No siempre tomo un taxi por comodidad o falta de tiempo. La mayoría de las veces lo necesito para conversar. Y es que no hay mejor conversador que un taxista. Hay gente que le desespera el taxista parlanchín. Yo por el contrario detesto el taxista ensimismado y silencioso, se convierte casi en busetero.
Un chofer de los buenos te cuenta cosas que nunca le han sucedido. Hablan de familiares que no existen y son tan buenos en la cocina que uno se pregunta por qué diablos ellos no hacen la comida en su casa y sus mujeres salen a manejar el taxi. Claro que eso tiene una razón lógica. Es que los hombres siempre van a ser mejores taxistas que las mujeres. ¿Por qué? Porque a los hombres se les nota la mentira en cada palabra dicha. Y eso es lo que divierte. ¿Qué interés podría suscitar una taxista que cuadra sus falacias con tanta astucia que no nos da más remedio que creerle? En cambio los taxistas se explayan en hipérboles, son mejores amantes que nadie, casi siempre tienen dos hogares y hablan de historias que le suceden en los servicios de las madrugadas.
Tal vez la mejor ocasión que encuentra el taxista para entablar conversación es cuando recoge a una pareja en un motel. En su rostro se nota la impaciencia y procura dejar rápidamente a la mujer en casa para quedar de tú a tú con el hombre y explayarse en machismos. Nótese que hasta disminuye la velocidad para agotar el tema. El taxista te ofrece su amistad sincera, por el valor de la carrera tienes derecho a hablar con él de lo que quieras. Los más astutos comienzan a sacarnos las tripas de tal manera que terminamos contándole hasta los secretos de las tías.
Hay taxistas que producen tanta confianza que los convertimos en conductores personales. Nos sacan de sitios de mala muerte en plena borrachera, nos fían las carreras y hasta consienten que les pagemos mensual. Aquellos que se prestan para latrocinios, paseos millonarios y demás prácticas delincuentes, simplemente no son taxistas. Son poco menos que hampones resguardados en un carro amarillo.
Las buenas experiencias chofer-pasajero no puede darse en una buseta. Por ejemplo, de tanto hablar con los taxistas ya nos vemos en la necesidad borgesiana de siempre inventar una respuesta diferente a la misma pregunta. Aprendemos a ser más exitosos aunque seamos el mejor fracaso del mundo, hablamos de viajes y trabajos jamás hechos y somos unos prohombres. Es decir, nos volvemos taxistas.
Un taxista, al fin y al cabo, es un pésimo conductor que es un mago de la palabra. ¡Qué importa que no tenga aire acondicionado! ¡Qué importa si ha atropellado alguna vez a un perro o un anciano! Solo interesa que sepa charlar.
Un taxista sensato debería manejar unos quince o veinte años, y después colgar las llaves para sentarse a escribir las mejores novelas que nadie haya sido capaz de contar por la simple cobardía de no hacer carreras en un taxi primero.
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