazo en la seguridad de poder rescatar muchas de las migajas  que  ya  le  hemos  entregado  a  la  muerte.  Creemos  que  una  inteligencia superior,  deslumbrante,  como  la  suya,  deja  en  quienes  como  nosotros  llegan  a compenetrarse  con  su  ademán  fraternal  un  indeleble  sector  de  identificación.  Ese sector  que  ha  despertado,  se  ha  incorporado  en  nosotros  con  la  presencia  de  estos poemas,  y  nos  ha  puesto  en  el  mismo  trance  emocional  que  debió  vivir  el  poeta cuando se hizo apremiante el alumbramiento del canto.
Este  es,  apenas,  el  aspecto  que  hemos  querido  tocar  de  la  magnífica  antología publicada por  Sábado. No la indudable significación que ella tiene para la literatura nacional,  sino  el  registro  de  una  experiencia  humana  que  no  habíamos  vivido,  como es la de doblar una esquina y, sorpresivamente, encontrar, recogida y seleccionada, la mejor parte de los innumerables hombres que hemos sido cada uno de nosotros.

Gabriel García Márquez, firmando autógrafos.

Te puede interesar:

El último niño de Pompeya

Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News
Publicidad