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Revista dominical

Lidia Corcione, entre palabras e imágenes

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“Toda emigración tiene un motivo, hija mía. Tú no sabes lo que es la guerra. No sabes lo que es la desolación, el hambre, estar hacinada en un túnel por dos meses para no morir o quedar cercenada por los bombardeos, y tener que crecer lejos del padre porque él debía  prestar el servicio en la milicia”.
Esto es lo que Lidia Corcione le escucha decir a menudo a la mujer que la trajo al mundo en Cartagena de Indias, una ciudad que no tenía el Mediterráneo para mirarse pero sí el espejo embrujador del Mar Caribe. Acá doña Lidia Crescini llegó procedente de la región de Calabria para reunirse con Tarcino Corcione, el hombre que años atrás había abandonado el cielo italiano para huir de los fragores de la Segunda guerra.
“Mi padre vivió un tiempo en El Banco Magdalena, pero un hermano suyo se había establecido aquí y le invitó a venirse. Ese fue el comienzo de Corcione Hermanos, un almacén de víveres y abarrotes que abastecía a los pueblos de Santa Rosa, Villanueva, Arenal y Soplaviento”.
Pero la actividad comercial no señaló el destino de Lidia Corcione. En ella se delata, en cambio, la influencia de una abuela materna que le decían La Gramática porque leía con el quinqué toda obra literaria que llegara a sus manos.
“Recitaba en dialecto La Divina Comedia”, dice Lidia, y agrega que su tía Adele fue escritora y su tía Alba pintora. No necesita agregar más. Con esos datos familiares se deduce que no es por inclinación espontánea que haya terminado entregada a la poesía y a la fotografía una mujer que se preparó universitariamente para ejercer el Derecho.
“Pero laboralmente escogí el camino de la docencia. Es que ser maestra fue una vocación descubierta en la juventud cuando Ramón Zetiem, mi profesor de química, me propuso dictar clases de castellano y literatura en el colegio público donde lo habían nombrado rector. Yo tenía 17 años y desde entonces enseñar me ha apasionado del mismo modo  en que con apenas 9 años de edad ya me empeñaba en librar del analfabetismo a Gertrudis,  una empleada doméstica”. Mientras habla nos asalta la certidumbre de que entre el sur de Italia y los del lado de acá de este continente hay mucho más que la coincidencia de que los idiomas, diferentes entre sí, provengan de la misma familia de lenguas romances hijas del latín. Es un modo de ser que está allá y acá, como una impronta, como un temperamento social inevitable que a ellos y a nosotros nos permite ser apasionados, locuaces, alegres. 
De su actual trabajo de profesora de filosofía, economía y política de grados superiores en un colegio de la ciudad, habla con el mismo brillo en los ojos y el mismo énfasis regocijado de cómo lo hace cuando se refiere a la  fotografía y a  su vocación de escritora. Lo primero nace del empeño de documentar escenas efímeras y transformarlas en arte, como a lo mejor quiso hacerlo con el pincel en el siglo pasado la tía Alba. Lo segundo cobra en su voz clara y resonante el ritmo apropiado de la lírica:
“El tiempo no ha podido
apagar
las   antorchas que
llevan los ojos de mamá
Encendidas como lámparas de gas
se tiznan de ojeras.
Cargan el peso de la detonación.
¡Bombardeos!
¡Guerras!”

vergaraglenda@hotmail.com

La canoa del ausente. FOTO: LIDIA CORCIONE
La canoa del ausente. FOTO: LIDIA CORCIONE
El espejo de la garza, captada por Lidia Corcione. FOTO: LIDIA CORCIONE
El espejo de la garza, captada por Lidia Corcione. FOTO: LIDIA CORCIONE
La morada de los azules. FOTO: LIDIA CORCIONE
La morada de los azules. FOTO: LIDIA CORCIONE
Lidia Corcione Crescini. CORTESÍA
Lidia Corcione Crescini. CORTESÍA
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