Un nuevo, inteligente y extraño personaje se ha incorporado a nuestra mesa de redacción. Se presentó cualquier día procedente de no se qué desconocido país, situado al norte de la extravagancia. Un hombrecillo intrascendente, desprevenido, que movía el más difícil y pintoresco mosaico de gesticulaciones. El animal de la timidez se le paseaba por la voz y se la tumbaba por los despeñaderos más intransitables de la gramática. Un hombre positivamente desadaptado. Sin filiación política definida, hubiera sido fácil confundirlo con un anarquista de mal gusto. Sin credenciales diplomáticas, tenía la revenida dignidad de un ministro plenipotenciario pasado de moda. (...)
Ahora está aquí, definitivamente incorporado a nuestras labores diarias, suspendido en un clavo de nuestra oficina de redacción. Allí lo dejó el lápiz maestro de Héctor Rojas Herazo, acaso sin saber que aquella caricatura sin importancia iba a desatar la más implacable campaña purificadora.
Hoy es nuestro cotidiano y benéfico dolor de cabeza. Desciende de su pedazo de papel y se nos asoma a la máquina por encima del hombro. Hemos empezado a escribir una nota y él, como todo un profesional de la sinceridad, nos grita al oído con una voz de regañadientes: Usted señor García nunca aprenderá a escribir. ¡Tuérzale el cuello a ese cisne decandente! Déjese de tonterías y diga cosas que tengan sustancia. Hay que iniciar una campaña contra la frondosidad lírica, eliminar esa adjetivación de a dos por centavo. Una verdadera labor de sanidad literaria.
Este es, en dos platos, el miembro más útil de nuestra redacción. Es el encargado de archivar todo lo que no sirve. Allí en el clavo mismo que sostiene su desgarbada humanidad, está colgada la obra impublicable de todos los Mingos Revulgos espontáneos.
Allí, amigos lectores, pueden encontrar mañana los originales de esta nota.
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