Todo está intacto. El eucalipto no ha dejado de crecer y las hortensias alumbran la penumbra con sus azules serenos.
Solo falta el artista que la habitó: Enrique Grau, quien vivió, pintó y murió en esa bella casa convertida en museo y centro cultural, en su sede del Barrio Chicó en la calle 94 nomenclatura 7-48.
He llegado temprano desde Cartagena en el primer vuelo del amanecer en un cielo de nubes claras y lavadas por la llovizna, pero la señal del color amarillo es casi un grito en la vía junto al negro resplandeciente de la escultura de la maríamulata.
La casa está construida sobre ochocientos metros cuadrados, está pintada de amarillo y tiene la enorme y emblemática escultura de la Maríamulata en la puerta. Su inmóvil aleteo es ya una protección para la casa y para todos sus vecinos que se preguntaban si ese pájaro no sería un cuervo o un gallinazo y el mismo maestro le tocaba explicarles que ese era el pájaro de Cartagena.
Un siervo del arteSiervo de Dios Rodríguez, quien estuvo los últimos trece años con el maestro, me dice que el artista no dejó de pintar hasta el último momento.
Lo recuerda descendiendo de su cuarto con su ruana que se arrastraba por las escalinatas y su aparato de oxígeno solicitándole apoyo para mover un enorme lienzo donde aparece otra vez y de manera insólita en su etapa final de su vida, la violencia en Colombia.
A veces le pedía al mismo Siervo de Dios que le ayudara a dar una pincelada cuando ya el aliento se le disipaba. Siervo es lo más parecido a su nombre. Una criatura humilde que vio pintar a uno de los cinco más grandes artistas del país. Junto a la cama de Grau hay una colección de bastones y sombreros, y frente a la mesita de noche se conserva una selección de fotos en blanco y negro de la Cartagena de su infancia y de sus antepasados.
Las fotos de su abuela y de sus padres, sus fotos de niño e instantes de su juventud. Junto a las fotos hay detalles en madera y cerámica. La biblioteca es amplia y diversa. Libros de arte, historia, literatura, teatro, cine. Todo tiene el sello de Grau, incluso su propio baño. Y ese par de muñecas de trapo gigantes que descansan en un sofá y parecen de verdad mirarlo a uno cuando llega.
Esas muñecas tienen unos ojos grandísimos de pestañas picaronas. Hay de todo en esta casa: tallas en madera, santos coloniales, una colección de máscaras y precolombinos, artesanías y miniaturas de porcelana. Las fotos del artista están en distintos tiempos y espacios, y cada objeto es un retrato de todo lo que amó y atesoró, incluso de lo que guardó obsesivamente como algo secreto y perturbador: su colección de imágenes de hombres desnudos.
La anfitriona del museoLa mujer que preside la Casa Museo Grau es Monika Hartmann, una bella y alta ejecutiva, que parece haber salido de algún lienzo del artista, un lienzo nada en reposo porque ella es una mezcla volcánica de pasión, dulzura y obstinación. Jamás conoció personalmente al artista. Tiene el temperamento de quienes se proponen lo que sueñan.
Nacida en Bolivia, Monika es también ciudadana alemana, administradora y diplomática, estuvo casada con un diplomático colombiano, viajó y vivió en muchos países, tiene tres hijas y cinco nietos, y una familia con diversos orígenes, desde la boliviana, alemana, italiana, holandesa, ecuatoriana y colombiana. Le encanta la música clásica, la lectura, los viajes, la cocina.
Junto a ella hay cuatro personas que están pendientes de cada rincón de la casa. Son como ella, toderos a la hora de salvaguardar una teja, una ventana, una flor del patio, hacer el almuerzo o velar porque la casa siga siendo algo más que un museo, un centro vivo de la cultura en Bogotá.
Nada fácil. Quienes la acompañan decidieron trabajar ad honorem solo por amor al arte: Clara Freidel, Margarita Cancino (la más joven que está pendiente de las propuestas y las exposiciones de los jóvenes en la casa). Desde que Margarita está allí ha habido ocho exposiciones de jóvenes. También están: Siervo de Dios Rodríguez y Óscar Cuenca.
El único que de verdad conoció de cerca a Grau es Siervo de Dios Rodríguez. Margarita me dice que solo estar dentro de esta casa de Grau, tan bella y con duende, es para ella un inmenso privilegio, pero el país debiera saber que esta casa es un patrimonio cultural del país.
“Es la casa de uno de los grandes del arte colombiano del siglo XX, junto a Obregón, Villamizar, Rayo, Negret”, dice Margarita. Para esta joven gestora, la casa amerita todo el apoyo de sus instituciones culturales de la nación porque hay mucho por hacer en el inventario de todo lo que dejó allí el artista.
La situación económica por un lado para sostener una casa como esta y el gigantesco legado que posee, es una batalla azarosa, llena de paradojas inciertas, que ha obligado a buscar alternativas de sostenibilidad como las intervenciones a las mariamulatas por parte de otros artistas invitados o la incorporación de algunos iconos de Grau en cajas, cajitas, souvenires, bolsos, detalles, etc.
Pero junto a esto, la mayor propuesta es la convocatoria que hace la casa a los artistas colombianos a través del Salón Grau que surgió para conmemorar los diez años de partida del Maestro.
Más allá de esta situación, la casa se alquila para ciertos actos sociales en Bogotá, nada que ponga en riesgo el legado del artista ni los escenarios íntimos de la casa ni de la colección.
Entrar a cada aposento es encontrarse con el alma del artista, siempre dispuesto a inventar una ventana en el entorno o a ingeniarse un patio interior para equilibrar los trazos de la arquitectura moldeada a la luz y la sombra.
Monika, su directora no da el brazo a torcer ante nada ni nadie. Es una batalladora sin descanso que abre la casa de lunes a sábado, con una agenda que también involucra a jóvenes y niños.
Se está adecuando una serie de iniciativas para que los niños se acerquen al museo. Recorriendo la casa descubro que en su taller el artista escribió en una de sus paredes: ¡Aquí estamos!. Siento que está ahí y que en cualquier momento bajará con una copa de vino, sonriente y una picardía delineada en el rostro.




