Todo empieza con un hilo. Lo que hace es conversar todo el tiempo con el oro. Olga de Amaral (Bogotá, 1932), exhibe su serie de tapices: “Presencias en el Museo de Arte Moderno de Cartagena, y es la artista invitada del Cartagena Festival Internacional de Música.
La imagen del festival es una obra suya que nos muestra los matices de luz en el tiempo, como una urdimbre de color entre dos orillas: Europa y América. La ilusión de El Dorado en la mirada de los conquistadores.
Si todo empieza con un hilo, ¿en qué instante piensa en el resplandor dorado?
-Todo el tiempo estoy conversando con el dorado. Reivindico la pasión de quien teje y habita en los colores. Empiezo con un hilo y a partir de allí construyo el camino de la obra, preparo los elementos. Es un proceso complejo, largo, único. Irrepetible aún para mí.
El color dorado nos remite a lo sagrado. ¿Cómo es su influencia con lo precolombino?
-El color siempre ha invadido mi pensamiento. El color me atrajo cuando empecé a estudiar tejidos en Estados Unidos, y supe que aquello era una revelación para mi vida. Pienso en colores y así se lo he transmitido a mis hijos.
El arte precolombino me sedujo siempre, y el encuentro con el arte religioso en las iglesias, fue estimulante. Más allá de provenir de una familia católica, me gusta el sentido artístico del color dorado en las culturas diversas.
¿Cuándo descubrió su vocación artística?
Una vez visité a una consagrada ceramista en Londres: Lucy Reed, y me impresionó ver dentro de todas sus obras, una que estaba remendada, que tenía una grieta, y me explicó que seguía una experiencia japonesa que es muy tradicional, la de remendar con oro una obra que se ha quebrado. Esa filosofía de resiliencia la aplican a la vida y al arte. Se quebró algo pero al restaurarlo con hilos de oro, se vuelve más poderosa porque es una pieza amada. Yo quedé tan impactada con aquella ceramista, que compré una hojilla de oro y empecé a trabajar. Y aún no paro.
Hábleme de sus padres. ¿Qué hay de ellos en usted?
-Nací en Bogotá, pero provengo de familia antioqueña. Mi madre Carolina Vélez de Ceballos le encantaban las artesanías de los campesinos, los colores, y la poesía.Mi padre Juan de Dios Ceballos era ingeniero, con una tenacidad, pulcritud, integridad. Impulsó muchas obras industriales en Antioquia. Las matemáticas fueron esenciales en la vida de mi padre, al igual que dos de mis hermanos. Nunca se opusieron a las vocaciones elegidas en la familia, por el contrario, nos apoyaban en nuestras decisiones. Alcanzaron a ver algo de mi trabajo artístico.
Veo círculos y halos en su obra, resplandores. ¿Cómo construye su obra?
-Hay círculos y espirales. Utilizo fibras, gesso, acrílicos, pan de oro, lino y también oro. No pinto sobre telas. Del hilo surge todo y se sostiene como un solo cuerpo. Tengo medio siglo de estar haciendo esto. Ahora he sido invitada a una retrospectiva de mi obra en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro en 2017.
¿Qué significa para usted que su obra conmueva al mundo?
- Desde que empecé la obra cautivó a los espectadores y el círculo crece en el mundo: en Europa, Estados Unidos y América Latina. Lo siento como algo natural. Cada obra es un desafío y una epifanía. Y una epifanía es una revelación, una experiencia irrepetible que solo ocurre una sola vez.Un resplandor perpetuo
Desde aquel instante en que descubrió la cerámica quebrada, Olga de Amaral no ha cesado de crear sin descanso, una obra que no se agota en el esplendor de sus dorados, azules y rojos. La sutileza del dorado sobre el rojo suscita la sensualidad de las formas. La intensidad de los círculos dorados estremece a los espectadores. Su pasión ha sido descubrir, investigar, traducir los universos culturales precolombinos y dialogar con el arte que se produce en los cinco puntos cardinales del planeta.
Epílogo
Estos tapices luminosos en los que parece brillar un sol remoto sobre los campos de los indígenas, esplenden en las diez yemas de sus dedos.
Basta mirarla derramar colores sobre los hilos, buscar un poco de luz en medio de la sombra, para saber que estamos ante una de las grandes artistas de Colombia.Alguien se le acerca y le pide fotografiarla junto a una de sus obras, desde su celular. Ella dice: “Estoy por encima del bien y del mal”. Me responde en susurros: “Eso quiere decir que dejo todo lo que no tiene valor y elijo lo que verdaderamente importa”.
La serie de tapices de Olga de Amaral que se exhibe en el Museo de Arte Moderno de Cartagena, traduce los dos mundos de Europa y América: el extrañamiento del europeo y la cultura indígena.
La artista colombiana Olga de Amaral confiesa que hay mucha poesía en sus abstracciones doradas. Un arte que lo lleva a una simbología llena de sugerencias oníricas. Tiene medio siglo de estar creando y su pasión no se agota.


