Ramiro Meneses fue el único actor que quedó vivo después de la película Rodrigo D. No Futuro.
Y cuando digo vivo, no me refiero a que todos hayan muerto, aunque varios hayan corrido con esa suerte. Me refiero a que sólo él aprovechó notablemente la oportunidad para convertirse en el tremendo actor que es.
En esa película, considerada una de las más importantes que se han rodado en el cine colombiano, Víctor Gaviria, su director, buscaba gente joven y sin ninguna preparación actoral. Fue así como pronto armó un elenco de pelaos humildes de las calles de Medellín.
Para esa misma época, Ramiro tenía una banda musical y, en sus ratos libres, acompañaba a un buen amigo a los ensayos de la película. En una ocasión, al director de la cinta le faltaba un muchacho que tocara la batería, para completar el grupo de actores. De modo que Meneses presentó el casting, quedó y hasta terminó siendo el protagonista.
“Rodrigo D, con el tiempo, ha sido de las cosas importantes que me han sucedido en la vida. Más por la música que por la actuación, porque fue lo único que quedó de una historia musical, en cuanto al género que yo hacía: es el único registro histórico del punk y del metal en los nacimientos de esos géneros musicales en Colombia”, cuenta.
Luego de estrenada la película y de tener tan buena aceptación dentro de la crítica, muchos de esos jóvenes que participaron en el film parecían enloquecidos con la fama y el éxito. Tanto, que comenzaron a meterse en problemas que a más de uno llevó a la muerte o a tener líos con la justicia.
Una de ellas fue Leidy Tabares, protagonista también de La vendedora de Rosas, y quien estuvo en prisión por supuesta participación en el asesinato de un taxista. Leidy ya está en libertad, pero luego de haber asistido a prestigiosos eventos internacionales como el Festival de Cine de Cannes en Francia, muchos esperaban que su carrera fuera en ascenso.
“Teníamos inclinaciones distintas. Ellos tenían otro tipo de intereses, lo mío siempre ha sido el arte. Me gané Rodrigo D por el arte; y salí de Rodrigo D haciendo arte, y toda la vida he estado rodeado de arte”. Ellos eran de otra manera. Aquí no se trata de oportunidades, porque todos las tuvimos”.
Lo dice porque a él tampoco es que le haya tocado muy fácil en la vida. Nació en una familia de campesinos que llegaron a Medellín desplazados por la violencia. Por fortuna, el arte lo salvó.
Recuerda que cuando era un niño acompañaba a su padre, quien era electricista, a arreglar todos los proyectores del circuito de Sucre. Así recorrió los teatros de Montería, Lorica y Tierralta (Córdoba).
“Todos esos teatros los frecuenté con mi papá cuando él arreglaba los proyectores. Entonces, lo esperaba en la salita de proyección con ese olor a acetato, la cintica, viendo películas gratis”, cuenta como se reviviera esos momentos.
Siendo muy pequeño, y sin buscarlo, ya iba teniendo referentes del cine Western, de terror, de acción y de otros géneros propios de ese momento.
“Allí también vi mi primera película porno. Estaba escondido en un muro del teatro en Montería. Se llama Cuando las colegialas pecan”, me dice y sonríe de forma pícara.
Parece que estuviera reviviendo recuerdos agradables de su pasado. Hace silencios muy prolongados y por momentos se queda ido, mirando hacia ningún punto en específico y se ríe.
“Actuar es una gran mentira”
Llegó a Cartagena para ser jurado de la versión 17 del Festival de Teatro Universitario. Durante su estancia, le tocó dictar una master class en el aula máxima de Derecho de la Universidad de Cartagena, para estudiantes de teatro de la ciudad. Se veía tan cercano a los principiantes. Es un tipo muy fácil de abordar.
Comenzó diciéndoles a los jóvenes que actuar es cuestión de cada cual y que él odia este tipo de ejercicios en donde le queda imposible explicarles a los estudiantes en unas horas lo que a él le ha costado toda su vida.
Después de ser sincero, redujo la master class a un sencillo conversatorio en el que intentó despejar las dudas de los muchachos, a partir de su experiencia personal. Fue muy divertido ver cómo semejante estrella hablaba de sus comienzos, lo que hacía para robar unos segundos de cámara, pero sobre todo hay algo que sabe hacer muy bien: burlarse de sí mismo, de sus desgracias y de los desaciertos más frecuentes de su carrera.
“Con el tiempo, descubrí que la actuación es una gran mentira, pero toda gran mentira puede ser una gran verdad”, dice.
No es muy fluido con los términos. De hecho, las palabras que más usa son: No joda, jueputa y mierrrrrrda. Pero bueno, es Ramiro Meneses y todo le queda bien.
“Quiero ofrecer disculpas, porque no soy muy bueno con las palabras. Siempre, desde que recuerdo, me han entregado un libreto que me he aprendido”, confiesa.
Mientras hace su presentación, luciendo, por cierto, un jean, una camisa desencajada y unas sandalias, me parece increíble la sencillez con la que se expresa este actor, que saca adelante cada papel que le ofrecen, creando un vínculo perdurable con el público por sus interpretaciones. Mentalmente hago un recorrido obligatorio por las producciones en que lo he visto actuar.
¿Quién podría olvidar al sanguinario, pero extrañamente noble de Victorino Moya en la exitosa novela Cuando quiero llorar no lloro (o “Los Victorinos”, como la llamaron después)? ¿O a Oswaldo, el divertido mensajero de Vuelo secreto? Al padre Beto, en Tiempos difíciles y qué decir del extraño Juvenal Camacho, en ¿Por qué diablos?.
Minutos antes de acabar la entrevista, me queda la sensación de que Ramiro no me ha contado algo más, y le pregunto qué otro apunte, quizá sobre su personalidad, le gustaría incluir en este artículo. A lo que me responde:
“Estoy en esta vida para gastármela. Decidí gastarme este cuerpo y dejar el forro bien gastado y eso lo derrocho en arte. Es como una manera de vivir. De hecho, dormir me cuesta. Me encanta estar despierto. Yo no quiero estar dormido nunca y cuando me quede dormido, espero que sea definitivo. Para dormir, la muerte”, concluye Ramiro Meneses.
Te puede interesar: