Facetas

El empresario que no tiene vacaciones

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JOHANA CORRALES
28 SEPT 2014 - 12:02 AM

Se ve inmenso desde su pulcro escritorio. Y no tiene que ver con su estatura. Es algo más...

Alberto Araújo Merlano goza de cierta investidura (¿o aura?) que te hace sentir frente a un ser superior.

Tiene 91 años de edad y una envidiable memoria de elefante. Con él (a excepción del golf) los temas light están vetados. Sólo podemos conversar de economía, política, libros, negocios y más negocios.

Tiene que haber algo más superficial de lo que podamos dialogar. Pero, antes de descubrirlo, se abalanza con un sobrio documento de tres hojas sostenido por una grapa.
-Me dijiste que harías algo humano. Aquí está mi hoja de vida- dice.

Quedo atónita. ¿De verdad me está dando su currículo para que escriba estas líneas? Finjo que nada ha sucedido y sigo con la firme convicción de traerme una linda entrevista simple y terrenal. Lo primero que le pregunto es que si a lo largo de su vida como empresario tuvo algún deseo de explorar otro campo profesional. No sé, quizá le hubiera gustado ser músico, escritor (ya lleva tres libros), astronauta. A lo que me cuenta, enérgico, que, de hecho, estudió Ciencias Jurídicas y Económicas en la Universidad Javeriana de Bogotá. Fue uno de los mejores estudiantes de su clase. Tanto,  que cuando terminó la carrera uno de sus profesores le propuso que se fuera a trabajar con él en su despacho y les fue muy bien, hicieron mucho billete.

“Pero no me sentía feliz. Me faltaba descubrir cuál era mi talento predominante, mi verdadera vocación”.

Estando en Bogotá lo llamaron un día de La Voz de Colombia, una emisora que había sido incendiada por completo. Habían nombrado un gerente y él sería el subgerente. El día que llegó a la entrevista le dijeron que habían encontrado muerto al nuevo gerente, de modo que él ocuparía su lugar, y que no que aceptarían una negativa de su parte.

Accedió y a los tres años logró posicionar la emisora dentro de los tres primeros lugares de sintonía en el país. Pero hubo algo más importante: descubrió por fin su vocación, sería un empresario.

Regresó a Cartagena y, en asocio con Ricardo Segovia, fundaron Araújo & Segovia, agencia que el año pasado recibió el reconocimiento como la inmobiliaria más importante del país. Sin tener idea del mundo hotelero, se arriesgó creando el hotel Capilla del Mar; y, como extra, se le ocurrió crear Las sirenas del Capilla del mar, una orquesta de mujeres lindísimas que sonó en varias ciudades, y hasta en Venezuela y Miami.

“Se me ocurrió invitar a los reyes de España para la inauguración, pero la gente creía que eso era imposible, y sí vinieron. Eso también le dio un realce enorme al hotel”.

Veía una oportunidad de negocios donde fuera. Fue así como se le ocurrió fundar Lavamejor, Crediniver S.A.,  el hotel Las Américas, Casa de Playa, la fundación Proboquilla, el Centro de Convenciones del hotel Las Américas, el hotel Las Américas, Torre del Mar, el centro logístico Central, Probolívar y recientemente Geniales. Sí... parece que los negocios son lo suyo.

Si Dios le diera a Araújo la oportunidad de tener una segunda vida, no habría estudiado Derecho. Ese tiempo, confiesa, debió aprovecharlo más preparándose en ser un hombre de negocios. Pero, ¿qué otras cosas hubiera logrado con más tiempo? 

A lo que me dice, como leyéndome la mente: “Me faltaron dos cosas por hacer: ser un gran nadador y un bailarín profesional. Porque me fascina el baile”.

Del resto, no cambiaría nada de su vida. En especial, se enamoraría nuevamente de la misma mujer: la bella Judith Perdomo, su único amor, quien le dio la felicidad más grande que tiene, sus ocho hijos, quienes, a su vez, le han dado más de 30 nietos y alrededor de diez biznietos. Son tantos que creo se equivocó en el cálculo mental que hizo.

UNA FAMILIA FUERA DE SERIE

El recuerdo más frecuente que tiene de su familia era cuando vivía con sus ocho hijos. Cuenta que era una locura intentar ponerlos de acuerdo a todos, sin  peloteras ni rivalidades. Por eso, un día a su esposa y a él se les ocurrió tomar una medalla del honor escolar, que había llevado uno de sus hijos, para convertirla en La medalla de la fraternidad.

De modo que cada sábado, después del almuerzo, se hacía una reunión en la que se elegía quién de los hermanos se había portado mejor.

Las cuatro primeras semanas la medalla tenía nombre propio: Liana Araújo.

“A partir de la cuarta semana se la empezó a ganar Fernando –cuenta Alberto-- porque nosotros le dábamos a los pelaos una platica para el colegio, pero él cogía esa platica y la invertía en dulces y se los regalaba a los hermanos. Así que el sábado todo el mundo votaba por él. Judith Elvira, viendo que la cosa se estaba poniendo fea para ella, se metió a la cocina y empezó a hacer postres y durante toda la semana le daba a los hermanos”.

Y así, cada uno se la fue ingeniando para servirles a los demás. Eso fue lo único que logró cambiar el ambiente en el hogar. Cesaron las peleas y por fin reinó la paz. Fue tan efectivo que con el tiempo nombraron un presidente y un secretario y se les mandaban, en un casette, las actas de las reuniones a quienes estaban estudiando fuera de la ciudad.

Se crearon Los protocolos de la familia Araújo Perdomo, un documento que consta de dos partes: negocios y familia. Hoy, intentan reunirse por lo menos diez veces al año: por un lado los hijos y por el otro los nietos, quienes replicaron la idea.

Otra anécdota fue un campeonato de natación en Ibagué en  el cual participaron dos de sus hijos representando a Cartagena y a Bolívar.

“Por la noche me llamó primero Gerardo: 'Papi, qué maravilla: Fernando le fue espectacular en su categoría'. Al rato me llama Fernando: 'Papi, qué maravilla, Gerardo le fue super bien en en su categoría'. No me hablaron de lo suyo, sino lo del hermano”.  

Cree en el amor y la amistad. Define ambos términos como el talismán que nos regaló Dios para servir a los demás.

“Eso de Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo, es real. Esa es la clave del éxito en todas las facetas”, expresa.

Asegura que todas las personas, no importando su condición social, pueden lograr el éxito económico, si de verdad son talentosas. Una afirmación que es bastante rebatible. 

“Toda persona nace con un talento predominante, todo el mundo. La persona que tiene la suerte de descubrir ese talento, cultivarlo en su manera de ganarse la vida, sale adelante. Y puede convertirse en una persona fuera de serie”, asegura.

Aunque tiene claro que también abundan los que tienen todo el dinero del mundo, pero no poseen todo el talento y sí todas las oportunidades. De esos está llena la sociedad. 

 Quedan muchas cosas más que contar sobre este super empresario, abogado de profesión, y bailarín y nadador profesional frustrado. Pero es imposible resumir 91 años de vida en una página de domingo.

Alberto con sus nietas, Valeria y Samantha Araújo.

El empresario piensa en negocios todo el tiempo.

Tiene 91 años de edad.

Cree que todo el mundo nació con un talento.

Lleva tres libros publicados.

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