El interminable verano de este año ha provocado que el arroyo de Palenque no sea más que una simple herida húmeda abriéndose penosamente entre matorrales y tramos de arcilla y piedra china.
Pero no es la reducción del agua lo único que preocupa a los lugareños, sino que el verano, junto con otros factores (tala de árboles y extracción de arena), han terminado por poner en peligro el carácter de espacio para encuentros sociales que ganó el arroyo desde los tiempos en que Benkos Biohó decidió asentar, en esa parte del departamento de Bolívar, lo que sería para siempre el territorio de su descendencia.
Para el antropólogo nativo Jesús Pérez Palomino, otra causa del deterioro del arroyo fue la intervención con retroexcavadora que sufrió hace unos años, cuando a un concejal de Mahates (la cabecera municipal del palenque San Basilio) se le ocurrió que el cauce del arroyo debía ser ampliado para que, según él, el agua no se estancara y las corrientes se desplazaran con mayor velocidad.
Nunca se supo claramente cuál era el objetivo de esa empresa, pero lo que sí quedó en evidencia fue la ausencia cada vez más pronunciada de las aguas, cosa que, según los palenqueros, nunca había ocurrido ni en los veranos más intensos.
“Los tiempos veraneros –explican-- podían ser los más duros, pero el arroyo siempre tenía sus piscinas de agua, donde la gente iba a llenar sus tanques, a la lavar ropa o a bañarse, pero este año la cosa ha sido diferente y bien preocupante”.
Añaden, además, que si esta situación se hubiese presentado en las épocas en que Palenque carecía de un acueducto, la agonía del arroyo se hubiese constituido en una verdadera emergencia doméstica y hasta laboral.
Lo curioso es que el significado de espacio social que para los palenqueros tiene el arroyo, parece rebasar su importancia como fuente de aprovisionamiento acuífero.
Es lo primero lo que en realidad preocupa a la comunidad. Y mucho más que a ésta, a los gestores culturales y líderes cívicos que salvaguardan la idiosincrasia de la aldea.
Ni el acueducto pudoFue en 1978 cuando se construyó el acueducto. Para entonces, el arroyo permanecía pletórico de vida, no sólo por sus abundantes flora y fauna, sino por la convocatoria social que seguía ejerciendo entre sus coterráneos, pues, a lo mejor, en otras poblaciones con otras costumbres y culturas, ese cuerpo de agua hubiese pasado a un segundo plano con la tecnificación del suministro del llamado líquido vital.
Pero, en realidad, lo único nuevo que provocó el acueducto fue que la gente empezara a cambiar las casas de bahareque por construcciones de ladrillos y tejas de asbesto-cemento, y con acometidas para la evacuación de las aguas servidas. Aún así, la construcción de baños en esas residencias no redujo las visitas de los palenqueros a su arroyo.
El antropólogo Pérez Palomino insiste en que, efectivamente, la mayor importancia que tiene el arroyo para los lugareños radica en que hasta el año pasado sirvió como lugar de encuentro para la comunidad, la cual se reunía en diferentes horarios y en diferentes sectores que podrían catalogarse como masculinos, femeninos y mixtos.Más de 15 kilómetros recorre el arroyo, que parte desde las faldas de los Montes de María, pasa por Palenque y se funde con los cuerpos de agua del vecino corregimiento de Malagana. Por ese camino, son varios los afluentes que lo alimentan durante todo el año.De Sur a Norte, los palenqueros se acostumbraron a dividirlo por sectores, que recibieron sus nombres de acuerdo con la naturaleza del terreno o con la actividad que allí se estuviera ejerciendo.En ese sentido, el primer sector se denomina “La Piedra”, que funge como espacio mixto, donde hombres y mujeres, además de intercambiar conocimientos, van a recoger el agua de las actividades laborales y domésticas.El segundo sector es conocido como “Los Terneros”, porque era el preferido de los hatos ganaderos de la zona, para que sus animales abrevaran durante las jornadas de pastoreo. Al mismo tiempo, es el espacio que usan los hombres para el aseo personal y la conversación.El tercero se llama “Caballito”, el espacio en donde las mujeres obtienen agua para sus labores domésticas, pero extraída de cavidades llamadas casimbas o aljibes fabricadas por la mano del hombre.El cuarto fue bautizado como “Mareca”, ambiente exclusivo para las mujeres, y en donde suelen bañarse desnudas o en ropa interior, por lo cual es prohibido el paso de hombres por esa zona, como también lo es la presencia de mujeres en el espacio reconocido como Los Terneros.Lo fundamental en esos lugares es la conversación entre niños, jóvenes, adultos y ancianos, pues es allí donde se moldean los comportamientos en comunidad, se informan los acontecimientos públicos y secretos de los nativos, y se conservan las costumbres culturales que han traspasado siglos y generaciones.
La flora y la faunaMientras los palenqueros usaban esos espacios como sus parcelas comunicativas, en las riberas del arroyo daban enorme sombra los árboles de caracolí, guama salvaje y ceiba blanca, sobre los cuales abundaban loros y reptaba la serpiente toche, dos elementos de la fauna diezmados por la tala comercial, pero también folclórica (si se permite el término), dado que gran parte de los instrumentos que ejecutan los conjuntos musicales de palenque son fabricados con el tallo de esos árboles.“Por eso –asegura Pérez Palomino--, ya emprendimos una campaña de rearborización, mediante la cual acabamos de sembrar unos 6 mil plantas de caracolí, pero la idea principal es que por cada árbol que se corte se siembre otro”.Desde que entró el verano los encuentros comunitarios se han ido reduciendo paulatinamente, aunque no las costumbres que se cimentaron desde años atrás por obra y gracia de las conversaciones de niños y ancianos, ya que aún los menores conservan el miedo de ir al arroyo cuando está cayendo la tarde: sencillamente no quieren que se repita la historia de Catalina Loango, la niña desobediente que se quedó para siempre habitando el mundo de los mohanes.Para Jesús Pérez Palomino es claro que la comunidad está pasando de una “intimidad colectiva” a una “intimidad individual”. La primera hacía parte de la riqueza cultural que iniciaron los africanos cimarrones en el lecho del arroyo, mientras que la segunda empieza a fortalecerse con el crecimiento de la tecnología y las convicciones de los nuevos tiempos.

