El sueño de este hombre es ser embajador de Colombia en África. Sí señores, allá, del otro lado del charco. Su motivación: es activista de los derechos humanos, especialmente de las comunidades negras palenqueras y raizales. Y me lo prometió el pasado 25 de abril: “Voy a ser embajador en un país de África, ve que te lo digo hoy”.
Edwin Salcedo Vásquez es un cartagenero nacido en el barrio Alcibia. Es negro, corpulento y de barba tupida, dice entre risas que la barba le esconde algunos años... quizá tiene razón.
Ha hecho tanto durante su vida que asegura que no le alcanzaría el tiempo para contar todas las anécdotas. Relata su vida sin entrar mucho detalles, y por más “batería” que le meta para agilizar su relato, no tarda menos de un par de horas contando, como si lo reviviera, una cosa y otra.
Estudió en Comfenalco desde primero de primaria, cuando se graduó a los 17 años se dio cuenta de que si se preparaba fuera de la ciudad tendría mayores oportunidades al regresar. Se le ocurrió irse del país y le puso los pelos de punta a su mamá cuando le dijo que quería irse a estudiar en Europa… “¡Cómo se te ocurre que te voy a dejar ir tan lejos!... tú no vas para allá”… Negociando con su familia se fue a estudiar a México, a fin de cuentas estaba más cerca de casa y allá vivía una hermana.
Su estadía en México se convirtió en un paseo, era la primera vez que salía del país, la comida, la estructura del DF, la cultura, la música... todo era nuevo para Edwin. Estudió ingeniería biomédica, pero después de tres meses se dio cuenta de que “no daba pie con bola”, definitivamente no era lo suyo. Ese país fue un experimento, incluso con los desastres naturales, porque vivió nada más y nada menos que el terremoto de 1985. Ahí supo lo que era remover escombros para rescatar gente.
En diciembre cuando Edwin regresó a pasar vacaciones decidió quedarse y entró a estudiar arquitectura en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, cursó cuatro semestres pero nuevamente sintió que no era lo suyo, no era feliz estudiando eso… no había encontrado su vocación. Un día vio una exposición de publicidad en un viaje a Bogotá con el equipo de baloncesto de la universidad, y todo eso que estaba ahí le pareció “una nota”, así que habló con el decano y pidió traslado para estudiar publicidad en “la nevera”, donde quedaba la mejor facultad de publicidad en esa época.
A los 22 años, faltándole un semestre para graduarse, decidió irse para Estados Unidos a perfeccionar el inglés y conocer el país al que todos deseaban ir. Ese fue otro escándalo para su mamá… “oye, pero tú estás loco, ¿cómo te vas a ir para allá? No tienes plata”, y él le respondió: “si los gringos pueden venir de mochileros aquí, yo también puedo irme de mochilero para allá”. No le importó lo que le dijeron, juntó todos sus ahorros y se fue de mochilero para Miami.
En Miami, una amiga le regaló un tiquete para ir a Boston, estando allá llamó a otra amiga que vivía en la frontera de Canadá y tomó un bus… allá llegó Edwin... le dieron posada en la casa de su amiga, una semana después, cuando estuvo a punto de regresar a Colombia, el papá de esta mujer le propuso quedarse para hacer un curso, pero Edwin tenía los dólares contados para regresar, sin embargo lo ayudaron a hacer dos cursos: diseño de arte digital y cine. Pero como todo no es color de rosa, le tocó trabajar en dos cosas que jamás se imaginó que le tocaría: Reconstruir una casa victoriana y cuidar niños por horas, fuera de eso, estudiaba en las noches. Así vivió durante un año.
Volvió a Colombia y en Bogotá encontró trabajo en la empresa ‘Video digital del mañana’, allí recuerda que era “todero”: cargaba cables y era asistente de cámara. Su jefe estaba entusiasmado porque ese jovencito sabía de animación y diseño digital. “Saber eso en aquella época era lo más sexy del mundo”, dice entre risas.
Trabajó también para una distribuidora de películas. Para él fue la mejor labor del mundo, porque se considera cineasta, no concibe la vida sin el cine y diariamente se tiene que ver una película o dos por semana, si está lleno de trabajo.
Luego se vino para Cartagena y trabajaba haciendo traducciones de las noticias internacionales, también trabajó en Bogotá en la agencia de Paola Turbay y de su esposo.
Estuvo al frente de diferentes cargos en agencias, diseñó un comercial para una campaña presidencial, se fue a Chicago a trabajar en una agencia dirigida a la comunidad Afroamericana.
Regresó a Colombia y montó su agencia de publicidad, manejó la publicidad de una aerolínea de carga, de varias constructoras y cientos de empresas… pero quebró y decidió no ser publicista.
Estudió mercadeo social, gerencia y manejo de proyectos, es especialista en desarrollo y cursó una maestría en democracias actuales. Se convirtió en asesor de políticos y creó la red afro donde se hicieron las primeras denuncias por discriminación, algo sin precedentes en la ciudad. En el año 2005 se dio la primera tutela por discriminación en Colombia, impulsada por esta red que él lideraba y a partir de allí surgieron todos los casos que hemos conocido hasta hoy.
Aspiró a la circunscripción especial para las comunidades negras pero los dos mil votos no le alcanzaron para ocupar el lugar, dice que menos mal no quedó porque en Colombia la política es muy perversa. Se considera honesto y afirma que sería incapaz de hacerle “mandados” a los políticos sin preguntar para qué y para quién va dirigido.
Hubo un momento de su vida donde estaba muy necesitado de dinero o como dice “la vaina se le puso delgadita”, se abrió una convocatoria para trabajar con la embajada de Estados Unidos y aplicó. En una entrevista le dieron 45 minutos para responder una pregunta, si le iba bien, se quedaba con el puesto… la pregunta era: ¿Qué cree que se puede hacer desde el gobierno de Estados Unidos para apoyar el desarrollo de las comunidades negras? “Vea, yo sentí que todo lo que había hecho era pa’ llegar ahí”, asegura Edwin. Eso era lo suyo. Se quedó con el puesto. Después de siete años y cientos de estrategias, planes y proyectos que había realizado, sentía que no le apasionaba.
Luego creó Pilas Colombia, que se mueve en dos líneas: un observatorio que trabaja en pro de las comunidades negras. Y la productora que hizo posible el rodaje de ‘Déjala Morir’ o, como se conoció popularmente, ‘La niña Emilia’, donde Edwin es director ejecutivo.
Se ha movido en muchos campos, ha hecho todo lo que le ha gustado pero definitivamente trabajar con las comunidades es su pasión y embajador de Colombia en África sería su próxima meta.
Su interés en las comunidades negras
Se considera un hombre muy observador. En Comfenalco conoció personas de todas los estratos socioeconómicos y razas, algunos compañeros eran estrato seis y otros estrato uno. Ese fue el primer encuentro que le despertó interés en las dinámicas de las estructuras sociales.
Estando en la Universidad Jorge Tadeo Lozano era de los pocos negros y habitantes del sur. Dice que sintió esas tensiones que se generan entre las clases y razas, asegura que “es algo que no se dice, pero se siente porque está latente”, contrario a lo que muchos pensaban, él no se lo imaginaba, ni se estaba volviendo loco. Estaba seguro de que era así.
En Bogotá se encontró solo con cinco negros en el campus, eran aquella cosa exótica, tenían muchos amigos que compartían con ellos pero estaban convencidos de que era por su color de piel. Sus amigos de la elite lo invitaban a cenar en sus casas y los miembros de la familia le conversaban mucho para saber más de él, ya que pocas personas negras habían tenido cercanía a ellos y ninguna se había sentado alguna vez en su mesa.
En la agencia dirigida a comunidades negras en la que trabajó en Estados Unidos, vio que a esta población la sociedad le daba un papel que debían desempeñar, donde dice cómo deben ser y dónde deben estar. Este fue el detonante para que considerara seriamente en trabajar en pro de la restitución de los derechos de las comunidades negras, palenqueras y raizales de Cartagena. Y por eso será embajador en algún país de África, vea que lo dice hoy.
Anécdota:
Un día, estando desempleado lo llamaron para una entrevista en Bogotá y cuando llegó a la dirección, la casa donde funcionaba la agencia, estaba llena de penes de todos los tamaños y había un pequeño baúl con un dedo… una locura, otra persona hubiese salido corriendo de ahí, pero Edwin se quedó y preguntó qué era todo eso. Correspondía a la filosofía de vida de Fernando Vásquez: “asuma su verga”, que es asumir la vida tal y como venga. Y el dedo era suyo, se lo amputó en un accidente y lo embalsamó para conservarlo.