Facetas

La Barbería Ralf

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ANDRÉS PINZÓN SINUCO
14 DIC 2014 - 12:02 AM

Afuera, en la Calle del Arzobispado, hace brisa. Adentro las aspas girantes de dos ventiladores antiguos, colgantes, refrescan un poco más a los cinco hombres.
El más joven de ellos es Jaime Cordero Cervantes, 46 años, administrador de la Barbería Ralf, percusionista, actor ocasional y figurante en series de televisión, pero barbero de profesión. Está de pie, detrás de su cliente. Tiene una máquina de ‘motilar’ en la mano derecha.
Al fondo hay un mueble de ceiba que tiene casi un siglo. De los cajones y repisas sobresalen peinillas, talcos, máquinas de rasurar, atomizadores de agua, bolsas y hasta una foto antiquísima del Papa Juan Pablo II.
Orlando Ortega Barreto, 69 años, oriundo de San Jacinto, también está haciendo lo propio cortando el cabello a uno de los viejos ingenieros de la ciudad.
En la tercera de las cuatro sillas centenarias, marca Koke alemana, que parecen entronar a sus ocupantes, está sentado Lisímaco Cordero Galvis, 69 años, barbero proveniente de Sahagún, Córdoba. Espera a algún parroquiano. Entre tanto, echa cuentos de la cotidianidad de la ciudad, sonríe, habla ‘la vaina’, mientras una grabadora rectangular, no más grande que un cuaderno y que cuelga de una puntilla, emite el tema Llora corazón, de Nelson y sus Estrellas.
Los usuarios de la Barbería Ralf, única en su tipo en el Centro Histórico, acuden febrilmente a esta recámara en la que no pasa el tiempo o en la que se puede viajar en el tiempo.
- Queremos meter más antigüedad, para conservarla hasta el final.- dice Lisímaco  Cordero-. Es como una barbería museo. El mismo turista pide que no le cambiemos el estilo, que la conservemos así. 
El negocio tiene más de 60 años y su propietario es Manuel Cordero Ortega, padre de Jaime. Este cartagenero por adopción, 77 años, nativo de Ciénaga de Oro, Córdoba, está sentado en una silla plástica sobre el anden de la calle. Como es natural, saluda con un prestigio ganado a pulso. Permanece en la acera y atiende sólo a algunos viejos amigos y conocidos.
- Las sillas pasan del siglo fueron traídas de Estados Unidos- dice Jaime Cordero-. Un corte demora más o menos 15 o 20 minutos. Más que todo, son hombres los que vienen.
Los barberos son personas amables y elegantes vestidos con camisas de botones, pantalones de pliegues y zapatos de cuero. 
Además de espejos redondos, las paredes de esta suerte de barbería museo están atiborradas de fotografías en las que aparecen acompañados de personalidades como Juan Piña, Alfredo de la Fe, Ricardo Montaner, ‘Guachi’ Meléndez; o de los músicos del Gran Combo de Puerto Rico y de la Charanga Unión Sanluisera.

Todos son viejos amigos. Las tertulias se forman en la mañana, temprano, y en las noches al borde del cierre del local, sobre las 7:30 de la noche. Incluso se han acostumbrado a que algunos turistas paseantes aprovechen para llevarse un recuerdo sacando fotos a los viejos utensilios o a ellos mismos.
- Las tertulias más sabrosas se hacen en la mañana, vienen amigos a motilarse, a echar cuento y a referir historias - dice Jaime Cordero.

***

Por un momento no se escucha más que el chasquido de las tijeras de Orlando Ortega Barreto desplazándose por la cabeza de Elkin García Suárez, 30 años, escritor y asiduo visitante de la Ralf. Lo ha cubierto con una manta que le cae del cuello al pecho.
A veces acompaña a las tijeras una peinilla que va acomodando y alisando el pelo. Gira a Elkin en un ángulo de 90 grados y desde la silla el joven literato observa un grupo de adultos mayores en la terraza. Están conversando y leyendo atentamente el periódico local. Después la máquina roza su nuca y define la forma de las patillas.
El corte y afeitada cuesta 10 mil pesos. La Ralf atiende desde las 7 de la mañana especialmente los viernes, sábados, domingos y lunes. Entre las personas notables que han ido a cortarse el pelo con estos viejos alquimistas figuran Enrique Peñalosa, Gustavo Petro, Dionisio Vélez White, Alberto Samudio y José Alberto ‘El Canario’.
Al final, con una brocha, el barbero sacude los pelos sueltos del muchacho. Le aplica un poco de talco y le pasa una piedra que tiene el aspecto de la kriptonita. Orlando le explica que es una piedra volcánica que evita la irritación y las infecciones.
Al chico le alcanzan un espejo y se observa un instante. Se ve con una cara sonriente, satisfecho. Le paga y se despide. Cuando va saliendo mira a uno de los peluqueros frotando la cabeza calva de un hombre paisa con el que charla. Otro barbero pasa una cuchilla de hoja muy fina en una cara llena de espuma y un gringo dice: “Perfect”. 

Situada en el Centro Histórico, se reconvierte en el punto de encuentro de las tertulias más inverosímiles de Cartagena. NATALIA PÉREZ - EL UNIVERSAL

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