Está flaquísimo. Sé que esta no es la mejor forma de empezar mi nota sobre alguien tan interesante. Pero de verdad está muy delgado, casi irreconocible.
Lo tenía en frente y estuve a punto de ignorarlo, cosa que le parece fenomenal, más aún después del éxito que obtuvo con su papel de Pablo Escobar, en Escobar, el patrón del mal.
Todos quieren una foto con Pablo Escobar, sin importar lo que esté haciendo o el mal momento por el que esté pasando. Esa situación lo irrita un poco.
Andrés Parra llegó a la entrevista acompañado de su prometida, la cartagenera Diana Cáliz. A través de ella fue como pude contactarlo y, desde que empezó nuestro diálogo hasta que finalizó, no paró de hacer bromas pesadas y comentarios subidos de tono que lograron romper el hielo de inmediato.
Lo primero que me pide en tono de clemencia es que, por favor, no le pregunte cómo preparó el papel de Escobar. Parece que está hastiado de esa pregunta. Por fortuna, no la tenía en el cuestionario.
Son una pareja exageradamente divertida. Él imita el acento costeño de Diana todo el tiempo y ella se burla porque Andrés luce, más bien, como cubano.
Conversamos en el baluarte San Francisco Javier, frente al Hotel Charleston, bajo un espléndido atardecer cartagenero.
¿Qué ha dejado de hacer que le produzca nostalgia y no pueda realizar desde que es actor?-Dormir. No, mentira. No he dejado de hacer nada porque me la he pasado actuando desde muy chiquito. Tal vez he dejado de salir un poco, he dejado de ir a muchos sitios públicos, me he vuelto más enclaustrado de lo que ya de por sí era; o sea, ha sido una bendición. Ya tengo la excusa perfecta para no salir a nada.
¿Qué fue lo más difícil al encarnar el personaje de Pablo Escobar?-Las jornadas laborales, la responsabilidad, la presión. Pero sobre todo, la carga laboral. Actoralmente, para mí es igual que haber hecho cualquier otro, pero la carga laboral sí fue lo más duro. Estar 10 meses fuera de la casa. 15 o 16 horas de trabajo sin día de descanso, con un poco de gente ahí viviendo como en un reality y estar en las escenas todos los días, eso fue lo más aburridor.Además, trabajar pensando en parecerme al tipo, porque yo no era libre ahí. Tenía que parecerse la voz. No, es que Escobar fue un bollo completo. No hay parte más difícil.
¿Tiene reparos consigo mismo cuando lo eligen para hacer el papel de un personaje maligno o bondadoso?-Prefiero, de hecho, hacer personajes retorcidos, enfermos, pervertidos. Me gusta servir de ejemplo para la gente. Ser ese primo que esconden, ese tío del que nadie habla, ese hermano que nadie quiere presentar. Prefiero eso y tengo la suerte de pertenecer al tipo de actores al que se nos permite hacer eso, que es lo que no pueden hacer los galanes. Ellos tienen una responsabilidad social. Un galán no puede eructar, no se puede tirar un pedo, porque es un galán. ¿Quién quiere ver a Jorge Enrique Abello cagando? Nadie. Pero a mí sí.Coño, a mí me ponen a vomitar, a cagar, a violar. Lo hediondo lo hago yo. Pero es una bendición, y eso es lo que lo hace a uno un actor de carácter. Me gustan esos personajes que provocan. Que usted lo vea ahí y le despierten rabia, asco. Es más, entre más asco uno pueda dar, me gusta más.
¿Qué impacto negativo tuvo su papel de Pablo Escobar en su familia, amigos y el público en general?-Ninguno. Todo ha sido positivo, afortunadamente. Nada negativo.
¿Cómo terminó ennoviado con una cartagenera?-Diana estaba en un pasillo de Caracol, al lado de un baño. Yo iba al baño y ella estaba esperando a una persona que salía del baño. La vi y grité: ¿y esta quién es? Yo iba acompañado y le pregunté a la persona con quien estaba que cuántos años podría tener la china que estaba allá afuera. Él dijo que 19, y yo dije que 17. Hicimos como una apuesta. Cuando salimos, le preguntamos cuántos años tenía y ella respondió: 'Ajá, 27'. Y ahí supe que me había encontrado con la que me iba a casar. Imagínate, costeña y come años.
¿Cuál fue la primera producción en que apareció? ¿Cómo fue la sensación de verse por primera vez en pantalla?-En Casados con hijos. Fue una sensación horrible, casi como la del dentista ayer. Me vi ridículo, bobo. Además, me vi con un tono teatral que nada que ver para televisión, exagerado, sobreactuado. Es algo que veo y me da oso ajeno.
¿Cuántas horas le dedica a la actuación?
-Cada proceso es diferente, pero armando un personaje, coño, estás 25 horas al día pensando en eso. A veces te sientas a trabajar y la vaina no fluye y me toca salir y dar una vuelta. Me cuesta mucho el arranque, me quedo en las nubes un poco de tiempo y luego me siento culpable, me da ansiedad, estrés, porque siento que no estoy haciendo lo que debo hacer.
Ya cuando estoy laborando, yo no sé por qué me pasa, pero siempre trabajo por ahí 14 horas al día y cuando arrancas a trabajar, estás todo el tiempo en esa sintonía. Pero no soy de los que se lleva el personaje para la casa y actúa en la casa. Obvio, sí me quedo conectado. A veces llamo a Diana y le digo: 'Marica, sabes que descubrí que a este man le sudan las manos'. Y ella dice: 'Ah, qué chévere'. Sin saber que eso es importantísimo y ella no lo ve. Bueno, no tiene porqué saberlo.
¿Cuál es la faceta menos grata de ser actor?Es encontrarse con gente que siente que tú eres de su propiedad y que se toman a pecho aquello que el artista se debe a su público. Y eso quiere decir que a mí no me importa si tú estas velando a tu mamá, yo quiero una foto; o a mí no me importa si tienes un problema personal fuerte, usted me tiene que dar una foto. Y pasan por encima de eso. Esa gente es muy agresiva, invasiva. La gente que se creyó ese cuento de que uno les pertenece.
Y lo contrario, ¿la más encantadora?(Abre los ojos como fascinado) Es estar viviendo para lo que creo que nací en la vida. Haber tenido el llamado de mi vocación a los 8 años y haberle contestado y llevar no sé cuántos años haciéndolo. Eso es lo más gratificante. Eso me parece que es una bendición. No todo el mundo se despierta diciendo que está haciendo lo que ama, lo que le apasiona. Estoy en darma, se llama eso. Eso es lo más bonito.
¿Qué no le pregunté que quiera compartir con los lectores?No me has preguntado por qué coño estoy en Cartagena. Vine a abrir un centro de entrenamiento que se llama Dynashes, que fue con lo que rebajé 35 kilos en un año. Esas máquinas están en Bogotá y nos pareció Cartagena un lugar chévere para que la gente tenga donde hacer ejercicio con un tipo de entrenamiento distinto al tradicional, sólo 30 minutos al día, sólo tres veces a la semana. El tiempo te alcanza para el resto de cosas y contamos con la suerte de hacer parte de un complejo que se se llama Wave flow. Queda en Bocagrande, en La Mansión.




