Es mejor ser desempleado con título, que sin título. Esta conclusión se articula con un hecho, cada vez más cruel, y es que la educación va por un lado y la realidad del país por otro. La educación supone un proyecto de nación, y eso, es lo que no hay. Uno, por ejemplo, ve que las calles de Cartagena están llenas de taxis coreanos. Se percibe la proliferación de teléfonos inteligentes y su uso en cualquier escenario: en una buseta, o en una sala de espera. En cualquier supermercado es fácil fiar un televisor de última generación. Aquí ni hacemos carros, ni celulares, ni televisores. Se trata de productos fundamentados en un proyecto nacional en Corea, Finlandia o China. Proyectos nacionales, cuya soberanía reside en la economía y donde el Estado tiene una participación medular. En esos países sí saben para dónde van y, por tanto, sus sistemas educativos tienen rumbo. Para hacer el análisis completo, hay que pensar la relación que esos Estados mantienen con el sector privado. Se trata de una relación ambigua y llena de trampas y embustes. No importa de qué país estemos hablando. Los mismos ejecutivos de las transnacionales, son ministros del gobierno y viceversa. Una puerta giratoria donde siempre pierde el interés general. Lo que pasa es que en Colombia y en Cartagena, esa puerta giratoria es la historia del abuso extremo. Individuos concretos que son juez y parte, que heredan sus privilegios a sus hijos y que aquí se manifiesta con los delfines, en todo nivel, comenzando con los hijos de los expresidentes.
El pasado 28 de agosto, el señor José Fernando Isaza, escribió en El Espectador una columna titulada “Emprendimiento” (http://www.elespectador.com/opinion/emprendimiento-columna-443141). Se trata de un señor que dirigió por mucho tiempo la Compañía Colombiana Automotriz que ensambla los automóviles Mazda, fue ministro de Obras Públicas y Transporte y presidente de Ecopetrol, entre otros cargos importantes. Isaza deja claro que el emprendimiento en Colombia es una disputa en condiciones muy desiguales. Una verdad muy Kid Pambelezca: Es mejor ser rico que pobre. Sin embargo, me interesa destacar quién hace el análisis: no es un sindicalista, ni un chavista, ni un campesino inconforme. A mi juicio, Isaza subraya la falta de seriedad de nuestros gobiernos, pues, en su columna da cuenta de toda la perversidad ventajista de las Zonas Francas que aparecieron en los ocho años del Uribato y que benefició a unos pocos.
Hay escenas de la película de ciencia ficción Blade Runner que, en la actualidad, veo en Cartagena. La película la ví en 1983 y su narración transcurre en el año 2019; es decir, ya casi. En Blade Runner casi siempre es de noche y buena parte de la vida se desata en las calles de Los Ángeles. Hay muchos vendedores ambulantes de muchas razas: asiáticos, árabes, negros, indígenas. Todo el mundo vendiendo y comprando elementos que tienen que ver con el mundo electrónico y digital. Las escenas las veo en las calles de Cartagena en las ventas de minutos a celular: una mesita de madera y una muchacha con cinco celulares amarrados con cordeles, donde la gente se conecta. Talleres improvisados donde reparan y reencauchan todo tipo de consolas, celulares y aparatos electrónicos. La pinta de los mototaxistas, que se arropan en un look de guerreros solares. La suciedad urbana, en un escenario de obras sin terminar. Muy apocalíptico todo. Blade Runner, tal cual. Nada más falta el personaje de Harrison Ford, quien se enamora de una cyborg.
Llegar a la universidad en Colombia ¿para qué? A gente como nosotros, no nos queda de otra. Aprovechar lo que hay, con miras a salvarnos de los efectos de esta falta de seriedad generalizada. Aunque a Colombia hayan llegado los carros, pero no las carreteras. Hayan llegado los hospitales, pero no la salud. Hayan llegado los libros, pero no la cultura letrada.
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