Facetas

La luz detrás del gran Bernardo Caraballo

El 27 de noviembre de 2018 se cumplieron 54 años de la noche que un colombiano, Bernardo Caraballo, peleó por primera vez un título mundial de boxeo. Su esposa y guía, Zunilda Contrera, recuerda la fecha.

Compartir
LAURA ANAYA GARRIDO
07 DIC 2018 - 06:09 AM

Bernardo Caraballo, uno de los más grandes boxeadores de la historia de Colombia.

Bernardo Craaballo y Zunilda Contrera se casaron el 30 de abril de 1962.

Zunilda Contrera de Caraballo tiene 75 años.

El sombrero de Bernardo ahora está colgado en la pared.

Una de las hijas de Bernardo nos muestra la bata que él usó en algunas de sus peleas.

Bernardo Caraballo.

Fotos de los tiempos de gloria de Bernardo Caraballo.

Zunilda, sentada en su sala, usa la bata de leopardo que ella diseñó y cosió para que Bernardo usara en sus peleas. “Y a mí me quedó un pedazo de tela para una falda”, dice.//Fotos: Luis E. Herrán - El Universal.

Entras a la casa de Bernardo, el gran ‘Benny’ Caraballo, y lo primero que ves es una pared cubierta de menciones de honor. De medallas y recortes de periódicos, de ocho fotos que me parecen como mil, debe ser porque la pared es pequeña. Entras a la casa de ‘Benny’ y piensas que la gloria del primer boxeador colombiano que peleó un título mundial se ha vuelto un papel donde él mismo imprimió sus recuerdos. O no uno, sino muchos pedazos de papel, cubiertos por la capa fina del polvo que el tiempo, y los carros de la Calle La Paz, han arrojado a la casa 13 - 103 de Torices.

Esa, la Zunilda Contrera que se acerca lentamente, es la misma de las fotos. Es la que sale al lado de Bernardo, solo que ahora tiene 54 años más y una bendita artrosis que se ha ensañado con su pierna derecha y no la deja pisar firme. Le he pedido a ella que por favor me ayude a reconstruir la noche del 27 de noviembre de 1964, cuando los puños de Bernardo dividieron en dos la historia del boxeo en Colombia: él peleaba el título mundial en peso gallo contra Eder Jofre. Ella me insiste en que entre al cuarto antes, que entre, para que yo misma vea a Bernardo. Entro. “Él se cayó esta mañana -me dice-. Se iba a parar de la cama y se cayó. Ya no quiere usar el cuello ortopédico que le recetaron cuando se lesionó la cerviz hace como cinco años, porque le da mucho calor. Él médico le dijo que con el tiempo no iba a poder caminar, pero ya no quiere usarlo”.

“Los golpes como que están saliendo es ahora”, replica Bernardo, acostado en la cama. Ríe. Extiende su hinchada mano derecha. Dice Zunilda que ya lleva como dos meses con las manos y los pies hinchados.

“Hay un cuento que yo siempre recuerdo. Estábamos en Japón, en un restaurante, y vino corriendo un pelaíto así (señala con la mano la estatura), y me pasó el dedo por el brazo para ver si yo estaba tiznado... ¡Jamás había visto a un negro!”, y ríe a carcajadas. Le pregunto por la pelea contra Jofre y me responde: “Siempre me acuerdo de una vez, en Japón, un niñito se me acercó y me hizo así (pasa un dedo por su brazo), ¡nunca había visto un negro!”, otra vez ríe.

Zunilda y yo vamos a la sala. Bernardo duerme.

El 27 de noviembre

de 1964

Bernardo se levantó temprano. Desde el día anterior no comió nada, sino que se bebió un té y se acostó. En la mañana se levanta, se pone a jugar parqué con la niña, la de 3 años, tenía una báscula y se pesó... Dice: estoy bajito de peso, estamos bien. Cuando tenía una pelea, él no dejaba que nadie entrara al cuarto, apenas yo, porque decía que necesitaba estudiar la pelea. Tampoco dejaba que nadie le tocara la cabeza, porque pensaba que lo iban a rezar para salarlo, para que perdiera. Se untaba limón detrás de las orejas y la nuca, para espantar los rezos.

Cuando llegó al pesaje donde se pesaba Jofre, me dice que el pesó ciento ‘veintipico’ de libras... Y me dice: ¿Cómo así, si yo me acabo de pesar en la báscula mía? Ajá, Sócrates (entrenador), ¿y por qué? Y no vimos el pesaje... pero Sócrates (entrenador y mánager) decía que sí, que él estaba pesado y que tenía que rebajar. Lo llevaron al Cerro de Monserrate, subió. Lo cogieron en una camioneta y cerraron la camioneta para que sudara con un buzo, lo llevaron al baño Turco, lo rebajaron demasiado... Cuando él llegó al hotel, me dijo: “Zuni, yo voy a pelear para cumplirle a Colombia, pero no me siento bien, si digo que no voy a pelear, entonces dicen que es cobardía, pero no me siento bien”.

La pelea era a las ocho o nueve de la noche, y a él terminaron de hacerle todo eso a las cinco de la tarde. Estaba bien deshidratado. Me dijo que no me asustara, como yo estaba embarazada de cuatro meses, que no me asustara si veía alguna anomalía, pero iba a cumplirle a Colombia.

Él traumatizaba a sus oponentes, esa era su táctica para ganar. Les decía: “Te voy a matar, te voy a hacer esto y lo otro”, antes de subir al ring. Insultaba al boxeador porque sabía que el boxeador no puede pelear con rabia, porque si pelea con rabia... en cambio tiene que pelear pasivamente, tranquilo. Él provocaba al oponente, pero él peleaba tranquilo. Él sentía un golpe fuerte, y se reía. El boxeador creía que no le había dado duro, vamos a ver que estaba golpeado.

Él me llevaba siempre a las peleas porque yo analizaba al oponente, y le iba haciendo señas a Bernardo. Le mostraba la mandíbula, si bajaba la guardia. Le decía cuándo tenía que caminarle rápido, para acabarlo, o cuándo tenía que tirarse a las cuerdas.

Eso no sirvió con Jofre, porque a Bernardo no le rezaron, sino que le hicieron trampa.

Estaban pactados 15 rounds y en el séptimo, a los 2 minutos y 50 segundos, se cayó, porque no lo noquearon como dicen... si lo hubieran noqueado, él no hubiera reconocido cuando yo, en el séptimo round, que iba ganándole, se cae y yo le digo: “Párate, párate, que vamos ganando, ¡párate!”, y me hizo así, señas con los guantes, en las rodillas, que no podía pararse, que no tenía fuerzas para pararse. Y él recibió el conteo ahí. En el séptimo round iba ganando Bernardo Caraballo, pero no tuvo fuerzas para pararse.

Cuando bajó de la pelea, me dice: “¿Te sientes bien?”.

Yo le dije: “Sí, porque sé que ibas ganando, pero no tenías fuerzas para pararte. Yo estoy bien. ¿Y tú?”.

-Me siento frustrado, yo siento que Sócrates se vendió.

Después se perdió, no lo veía en el hotel y yo estaba desesperada. Vamos a ver que se había ido para Girardot, porque pasaba la gente molestándolo. Le cantaban: “Ya no canta el gallo como cantaba en su gallinero, porque ha llegado un gallo fino a cantarle primero”. Le cantaban que porque sé que de ese golpe no voy a levantarme... se fue para estar más tranquilo y me llamó para decirme que me fuera para Girardot.

¿Qué hubiera pasado si hubiera ganado?

-Uno no sabe lo que el destino le prepara a uno. Estoy acostumbrada a mi vida normal. Somos pobres, pero somos felices. Usted ve que llegan los hijos, los nietos, a atenderlo, a cargarlo... Somos felices así. Así somos felices.

***

Zunilda y Bernardo se casaron quince días después de ennoviarse. Por amor a ella, Bernardo dejó su caja de embolador y se convirtió en boxeador profesional, y un día antes del matrimonio, se dio puños con otro cristiano porque necesitaba conseguir los pesos que le faltaban para la fiesta o los anillos, qué se yo. Por amor a ella, una estudiante brillante, él ganó 84 peleas en toda su carrera, 37 de ellas por nocaut. Ella lo enseñó a leer y a firmar en las noches, para que no le ‘metieran cuento’ en los contratos. Por ella se retiró del deporte... “Él comenzó a decaer, perdió dos peleas y yo le dije: ‘Ven acá, vamos a sentarnos, vamos a hablar seriamente. Tú eres un boxeador de tanta fama, de tanta trayectoria, que no vas a ser trampolín de otros boxeadores que saben menos que tú. Eres es una reliquia del boxeo, así que retírate mejor”. Y se retiró. Consiguió un trabajo en la Terminal Portuaria, pero no quería ir. Y ella, a punta de regaños, lo subió hasta subirse al bus de Torices que lo llevaría a su nuevo trabajo, a su nueva vida lejos de los golpes.

Zunilda fue siempre la verdadera guía, la verdadera luz en el ring para ‘El Venado’ o ‘Benny’. Ahora, cuando a él ya no le alcanzan las fuerzas para levantarse de la cama, es ella quien está firme en la casa. La que lo atiende, le pone el abanico, lo cuida, lo ama. La que comanda la búsqueda de una silla de ruedas que Bernardo necesita para moverse mejor. La luz de Zunilda ha sido tan grande, que alcanza para alumbrar también afuera del cuadrilátero.

Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News
Publicidad