Por: Javier Hernández Feris e Ivis Martínez P.
Javier:
Salimos a las 9:30 de la mañana de un jueves, yo llevaba pantaloneta y gafas de aviador negras, camiseta y gorra de visera plana gris, lo que usaría un extranjero, ¿no? No sé, fue lo mejor que se me ocurrió y, a decir verdad, no me arrepiento, la mayoría de la gente que nos cruzamos se comió el cuento.
Ese día el sol parecía tener más rabia que nunca, porque de no ser por las gafas y la gorra, el resplandor me habría cegado y hubiera quedado más tostado de lo que quedé.
Pero bueno, la playa, de eso es lo que quieren leer, ¿cierto? De lo sucia y descuidada que está; llena de turistas y vendedores que no te dejan respirar… pues no les contaré nada así, todo lo contrario, mala suerte amigos, ¿o buena?
La playa de Castillogrande a la que fuimos estaba vacía, la arena brillaba y no por latas ni tapas —porque no había ninguna—, sino por el sol. Brillaba tanto que aun estando las tres horas que pasamos allí bajo la sombra de una carpa, terminé quemado.
No se escuchaba música, ni gritos, nada; solo las olas.
Empecé a sentirme realmente como un turista en otro país que no conocía, tal tranquilidad era rara para mí. Sí, durante las tres horas se nos acercaron casi dos docenas de vendedores ofreciéndonos cosas pero, la mayoría eran amables y se iban al decirles que no —no les decíamos nada más porque, supuestamente, ninguno de los dos sabía español—. Por cliché que suene, el tiempo voló entre tanto silencio y cuando quisimos ver ya era casi la una. Había que volver al periódico a escribir sobre todas ‘las cosas malas’ que no nos pasaron en nuestro día como extranjeros en la playa.
Antes de irnos sucedió algo raro. Una masajista, luego de que rechazamos “la pruebita” que nos daría gratis, se me quedó mirando y me dijo:
“Dios te ama, te ama mucho papa. Ámalo tú también, sírvele. El dinero se va y solo queda Él. Ámalo, que Él te ama a ti”.
No sé si se dio cuenta de que sabíamos español; si era costumbre decirles eso a los clientes que no querían sus servicios para convencerlos de que les dejara darles “la pruebita”, o si de verdad quería evangelizar a los turistas que veía en la playa, pero quedé desconcertado. Si hubo un momento en el que se me notara que entendía español, fue ese, porque mientras me hablaba del amor de Dios, se debió dar cuenta en mis ojos de que yo entendía lo que decía —al tiempo que yo tampoco entendía por qué me lo decía—. Pero está bien, supongo que ser sermoneado es mejor que recibir un masaje en los pies que uno no quiere. ¿Suerte que todo saliera bien? Quién sabe. Lo cierto es que nadie trató de aprovecharse de nuestra aparente extranjería, pero eso que se los cuente la compañera con la que fui, Ivis.
***
Ivis:
Vestidos como turistas y hablando en inglés, tomamos un taxi desde el Castillo San Felipe hasta las playas de Castillogrande. El taxista ha sido muy amable, incluso antes de llegar nos ha explicado con señas, trazando una línea horizontal a la altura de su ombligo, que estas playas son “llanitas”. Me dio mucha risa pero me contuve. Nos cobró lo justo: 10 mil pesos (no pedimos rebaja).
La temperatura hoy ronda los 38 grados. Es jueves, temporada baja, y hemos llegado a las tranquilas playas de Castillogrande.
Mi compañero Javier y yo nos hacemos pasar por visitantes que hablan muy poco español. Contamos con que nuestras facciones nos ayuden, él parece más europeo que latino, y yo tengo rasgos asiáticos (ni idea el por qué).
Nos quedamos bajo los árboles que rodean el lugar antes de pisar la arena. En eso un chico de unos 20 años se nos acerca mostrando un cartel con fotos de las islas cercanas.
Le decimos en inglés que queremos un lugar, una carpa. Las señalamos y entonces se queda callado y llama a un compañero, que sonriente nos acompaña.
Son las 10 de la mañana y apenas si se ven turistas en este día. Blancos edificios con modernos diseños escoltan este lugar y le dan un aire sofisticado. No hay basura en la arena... creo que es un punto positivo para la persona que quiera disfrutar de un realmente tranquilo día de playa. Se ven hermosas.
Empezamos a gastar
Nos sentamos. No hay bulla. Todo está tan tranquilo que sorprende. Miro a ‘Javi’ y pienso que se ve tan internacional que ‘mete mono’. Luego noto los zapatos de cuero que lleva con medias y pienso, “parece ‘cachacho’, Debió usar sandalias”. Apenas llegamos y ya su rostro está rojo tomate.
El señor de la carpa nos ha cobrado lo justo: 15 mil pesos. No habla nada de inglés, ni una sola palabra. Nos explica qué hay de almuerzo haciendo énfasis en la palabra “pescado”. Como ve que no le entendemos muy bien nos escribe los precios en la arena. Hay de 25, hay de 20. (De nuevo trato de aguantar la risa)
Parece muy amable.
“El almuerzo llega después de las 11”, comenta. Luego vuelve a escribir el 11 en la arena. Si yo de verdad no hablara nada de español, creería que hay otro plato de comida cuesta 11, ¿cierto? Podría pasar...
Javier y yo pasamos unas 3 horas en el lugar, conversando siempre en inglés. Pese a que las playas están algo solitarias, 19 vendedores ambulantes y 3 masajistas se nos acercan. También llega hasta nosotros un anciano que nos pide dinero.
Solo 2 vendedores al oírnos hablar otro idioma, nos ofrecen sus productos en un divertido inglés. El primero nos ofrece “col bir” (cold beer, cerveza fría).
- Oyster, nos dice el vendedor de ostras. (De nuevo casi nos gana la risa)
- No, thanks, respondemos al unísono.
- Esta es gratis, - espeta- y se la pone en la mano a mi amigo Javier.
- No, thanks. We dont’t like it, sorry.
Después de repetir la palabra no, como 5 veces, por fin se da por vencido.
Minutos después veo que se acerca la primera masajista, la que estaba esperando. Trae cara de no haber trabajado mucho este día, y un baldecito. (Por cierto, esta nota se pensó a raíz del altercado ocurrido la semana pasada, entre unos turistas y varios locales, debido a un masaje que les salió tan caro que hasta heridos y un encarcelado dejó)
- A la orden, masajes.
- No thanks, digo.
Con una sonrisa, la masajista hace caso omiso al ‘no’ y procede a tocarme.
Un rastro brillante de aceite queda en mi pantorrilla (personalmente no me gusta esa sensación) así que recojo mis extremidades para ocultarlas.
Se queda en silencio un largo rato mirándonos, a ver si cambiamos de opinión? (Esta es una incómoda táctica de todos ellos).
- Es un detalle, mi amor, venga. (Uf mija, por ese 'detalle' me puedes estar cobrando tu poco'e plata, pensé).
Con una sonrisa tajante digo, no, thanks’, así que la masajista no tiene más remedio que irse.
Con las otras dos mujeres no pasa lo mismo. Si bien tenemos que decirles 100 veces que no, no nos tocan de nuevo.
Compramos un “ice cream”, y el señor nos deja su carrito como seguro mientras cambia el billete. Hoy parece ser un día malo para algunos vendedores, pero realmente bueno para el que quiera descansar.
Vemos a lo lejos a una real turista asiática y a un hombre que sigue proponiéndole la visita a las Islas, hablando español. Wow! Es complicado venir a esta ciudad sin hablar aunque sea un poco de español.
(...)
Debemos decir, que nos regocijamos con el resultado de este experimento, pues más allá de los inescrupulosos que abusan de quienes visitan Cartagena, decenas de hombres y mujeres trabajadoras, salen cada mañana a explotar de la mejor manera el turismo en esta ciudad.
A ellos, gracias por su esfuerzo.
Te puede interesar: