Jep Gambardella estaba destinado a la sensibilidad.
Por eso se convirtió en escritor y por eso, precisamente por eso, escribió sólo una novela ‘El aparato humano’, hace más de cuarenta años. Se trata del personaje principal sobre el que gira una de las películas más sugerentes de la pasada edición del Festival Internacional de Cine de Cartagena. Es un hombre de 65 años con un agudo sentido del humor y del placer. Representa a la alta sociedad romana actual, de la que se burla, pero de la cual es uno de sus mejores exponentes en lo que se refiere a la decadencia y el ocaso que suponen las venas de una ciudad que aún respira el arte.
El nombre de la cinta es La Gran Belleza. Paolo Sorrentino, su director, se desliza por las escaleras de la comedia y el drama para mostrar a un hedonista sin remedio.
Como Jep no ha querido volver a escribir una novela, realiza artículos de cultura para una revista cuya directora es una enana entrañable que lo acompaña a las fiestas más desmesuradas. Drogas, sexo y superficialidad. Y de fondo: el rey de lo mundano. Sin embargo, más allá de aquella radiografía de la vida nocturna de las metrópolis del planeta, se advierte, como es natural, uno o varios dramas personales. Los lujos se revelan como un contexto que palidece ante el retrato de un hombre eminentemente sentimental.
“De pequeños a esta pregunta, mis amigos siempre daban la misma respuesta: el coño. Pero yo respondía: el olor de la casa de los viejos. La pregunta era: ¿Qué es lo que realmente te gusta más en la vida? Estaba destinado a la sensibilidad, estaba destinado a convertirme en escritor, estaba destinado a convertirme en Jep Gambardella”. De ahí que, tras cumplir los 65 años, el protagonista de este filme, ganador del Óscar 2014 a Mejor Película Extranjera, busque, aunque no lo diga, un motivo para escribir, un salvavidas que lo rescate de la deriva de la nada, de la vanidad.
Desde la terraza de su apartamento, con vistas al emblemático Coliseo, este personaje tiene muy claro que el tiempo es limitado y que la vida es lo suficientemente valiosa y corta como para perder instantes realizando actividades que no desea o sufriendo por nimiedades.
Toni Servillo, actor y director italiano, es quien presta su piel para llevar al cine esta Grande Bellezza (título en italiano), cuyo rodaje se realizó hace dos años en Roma. Se trata entonces de una pequeña joya llena de sigfnificados en los que la narrativa audiovisual por momentos se rompe con escenas figurativas y diálogos de altísima estética. La frivolidad se entremezcla con la sinceridad teatral del personaje central que lanza todo el tiempo preguntas a la audiencia, ávidas de interpretaciones, llenas de calma y desprecio. Resulta particularmente difícil desapegarse de momentos en los que animales como los flamingos o las jirafas vienen a significar un ángulo preciso, abierto.
Algunas tomas son exquisitas y el manejo de la cámara transporta al frenesí de un guión que se atreve, como un latigazo, retando al espectador a decirse la verdad en el espejo.
Aparece también todo el tiempo la curia romana que sirve de contrapeso audaz ante tanta frivolidad aparente en medio de la música sacra.
Aunque no quiere, Jep habla de la muerte y de su amor, de las raíces y del corazón que, contra todo pronóstico, jamás se pervierte pese a tantos naufragios.
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