Las claves para entender una vida están sin lugar a dudas en la infancia. Cada ser humano es explicado por su infancia y, naturalmente, por su recorrido vital posterior. Pero la infancia es definitiva. Y, generalmente, la infancia de cada uno la define un lugar, un territorio más o menos grande, unas vivencias, unos personajes, unas experiencias, unas imágenes que nos marcan para siempre en forma indeleble con sus olores, su luz, sus sabores y su tono. Henry Miller definía su infancia como el Distrito XIV de Brooklin. Para Héctor Rojas Herazo fue el patio de su abuela en Tolú.
Para Juan Gossaín Abdallah ha sido San Bernardo del Viento. Para Wiliam Faulkner, el Missisipi en el Sur de los Estados Unidos y para Ernest Hemingway, su referente vital, podría decirse, que lo es el mundo todo, desde el fragor de la guerra civil en España, las cumbres blancas del Kilimanjaro, el París de la generación perdida hasta la pesca en las aguas de Cuba. Incluso, ese gran poeta de la errancia que fue Álvaro Mutis, de reciente y lamentada muerte, concretó su visión del paraíso en “Coello”, una finca de su familia en Ibagué en el departamento del Tolima de esta Colombia país de regiones, y por ello pidió que sus cenizas fueran arrojadas a las aguas del río que le dio el nombre a esa finca. Y así podríamos seguir interminablemente con infinidad de ejemplos de aquí, de allá y de acullá.
Pero no se puede cerrar este listado sin mencionar al más grande escritor vivo en lengua española: Gabriel García Márquez, quien se inventó su Macondo alucinado y alucinante como una síntesis genial del Caribe que proyectó universalmente.
Hoy nos reunimos para celebrar la ópera prima de Gabriel Rodríguez Osorio “Serenata para un éxodo”, publicada por la española Editorial SELEER. La novela tiene como eje a Cartagena y la familia Cordero, impregnada de los olores y los sabores de los recuerdos del autor, de sus experiencias, de su asombro prematuro con el séptimo arte que le enseñó el valor de las imágenes más allá de las palabras. A través de la novela se encuentra el lector con personajes cartageneros como Don Juan B. Mainero y Trucco, Fulgencio Lequerica cuando fungió como Embajador en Cuba, el arquitecto Gastón Lemaitre y nuestro siempre recordado Víctor Nieto Núñez, fundador del Festival de Cine de Cartagena.
Los protagonistas de la novela, son trashumantes y se pasean por Colombia y su historia, como actores o espectadores de fenómenos como la guerrilla, el paramilitarismo y el narcotráfico. La trashumancia de los varones de esta familia abarca el mundo, hasta el punto que uno de ellos aportó a una reunión familiar “tres hijas de piel negra senegalesa, cinco blancas como los glaciares de la Antártida, dos color marrón de la India, unas gemelas nacidas en la Mongolia y una bella mulata color pardo nacida en Papúa Nueva Guinea”.
El título de la novela, “Serenata para un éxodo” es el de una partitura musical creada en Italia por Plácido Cordero, “para quien el Jazz y la heroína eran una sola cosa” y quien, al decir de su hermano Luciano, tocaba tan bien que los pájaros se callaban para escucharlo.Todo esto está presente en esta novela desarrollada en forma tan amena que atrapa al lector con la historia de varias generaciones de la familia Cordero sobre la cual pesa una especie de conjuro que se trasmite a los descendientes varones, todos ellos dotados de una masculinidad descomunal que les pone un distintivo fálico que les acompañará toda su vida. Como también lo hará la maldición de la desgracia y el fracaso que como un estigma llevarán para siempre hasta su desaparición.
Maldición que jamás se supo con certeza si se debió a Luciano Primero El Viejo -que en su peregrinar le dio la vuelta al mundo siete veces- por haber raptado y embarazado a una monja del Convento de las Clarisas o a Fray Domingo Cordero y Loaiza, primer sacerdote de la familia que vino a América en misión evangelizadora y violó sus votos de castidad por la belleza de las incontables indias con las que se juntó.Esto le aporta a la novela una atmosfera de fatalidad para una familia condenada de antemano a un destino ineludible, que nos hace pensar forzosamente en la tumefacción de “Celia se pudre” con “la fascinación de la ruina” de que hablara Rojas Herazo y en la desolación de la estirpe de los Buendía del mundo macondiano.
Cuando uno de los Cordero le hacía el amor a una hembra todo el mundo se enteraba por la algarabía de la fémina, se dice en la novela para destacar la pericia amorosa en el uso de la dotación con que la naturaleza privilegió a los varones de esta familia.Dicen que en toda ficción hay algo biográfico del autor. Por eso creo importante destacar que Gabriel Rodríguez Osorio es un “vidista”, un poeta de la vida que la siente y celebra permanentemente con sus amigos y sus mujeres, que la canta cuando interpreta las canciones a lo Frank Sinatra a su propia manera y estilo. Un hombre gozoso y agónico que no sólo disfruta la vida sino que también la padece con una gran intensidad emocional.
Y esa es su impronta en esta novela que me atrevo a calificar de cinematográfica –y aquí reitero la gran influencia del cine en el autor- porque ella está llena de imágenes de tanta fuerza que bien podrían ser llevadas al lenguaje fílmico.
Lo que nos impone una referencia tangencial a la relación entre la literatura y el cine. Una relación compleja que no siempre da buenos resultados. Nuestro nobel de literatura ha admitido abiertamente que, a pesar que él, además de escritor y periodista ha sido hombre de cine, en líneas generales no ha contado con suerte en las versiones cinematográficas de su obra literaria.
En forma por demás atrevida, me permito afirmar, con la licencia que da la subjetividad del arte, que una de las mejores traducciones al cine del realismo mágico lo logró el director japonés Shuji Terayama en su película “Adiós al Arca” (1984), en la cual incorporó magistralmente elementos esenciales de Cien Años de Soledad. Otro referente importante en esta materia son las realizaciones cinematográficas del director Luchino Visconti de obras literarias tan complejas como Muerte en Venecia de Thomas Mann y El Extranjero de Albert Camus. O, para citar otro ejemplo, la adaptación al cine de la obra de Milan Kundera, La Insoportable levedad del ser, por parte del director Philip Kaufman, con dos nominaciones al Oscar.
Para ilustrar la pertinencia de mi calificación de cinematográfica de la novela que me cabe el honor de presentar, me remito a una escena en la cual el tío Giacomo, excelente bailarín y uno de los miembros de la familia Cordero, bailando en la Habana en el Tropicana, lanza al aire uno de sus finísimos pañuelos de seda, que acostumbraba llevar al cuello a la usanza de los aristócratas europeos, tejidos a mano por artesanas chinas con hilos sacados de pétalos de rosa, que por su liviandad y finura de tela tan noble, “duró cinco días en caer al suelo”.
El arte- ha dicho Sartre- es de una generosidad inútil y Gabriel, con esta excelente novela, ha entrado en el mundo de esa generosidad. Un mundo marcado también por la soledad que conlleva toda creación literaria.

