Los recuerdos tienen aroma y sabiduría. Basta escuchar a Ana Elvira Román de García que llegó a sus 92 años el pasado 14 de marzo y conserva la memoria fresca y la lucidez con la que ha culminado su primer libro. Es la fundadora del Colegio Montessori de Cartagena, con setenta años de historia. Uno de sus alumnos de primaria fue el novelista Roberto Burgos Cantor, para quien ella es la imagen viva de “la energía y la elegancia”.
Tuvo entre sus alumnos en el kinder a Carlos Pizarro, “un niño silencioso, solitario, de mirada profunda y expresiva. Su padre que era el Comandante de la Base Naval quedó encantado con el Colegio Montessori, copió el modelo y se llevó a un de mis maestras para el kinder de la Base Naval. Así que Carlos se fue para allá. Me atormentó saber que luego de haber sido guerrillero y dejar las armas, le arrebataron la vida”.
Su memoria la lleva a evocar al poeta Luis Carlos López: “No fui su amigo pero si tuve encuentros con el poeta que era un ser simpático para hablar, pero siempre picante y mordaz como en sus versos. Fui amigo de su hermano, el senador Domingo López Escauriaza, quien poco después de fundar el diario El Universal, me propuso en una de sus crisis que le comprara el periódico, y le dije que yo no tenía plata porque ya la había invertido en el colegio. Domingo López en las contiendas políticas que se presentaban en Cartagena, tomaba banderas en contra o a favor de algo o alguien.
El ambiente mío fue siempre literario, porque mi papá y mi tío eran poetas, y me enseñaban poemas de Amado Nervo y Rubén Darío.
En los setenta años que tiene Montessori han fallecido cien niños que estudiaron allí. Algunos murieron accidentados o fallecieron de muerte natural o de manera trágica y violenta. De esos niños que pasaron por el colegio, no dejo de lamentar el suicidio de Fernando Barraza, hija de Marta, que tenía una floristería. Un día fatídico Fernando se encerró en el baño y se pegó un tiro. El otro es Fabián de la Espriella, un ser de una gran simpatía en la ciudad, que se suicidó por razones económicas”.
Mientras ella habla y miro el hermoso lienzo de Bibiana Vélez en la sala de su casa, ella me recuerda que la pintora fue una de sus alumnas de primaria. Al igual que la alcaldesa Judith Pinedo Flórez y su hermana Eulalia Pinedo Flórez. Pero también fueron alumnos suyos, el historiador León Trujillo Vélez, el cineasta Diobeth Guerra, que desde que ingresó al colegio se sentó en una piedra grande debajo de un árbol y allí permaneció una semana, sin que nadie supiera qué le pasaba. También pasaron por su colegio Nadia Farah, Juan Carlos Lemaitre, Gustavo Amador Navarro, Jairo Vélez de la Espriella, entre otros. Un domingo vio en la terraza del colegio a un niño lloroso que contemplaba la casa: era José Henrique Rizo Pombo, que había vivido su infancia en esa casa.
Su devoción de su memoria es Federico García De la Espriella, su esposo fallecido, quien prestó a su hermana cien mil pesos de la época para instaurar la primera piedra del colegio. Hoy su legado continúa en su hija Marité García Román, quien en los últimos veinticinco años ha sido el motor de esa institución.
“Soy una romántica”, dice Ana Elvira Román de García, quien luego de construir su colegio pensó en hacer una universidad en compañía de la escritora Judith Porto de González. Un día antes de la inauguración, ocurrió una tragedia que impidió el avance de este sueño: el asesinato del padre de su amiga Judith Porto de González, con quien fundaría esta institución. “Mi gran amiga entró en una crisis nerviosa tremenda luego de esta tragedia y desistimos de la universidad al que ya se habían matriculado ochenta alumnos”.
Luego de varios años de escritura, Ana Elvira Román de García acaba de editar su primer libro de memorias que ha titulado “Años después. Aliños y aromas de los recuerdos”, publicado en una bella edición del Taller Cinco. Es un largo viaje por una vida intensa que empezó siendo muy niña al pie del Canal del Dique. Sus evocaciones tienen la gracia del detalle humano y cotidiano y la mirada romántica del mundo, y las convicciones políticas de una mujer aguerrida y valiente en el ámbito político del Caribe colombiano.
Mientras ella habla, Pepa, su pequeña perrita en su vocación de madre, amamanta a tres gatitos. ¡Qué escena digna de un poema y una lección de armonía en tiempos de discordia y de ilusiones de paz! ¡Por fin, el perro y el gato juntos!
Prometo referirme luego a su bello libro de recuerdos. Ella ha iniciado un segundo libro sobre su experiencia política. ¿No generará controversia?-me pregunta. “No se preocupe”, le digo. “Toda esa gente está muerta ya, y sus descendientes ya no les importa la suerte política”. ¡Escríbalo!

