Juan es un nombre que se me antoja puro, bíblico. Cuando pienso en algún ser humano que pueda llamarse así, lo imagino noble, con talla de intelectual y hombre con aires de profeta hecho para grandes cosas.
Pero casi nadie es capaz de llamarse Juan a secas. Parece improbable la soltería del nombre Juan. Si alguien nos dice "mi nombre es Juan", automáticamente en nuestro cerebro aparecen tres puntos suspensivos, como esperando el complemento. Y cada quien en su familia puede hacer su ejercicio. En mi caso sería mi tío Juan Carlos y su hijo Juan Carlitos, mis primos Juan Eduardo y Juan Camilo, mi sobrino Juan Sebastián y, cómo no, también tengo un tío que le dicen Juancho; el muchachito que le hacía los mandados a mis hermanas era Juancito y la cantina famosa de mi pueblo Calamar era de Juancho Pollito.
En Colombia tenemos juanchos senadores y juanchos desmovilizados. Y alguno de estos ilustrísimos casos están tras las rejas, lo que me da a entender que no todo Juan es noble como yo lo pienso. Hay mucho Juan santo y hay un Santos que se llama Juan. En la música, Bach se llamaba Juan, Strauss y Mozart también. Turgénev, el escritor, también es Juan que en ruso se dice Iván.
Quisiera saber si es cobardía o mala costumbre, nuestra incapacidad de llamar a Juan, Juan. Pero al mismo tiempo a veces nos da flojera mentar primer y segundo nombre, ya que terminamos diciendo Juan Ca, Juan Se, Juan Jo o Juan Pi.
Y es que a pesar de que el nombre de Juan es perfecto y universal, en el imaginario de la gente es un nombre cojo que se bautiza con una arandela al final. O dígame usted si en el noticiero dijeran " el presidente Juan Santos...", ¿no se sentiría usted traicionado? O si va a un concierto de Juanes y el presentador lo llama Juan Aristizábal ¿no siente que le están mintiendo? O si en el canal de deportes le dicen que hoy va a correr Juan Montoya ¿no dirá usted que quién es ese tipo?
De hecho la costumbre de los juan-algo es tan vieja que la misma Biblia nos da luces al respecto. En el evangelio de Lucas se nos habla de nada menos que de Juan... El Bautista. Claro que en ese entonces los nombres eran sugeridos por Gabriel, mensajero de Dios. Quién sabe si en los siglos sucesivos la gente comenzó a a llamar Juan a sus hijos para santificarlos o reforzar el sacramento del bautismo, con la fiel convicción de que le va a resultar gran cosa el muchacho.
Lo cierto es que aunque el nombre de Juan pierda brillo, parece que se hace necesario el segundo nombre o al menos un remoquete para distinguir a tanto Juan regado por este mundo. Por eso en cualquier barrio encontraremos a Juan el carpintero, Juan el que vende minutos, Juan el de la tienda. Es más, camine por la Calle de la Moneda a las ocho de la mañana y grite "¡hola, Juan!" A ver cuántos juanes voltean.

