Hace un par de años, el entonces candidato a la alcaldía de una ciudad cualquiera me habló de un espíritu que se le mete a los dirigentes cuando llegan al poder. "Uno debe estar con los pies en la tierra, porque es como si a uno se le metiera el demonio cuando se sienta en ese sillón. "Como quien dice, la culpa no es de ellos sino del diablo.
Para uno que está sin oficio y que escribe de vez en cuando es casi inevitable seguirle la cuerda al cuento. Imaginemos cómo sería el asunto. Al cuento lo he llamado "El fantasma del despacho". (Ojo, advierto que lo que viene a continuación es pura ficción, si alguien se siente aludido, es por coincidencia de los astros).
A ese espectro me lo pinto viejo, con su palidez de proyección de película, de percha anacrónica y cabello plateado. Se paseará con impaciencia por la oficina vacía. ¿Dónde estará el alcalde? Estará en la capital, en sus tertulias de tinto y cruasán, sentado en esos muebles metálicos e incómodos de aquel café del centro de la ciudad. Sí. Ahí. Sacando su fino lapicero del bolsillo de la camisa, seguramente para llenar crucigramas. Nombre del dios principal de los romanos. Siete letras. Quizá conteste de manera mecánica. En el ocaso de la vida, los crucigramas ya no sorprenden a la cabeza.
En ese café se lo encuentra todo el mundo. Los más sensatos dirán: "¿este señor no debe estar trabajando?" Los más lagartos le harán ronda, tomarán café con pastelito con la plata del pueblo y aprovecharán para pedirle puestos de corbata para los hijos recién graduados. "Allá hablamos", dirá el alcalde. Sabe que sin El fantasma del despacho todas sus decisiones serán blandas.
Un día cualquiera, después de pasearse los mejores restaurantes, cafés y casinos de la capital, vuelve a su pequeña ciudad en su camioneta lujosa que sacó del concesionario antes de posesionarse, la puso a nombre de otra persona y se la alquila al mismo municipio que gerencia. Llega de madrugada escondiéndose de la gente. Pero ellos de todos modos se enteran. Desde las siete de la mañana inundan los pasillos de la alcaldía para entrevistarse con el alcalde. Él, consumido ya por El fantasma del despacho será tajante con su pueblo. Las peticiones son las mismas. La gente necesita trabajo. Las calles necesitan mantenimiento. Ojo con la ola invernal, alcalde. Vea, que me enteré que iba arreglar el parque del centro, a ver si me tenía en cuenta como obrero. ¿Pero qué se cree esta gente? ¿Que la plata que el alcalde invirtió en campaña no vale? Él tiene hijos, nietos, sobrinos y una secretaría pelirroja que mantener.
Alcalde, es que mire, nos enteramos de un proyecto de vivienda de interés social, ¿habrá casita pa' nosotros? Oigan ustedes, todos queremos cosas en la vida, dirá el alcalde, ojalá yo tuviera una casa en Miami. Pero si no se puede, no se puede. Dicho esto, el alcalde hace una seña a la gente para que abandone su despacho y él retoma su eterno crucigrama, mientras la secretaria pelirroja entra y se dispone a su quehacer matutino.
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