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Facetas

Mi primera liposucción

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Estaba desesperada. Mi cirugía de liposucción estaba programada para las 2 de la tarde pero tuve que permanecer 5 horas en la clínica. Mientras los minutos pasaban sentía las manos de mi madre sosteniendo las mías, parecía que sostuvieran el mundo, o al menos el mío.Ella lucía mucho más asustada que yo, -ya sabes todas esas historias terribles que se cuentan las madres alrededor de los procedimientos quirúrgicos- y un frío, más helado que el de cualquier acondicionador de aire, achicaba los espacios.
Casi 20 mujeres, temerosas y pálidas, pasaron primero a la sala de operaciones estéticas. Pero solamente dos iban a practicarse lo mismo que yo. Las demás iban a hacerse los senos, o la nariz, o la cola.
Sólo después de las 7 de la noche entré yo. Me desvestí para ponerme una ridícula bata.
Aunque sabía cómo iba a ser el procedimiento -esa succión con la canula (tubo de metal con un orificio en uno de los extremos) de buena parte de mi tejido adiposo- estaba más emocionada por poderme ceñir mi nuevo vestido verde, de manera que no le puse mucha atención a lo que me decía. Creo que habló de Dios y del profesionalismo y de sus conocimientos adquiridos tras mucho estudiar.
Lo primero que hicieron fue canalizarme en mi mano izquierda. Después dijeron que me quitara la bata para tomarme fotos, desde diferentes ángulos, de mi cuerpo sin intervenir.

“Crucificada”
Todo el tiempo la enfermera me repetía que estuviera muy tranquila. Pero en realidad ahora que lo pienso, en ese momento no le temía tanto a la muerte sino a que me pudiera pasar algo inadvertido en la sala de cirugía y que mi mamá no pudiera soportarlo, es decir su reacción ante alguna eventualidad médica.
De pie, desnuda y hasta erizada por el frío, empezaron a delimitar mis carnes con un marcador negro. Ese fue el último paso antes de entrar al quirófano.
Una vez adentro una señora de unos 60 años me puso contra la pared para hacerme una limpieza con un paño como aplicándome una especie de antibacterial. Ella también me repitió que tenía que estar  “muy tranquila”. La frasesita ya empezaba a hartarme.
Nuevamente a la camilla. Llegó la anestesióloga y me pidieron que abriera los brazos. Me sentí como crucificada. Por fin el sueño sobrevino, parecía que bajaba desde algún lugar del cielo y se metía por la ventana. Mi último recuerdo fue el reloj del quirófano pero sólo que era bonito, negro sobre blanco. La hora en cambio no fue nada memorable.
Anestesiada, caí en un sueño profundo, un estado casi mortuorio. En realidad no recuerdo ninguna imagen del sueño, todo fue muy confuso.

Despertar
Un súbito deseo de abrir los ojos me devolvió luego a una camilla diferente. Estaba en otro lugar de la clínica. Eran las 11:30 de la mañana del siguiente día.
Las pupilas de mi mamá me hablaron: todo había salido bien.
Pero de inmediato me invadió una sensación de hipotermia horrible. Nunca había sentido tanto frío en mi vida. Pedí que me pusieran otra cobija, no podía explicarme por qué estaba tan helada. Me pusieron en total cinco cobijas.
Por fortuna, la sensación no duró más de 10 minutos. Sentí por un momento el frío de la muerte. Creo que es lo peor que le puede pasar a una persona.
Después del mal rato lo primero que hice fue mirarme el estómago y dije: “esto sí valió la pena”. Obviamente estaba inflamada, pero no tenía ningún “gordo”.
A las 12:30 llegaron dos enfermeras con una faja, y toallas higiénicas maternas que me pusieron en los 14 agujeros con los que quedó mi cuerpo, es decir, por los lugares en donde entró la canula: espalda, costados, debajo de los senos, debajo de la ingle, papada y en la cola.
Salí de la clínica súper inflamada. No había comido desde el jueves, el día antes del procedimiento. Me mandaron a tomarme dos analgésicos y un antibiótico. Mi mamá me hizo un caldo de pollo…; y cuando probé el pollo sentí la gloria.
Duré en cama cuatro días porque siempre está uno como adolorido y pierdes la movilidad de los brazos, no me podía recoger el cabello por ejemplo.

“Valió la pena”
Tengo que decir que tampoco fue fácil la gestión del dinero para la operación. En total fueron $4 millones. El banco me prestó 3 y un amigo, muy cercano a la familia, me prestó el millón restante.
No es para nada económico si uno se pone a pensarlo con detenimiento. Antes de entrar a cirugía tienes que comprar una póliza de $250 mil. Quinientos mil pesos más en lo que respecta a fajas, una tabla que se pone en el abdomen para poder sentarse, y una espuma para que no se pegue la piel.
Luego vinieron los 18 masajes posoperatorios. Debo decir que fueron dolorosos y de todo tipo: ultrasonido, infrarrojo, manta térmica y drenaje linfático.
Boca arriba, el más terrible creo que es el de drenaje porque con las manos te abren los ganglios y por ahí te empiezan a hacer el masaje. Es una sensación horrible porque sientes que la piel está suelta. La convalecencia fue de una semana solamente.
Valió la pena. Lo noté y lo noto todavía. Al principio estaba insegura porque mi novio me decía, antes de la operación, que ya no quería nada conmigo. Él me decía que yo me quería hacer la cirugía para conseguirme a otro tipo. Y no estuvo conmigo en la recuperación, pero mis amigos sí. Ellos fueron determinantes porque durante ese tiempo yo estaba muy sensible. Lloraba por todo.
En fin, mi ‘Ex’ ya está saliendo con una vieja pero te lo juro que no me duele, y me siento contenta conmigo misma, y lo mejor de todo es ponerte la ropa y que te quede perfecta.

13 litros de grasa me fueron extraídos. Turcios
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