Hábleme de su familia
Vengo de una familia de buenas costumbres. Mi padre, Álvaro López Holguín, es abogado y profesor universitario, sobrino del doctor Alfonso López Pumarejo, una familia política; mi madre, Cecilia Obregón, hija de José María Obregón, de la alta sociedad bogotana, pero con sus raíces profundas en la costa, una familia de profesionales. Mi madre, algo extraño para su generación, es graduada de Filosofía y letras de la Universidad de los Andes. (Lea más sobre Clara López)
¿Bajo qué valores la educaron sus padres?
A nosotros siempre nos educaron sobre la base de la responsabilidad individual y de la necesidad de entender que cuando uno nace en un ambiente de privilegio, tiene la obligación de devolverle a la sociedad lo que recibió sin ningún merecimiento personal.
Así es que en mi casa se dio mucho el servicio público; y creo que por eso, cuando regresé de mis estudios en los Estados Unidos, nunca pensé en dedicarme a nada distinto que al servicio público.
Cuénteme de Carlos Romero, su esposo.
Mi esposo es un luchador popular, nacido en el barrio Pescaíto, de Santa Marta. Él también tiene alcurnia, pero de distinta índole: es hijo de uno de los dirigentes que firmaron el pliego de peticiones de las bananeras en el año 1928; y por eso fue condenado a 20 años de cárcel, y fue defendido por Jorge Eliecer Gaitán, quien finalmente logró la amnistía. Por eso, Carlos desde temprana edad, se interesó también por la política y las luchas populares o derechos humanos, porque le tocó vivir en carne propia tremenda injusticia.
¿Cómo se conocieron?
Cuando fui elegida Contralora de Bogotá, en 1980. Yo era pupila del doctor Alfonso Palacio, cuyo centenario de nacimiento estamos precisamente celebrando este año. Hago parte de la comisión que nombró el presidente de la República para resaltar los valores de ese hombre que me impulsó en la política. En ese proceso nos conocimos.
¿Cómo la conquistó?
Fue un proceso largo. No fue como quien dice, amor a primera vista. Nos conocimos siendo contralora, pero después me volví a encontrar con él cuando me eligieron concejala de Bogotá; y, finalmente, nos terminamos uniendo para el resto de la vida. Creo que llevamos como 30 años juntos.
¿Tienen hijos?
Él tiene 4 hijos. Yo no tengo propios. Pero, bueno, tengo los 4 hijos de mi esposo y otra cantidad de hijos que he ido coleccionando, porque me he dedicado a ayudar a esos jóvenes que necesitan apoyo para cumplir su sueño de una educación universitaria. Entonces, tengo, además de los 4 hijos de Carlos, dos muy especiales míos que se llaman Faustino y Pedro, que ya me han dado nietos.
¿Qué tan cercana es a Cartagena?
A Cartagena la quiero mucho. Nosotros desde chiquitos siempre veníamos de vacaciones a las Islas del Rosario. Recuerdo que en el Castillo San Felipe existía un restaurante y había un pirata con la pata de palo que lo recibía a uno en la entrada.
Yo he vivido mucho tiempo aquí intermitentemente, porque el gran amigo de mi padre era don Pepe Angulo. Ellos se ufanaban de haber introducido el whisky y el hielo por allá en los años 40.
Su plato costeño favorito es...
A mí me encanta la mojarra frita con arroz con coco. Aquí en Cartagena también hacen el mejor pie de coco del universo.
¿Qué piensa del cartagenero?
Esa alegría del costeño, esa consagración y esa resistencia es de admirar. A uno lo que le duele la gran desigualdad que se respira en Cartagena, de una opulencia hasta la miseria más conmovedora. Es necesario que este país abogue, porque uno no puede utilizar la fuerza pública para apartar la gente que está buscando algo tan necesario y tan sensato como sobrevivir. Con estas desigualdades, uno lo que ve en Cartagena es un ánimo de superación impresionante y una capacidad de resistir, pero con una sonrisa.
¿Qué le dejó su paso por la Alcaldía de Bogotá?
Descubrí una cantidad de cosas, como la voluntad, lo que exige disciplina y concentración. Manejar algo tan complejo como una ciudad de 8 millones de habitantes con 20 localidades, que son como 20 municipios, con el producto interno bruto del tamaño de Uruguay y Paraguay juntos.
Pero también aprendí a escuchar. Entendí que gobernar no es sólo quedarse en el escritorio. Eso se puede hacer y, se debe hacer no menos de 10 horas al día, pero en el otro espacio de tiempo tiene uno que estar con la gente.
Comprendí que la mejor manera de tener la confianza de la gente es que sepan que uno dice la verdad. No tener miedo a aceptar cuando las cosas no están funcionando, pero tampoco de reafirmar lo que sí. Creo que eso hace mucha falta en Bogotá. Cuando pasa algo bueno, lo suben hasta el cielo y se les olvida que hay una cantidad de gente que no se beneficia. Pero, cuando sucede algo malo, no hay voluntad de reconocimiento y entonces la gente vive en un estado casi de zozobra permanente.
La lección más importante que aprendió
Aprendí a ser humilde, porque dentro del equipo de trabajo que me tocó, encontré tesoros escondidos, gente consagrada 15 y 20 años a la ciudad, que nadie les reconoce nada, pero que son la acumulación de conocimientos, que es lo que le permite a la Administración avanzar.
¿Qué piensa de la mujer en los cargos públicos?
Que no hay suficientes. Pienso que llegó el tiempo de la mujer en Colombia, y que en la medida que más mujeres escalemos posiciones de toma de decisiones, vamos a poder construir reconciliación y paz, que es lo que más necesita Colombia.
¿Qué hace en sus ratos libres?
Leo mucho. Me encanta pintar y soy amiga de los animales.
¿Qué pinta?
Me gusta pintar. Pero, aclaro, no soy pintora. Más bien, artesana. Pinto artesanías, cosas de madera, pero siempre pinto sobre algo que pueda echarle una buena capa de barniz y lo pueda regalar.
¿A cuál pintor admira?
Empezando por casa, me fascina Alejandro Obregón. Cuando recorro museos por el mundo, siempre vuelvo a Monet, Gohan y Rousseau, toda esa etapa del siglo XIX.
¿Qué sueño todavía no ha cumplido?
_Nosotros pertenecemos a la generación de los que íbamos a cambiar el mundo. Teníamos una utopía de una sociedad justa. Le he dedicado toda mi vida a eso, y, le voy a dar hasta el último aliento, pero esa es una utopía que todavía está en proceso, pero de que llega, llega.
Recomiéndeme un libro
Los capitales de la arena, de Jorge Amado.
Una canción...
Imagine, de John Lennon. Te imaginas un mundo sin fronteras, donde la gente no esté tras los bienes materiales. Un mundo en paz.
Un cantante...
Luciano Pavarotti. Soy amante de la ópera. Me tocó ir a Central Park (Nueva York). Estaba caminado por ahí, cuando todavía no era famoso, me jaló la oreja su música.
¿Cómo se proyecta de aquí a 10 años?
Me veo trabajando en este proceso de paz que inicia en Colombia para garantizar, generar y promover, de la mano de la izquierda democrática, unas bases firmes. Pienso que Colombia firmará un proceso de paz, pero ese es el comienzo no el final, porque debemos dedicarnos a construir la paz. Yo le dedicaré hasta mi último aliento desde donde esté y pueda contribuir con esa gran tarea.
Finalmente, ¿qué no le gusta de usted?
Soy muy golosa (se toca bruscamente la barriga). No sólo el ser golosa comiendo arroz con coco o pie de coco, también en las cosas intelectuales. Entonces, comienza uno a convertirse uno en una persona un poco presuntuosa y eso es malo, porque uno las cosas que piensa las tiene que decir con la sencillez de un adagio para que todo mundo las entienda.

