Es la una de la tarde. El cementerio es árido, pero aireado y vivo como si reposara sobre las manos de un niño. Hay un silencio guardián, que apenas se desgasta, momentáneamente, por las palabras de los epitafios. Pasan las Mariamulatas entre las tumbas, dando un canto de eco sordo.
Este es un cementerio privado, reconocible porque esta frente a la Avenida Pedro Romero de la ciudad. Quizá uno de los más extensos y cuidados en forma. No habrá casi nadie, no será una casa o un almacén o un lugar de alguien en particular, pero es supremamente difícil llegar conscientemente a la sensación de no ser un visitante. Y aún es menos posible salir sin traer a cuesta, así sea, un pensamiento largo.
Los jardineros y sepultureros se quitan sus botas y almuerzan bajo la sombra de cauchos y árboles pequeños, como en su casa. Un desentendimiento nada ofensivo que las tumbas parecen agradecer. Siempre es un cambio, allá afuera la gente está viva y sudada, acá muerta y seca. Y están todas esas flores intermediando que parecen decir algo como tan coloquial y libertario: no importa, sigue tu vida, todo bien. Tanto al muerto como al que lo visita. Juzgará cada quien, a quien le termina de llegar. Sí, hay algo de eterno solitario de los cementerios. Algo que te quiere sacar de ellos, profesional y a lo mejor consideradamente, como un médico que cierra la puerta de un quirófano.
Aquí, como en otros cementerios de la ciudad, todo se iguala. Bueno esto no es del todo cierto. Pero generalmente están cercanos ancianos y niños, negros y blancos, ladrones de cuello “limpio”, ladrones, músicos, obreros, maestras, prostitutas, hombres, mujeres, profesionales, técnicos, bachilleres, discapacitados, gais, heterosexuales, de seriedades muy absolutas y bromistas o desobligados empedernidos, mecánicos de bicicleta e intelectuales. Y a su vez, obreros que pueden ser intelectuales en su tiempo libre y ladrones gais o músicos discapacitados. Si te creman, algo de tu ceniza queda donde ya cremaron a otros. Es, en apariencia, el único lugar donde se ha podido juntar tanta gente sin odios a largo plazo, sin que el prejuicio despliegue toda esa cizaña fácil.
Sin embargo, a pesar de ese emplasto de igualdades que se ve en todo el cementerio, lo único que a simple vista, diferencia a las tumbas (yo no quería que esto tuviera el aire de estricta moraleja, vaya hora), es el amor o intenciones de otros que a su modo se ve en el acto de las palabras de las lápidas, las decoraciones y el esmero que se percibe en cada una. Pueden tener que ver con la capacidad monetaria, pero en algunos casos, como en el cementerio del barrio Olaya Herrera, el caso particular de una tumba que ceñía tres flores hechas de lazos plásticos sobre palitos de chuzo. Los lazos recortados en trazos tan perfectos y dispuestos. Para mí solo podían obedecer a un acto de apreciación personal.
Algunas tienen globos reventados por el sol, pequeños pinos, mensajes muy pensados que a su vez tienen de inmediato un sentido de recuperación de la perdida, geniales. Otros tienen solo el nombre. Pequeños abanicos que hace girar el viento. Ya unos con el florero caído y la lápida ilegible, o incluso despedazándose, mordida por el tiempo. A pesar de esos gestos en las tumbas, lo que amplifica de otra forma más participativa, es el recuerdo.
Un palomo pasa cortejando a una paloma huidiza. Se reproducen sobre una tumba. Más arriba, la lápida de un niño que murió a los doce años, tiene figuras marinas y juguetes, su madre deja un mensaje agradecido. A unos pasos, otro de dieciséis años, ya con la foto de él. Ojos negros. Foto intacta. Una mirada sosteniendo todo el conjunto de la tumba. Su madre se despide al final: “Gracias por amarnos”. La mayoría son hechos por mujeres, muchas de una autenticidad, que bien podrían verlas.
El cementerio de Olaya Herrera es más pequeño, pero tiene más bóvedas. Entrando, han acabado de guardar un cajón. El sepulturero explica: “Aquí las bóvedas las alquilan por dos años, como mucho tres. Después se llevan los restos a otro lugar, otro cementerio, los creman”. Su nombre es Mariano Guardo, acababa de cerrar una bóveda. Lleva veintidós años siendo el sepulturero en este cementerio.
“Aquí traen de todos los barrios, menos de Manga o Bocagrande, donde ya tienen uno”. Está en una silla de plástico mientras espera tranquilamente, un segundo cadáver. Le pregunto si sabe por qué mueren. Él, enfática pero sinceramente, me recuerda su deber. “A mí me pregunta el distrito si hay bóvedas, me mandan el muerto y yo no sé. Cumplir con el compromiso”.
Sencillo y abierto, el señor de buena memoria, ha dicho en el acto el día en que empezó de sepulturero. Antes de que llegue el segundo a sepultar, dice: “Hay semanas, que bueno, afortunadamente no hay muerto. Pero hay días de tres, cuatro. O como hoy que hay dos”. Se levanta con sus abarcas y mezcla con una pala el cemento húmedo, mientras personas llegan desgastadas y con dolor al pie de la bóveda.
Expresan la vulnerabilidad que sienten, reprimirla parece que sería, en muchos casos, castrar un significado personal de la muerte y generar odios tercos. Van cayendo las lágrimas que evaporará la tierra. Esas historias que fueron y se esparcen para bien o para mal. Una silueta atrapada por las pestañas, moviéndose a otros sitios. El sol de las cinco apresura el viento, cuando se cierra la bóveda.

