El ‘mono’ ha ganado, pero eso no parece extrañarle a nadie. La mitad de las dos barajas está aún desperdigada sobre la mesa. Los diamantes, las picas, los tréboles y los corazones están agrupados caprichosamente. El mono se apura a guardar el billete de cinco mil pesos en el bolsillo derecho de su pantalón desteñido. El ‘calvo’ sonríe y con la voz maliciosa de quien sabe que no encontrará eco, dice que el mono le debe mil pesos y que va a utilizarlos en la siguiente ronda de apuestas.
—Déjate de esa vaina—dice el mono sin encontrar resistencia.
Alrededor de la pequeña mesa verde, que no mide más de 60 centímetros de altura, están sentados estos dos hombres y Rafael Peña, quien hace las veces de celador y cuidador de carros en este pasaje contiguo al Parque de Las Flores, que todos conocen como el Andén del Citibank, en pleno corazón del Centro.
Muy cerca de los jugadores hay una carreta con frutas, negocios de venta de jugos y de vez en cuando la brisa trae olor a tallo recién cortado, a hojas, a lirio y a la humedad que rezuma en las paredes aledañas.
Como en todo juego hay espectadores viendo las jugadas de pie. Esperan su turno para entrar a jugar.
Son las 10 de la mañana. El mono es el dueño de la mesa. No es rubio por defecto, viste camiseta negra y debe promediar los 60 años. Tiene una voz gastada como de haber gritado o fumado mucho durante su vida. Quizá ambas cosas.
—Tienes que tirar buen canalete— le dice el mono al calvo, mientras organiza en su mano izquierda una escalera de pintas iguales.
—De pronto se le puede dar vuelta al partido—dice el calvo, cachucha roja, de aspecto montaraz pero simpático—¡Errrrda, le entró mosca al quaker, vale!.
Cada partido de ‘SuperAsno’ o ‘Yuca’ es distinto tanto en sus comentarios afilados y jocosos como en las reglas que básicamente consisten en deshacerse pronto de las cartas que no sirven para formar escaleras.
Dicho de otra manera: se agrupan aleatoriamente, al principio, tratando de joder al otro. Al final de la ronda se cuentan como si fueran puntos. Como en casi todos los casos, se aprende mejor jugando que leyendo una descripción.
La mamadera de gallo, en la mesa y fuera de ella, parece estar en piloto automático.
***
Se dicen juegos de mesa porque funcionan o tienen una como soporte. Necesitan de destreza deductiva, de capacidad de racionamiento táctico o estratégico, o simplemente de memoria y coordinación para capotear el azar. Son pasatiempos, en definitiva.
Todos tenemos un juego favorito y la arqueología ha encontrado yacimientos, cerca de la ciudad turca de Siirt, de piezas de juego que tienen unos 5000 años de antigüedad.
En Cartagena, para no ir tan lejos en el tiempo ni en el espacio, estos divertimentos pululan en las esquinas del Centro Histórico, los barrios, los parques, las universidades e incluso las grises oficinas. Los hay de dados, de fichas, de tableros, de cartas, de guerra y de rol.
Y así como hay todo tipo de juegos, también son disímiles sus jugadores. Los hay buenos y malos perdedores, hay ganadores insufribles, perdedores de tiempo completo, temerarios en las apuestas, conflictivos, optimistas sin remedio, campeones insatisfechos, o simplemente ludópatas, es decir, aquellos que por una urgencia psicológicamente incontrolable se ven obligados a jugar de forma persistente y obsesiva con todo lo que ello implica. El viejo cuento: todo en exceso es malo.
En una de las esquinas de la Plaza de Bolívar se reúnen a jugar ajedrez cuando el sol mengua y muere la tarde. Allí muchos jubilados y oficinistas se reencuentran casi todos los días.
También se juega dominó y damas chinas en el Parque Fernández de Madrid, en las calles de Getsemaní, el barrio más cosmopolita del momento en la ciudad. En la Plaza de La Trinidad, ancianos enseñan a sus nietos, niños enseñan a sus padres, extranjeros se acostumbran a los rigores del Caribe entre las fichas de un parqués.
***
Toda la vida de Rafael Peña, 60 años, gira alrededor de la mesa verde de juegos y de sus siete perros que conviven armoniosa y solidariamente con él, que duermen en cajas que él mismo ha amoblado. Estas camas para canes parecen parte del decorado improvisado del “salón” de juegos del Parque de Las Flores, pero es más un acto de activismo animal.
“Le dicen el ‘Tico’, el cabeza blanca”, me dice el mono, un desconocido que, como Rafael, se gana la vida jugando con quien quiera cada mañana y cada tarde. Se alternan el cuidado de la mesa.
—¿No se toman unas cervezas mientras juegan?—pregunto.
—Sí, a veces sí. Aquí venden ‘frías’ y se pasa un rato chévere—dice el mono, señalando a Rafael con su dedo índice, pues es él quien las vende.
—¡Mierda!, otro que entra—dice el calvo, refiriéndose a una carta de más—.Estoy bien enyuca’o, vale.
El mono era librero, también tenía un puesto en el Parque de las Flores que alquilaba de vez en cuando, pero ahora se rebusca en el día con el juego. Adivina las jugadas de sus oponentes, no cae en triquiñuelas y todos los paseantes le hacen algún comentario. Le buscan el lado, le sacan una sonrisa a la fuerza. El mono parece muy serio, pero realmente es su “cara de póquer”.
—Aquí vienen contadores y periodistas—me dice el ‘Tico’, quien en un día bueno de juego puede hacerse lo del almuerzo y la cena—. Saúl Caballero (un antiguo locutor cartagenero) se sentaba a jugar acá.
Pero el juego no es exclusivo de hombres mayores. Vienen estudiantes de la Universidad de Cartagena. Media ciudad confluye, todos en busca del entretenimiento que los saque de la monotonía, que los saque de su casa.
—Todo el mundo viene a pasarla—dice el calvo—. Se sientan un rato. A veces jugamos dominó y rancón, nos divertimos sanamente.
—¿Y en qué otros lugares se juega?—pregunto.
—Aquí en el Centro, casi todos los días. En la Orquídea, la ostrería. Allí más adelante en donde vendían manzanas, así se le conoce. También cerca del Banco Popular, juegan en esas bancas, pero en la noche. Juegan dominó y dado corrido. Pero allá juega pura gente rara—dice Rafael Peña, residente del barrio El Nazareno, quien más tiempo pasa al frente de la mesa de juegos, a veces todo el día y toda la noche—. Aquí de una discusión no pasamos. Usted sabe que en todo el juego se discute y aquí de un insulto no pasamos.
Epílogo canino
Los siete perros son suyos, aunque sean de la calle. Le pertenecen y él les pertenece a ellos porque los cuida cariñosamente. “Aparentemente no se mueven de aquí”, dice Rafael Peña, admitiendo que “desde pela’ito” tiene ese “hobbie”. Los tiene “bien tenidos”. Los canes tienen al día sus vacunas, están limpios.
Rafael alza un pedazo de caja y me muestra los medicamentos, vinagre para las garrapatas, jabón detergente, crema anti-sarna, champú y una bolsa con comida para perros.
—Yo peleaba con mi mamá porque hace unos 50 años que cuido perros, tuve a Toby, tuve al Tino un pastor alemán, tuve un lobo siberiano, tengo un pitbull y estos criollitos—dice este padre de cinco hijos, mientras señala una perrita negra, manchada en su cola gris, tendida en el asfalto.
De los siete hay un solo macho. La más pequeña tiene dos meses de nacida. “Ya está desparasitada, por si alguien quiere venir a adoptarla”. Lo único y lo que siempre hace falta es el alimento.
El juego es, como mucho, una metáfora de la vida. No todo es ganar o perder, a veces se trata de jugar por jugar, pero siempre se apuesta algo. Rafael lo sabe, combina su pasión por el juego con el cuidado de animales, que no es otra cosa que dar sentido a la vida a través del acto simple y generoso de dar.
—¿Y hasta cuándo piensas estar en lo mismo?
—Tan pronto encuentre dónde tenerlos, yo me abro de acá—dice el ‘Tico’.
—¿Y para dónde te irás?
—Para mi casa, pero eso será hasta la muerte, los perros mueren conmigo.
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