Mateo Blanco viaja por el mundo buscando rarezas para la Fundación Ripley. Es un artista norteamericano, de padres colombianos, de quien tuve noticias cuando estuvo de paso por Cartagena en una de sus misiones de la fundación. Al escucharlo, la magia de la vida nos lleva a estar en el mismo tiempo compartiendo con alguien sin conocernos y sin tropezarnos.
Hace mucho tiempo vino a Cartagena a encontrarse con su amiga, la pintora Débora Arango, que era una leyenda viviente y, más allá de su muerte, una artista que forma parte de la historia del arte colombiano. Un día me llamaron para invitarme a encontrarme con ella, que tenía un apartamento en Cartagena.
Por aquellos lejanos años, Mateo Blanco era uno de sus alumnos y estuvimos en el mismo lugar sin vernos jamás, convocados por el imán de Débora Arango. Lo interesante de todo es que, desde niño, junto a mi padre, coleccionaba la sección Aunque usted no lo crea, de Robert Ripley. Todo lo anterior para decir que Mateo Blanco es, además de pintor, cantante lírico, un gestor vinculado a la Fundación Ripley con quien iniciamos esta conversación.
¿Cómo influyeron en su sensibilidad artística el ambiente familiar y su infancia?
-Desde niño sentí una inmensa admiración hacia las artes en general. Soy de padres colombianos. Nací en los Estados Unidos. Mi madre una gran artista, bailarina de nado sincronizado, gran lectora de historia y coleccionista de arte. Mi abuela, una soprano de la época. Todo esto hizo que ellos se unieran para animarme en mi vocación de artista. Soy consciente de la importancia que es desarrollar el talento y tener un núcleo familiar sensible. Mis padres eran felices de que yo creciera en ese ambiente y se convirtieron en mis más entusiastas cómplices. El arte no es nada fácil. Es muy competitivo.
¿Cuándo inicia el cultivo de su arte?
-Al paso de unos años, descubrí que podía cantar y educar mi voz para llegar a la escena. Me encantaba crear e imaginar obras con elementos muy diferentes a los convencionales, en los que encontraba un gran impacto y estética. Estudié la hermosa voz de mi abuela, un ser con una belleza fascinante e inspiradora para todos. Me animé a educar mi voz, alcanzando a la escala de tenor. Paralelo a esto, descubrí la pintura. Tanto mi madre como mi abuela pintaban y creaban collages como flores disecadas y con elementos reciclables. Esta experiencia familiar me llevó a crear obras con elementos similares.
¿Cuándo tuvo noticias de la Fundación Robert Ripley?
-En mi casa siempre tenía los libros de Ripley. Me gustó el libro Believe it or not (Aunque usted no lo crea). En el 2011, viviendo en Canadá, conocí a Edward Meyer, quien fue y es un gran amigo. Él lleva cuatro décadas, coleccionando objetos y obras de arte. Fue entonces cuando tuve el privilegio de conocer de cerca lo que era la Fundación Robert Ripley.
¿Qué objetos de su casa han embrujado su memoria de niño, joven y adulto?
-Mi madre posee un brazalete en diamantes y platino absolutamente impresionante, regalo de mi padre. Este perteneció a Evita Perón, es una obra de arte, no he visto algo más hermoso en joyería y, además, la importancia histórica del mismo. Otro objeto que me ha impresionado es la Corona de los Andes de Popayán, con 443 esmeraldas.
¿Cómo es el proceso de descubrir y verificar objetos que pertenecieron a personajes célebres para adquirirlos para la colección de la Fundación Ripley?
-Para el comité de adquisiciones de objetos, presidido por sus fundadores, es muy importante conocer la historia de personajes destacados a través de los acontecimientos vividos por estas personas. Ellos deciden algún objeto que haya sido destacado en sus vidas para que después el museo cause más interés en ir a verlo y reconocerlo.
Ripley cuenta con cientos de correos que llegan con historias increíbles sobre objetos que podrían ser considerados de interés. Es un proceso largo y estricto. Son 33 museos de Ripley en el mundo. En cada uno de ellos se exponen objetos diversos y poco a poco se han ido incorporando las artes plásticas. He asesorado como artista a la Fundación Ripley en la búsqueda y adquisición de objetos de interés para su colección.
¿Cómo adquirieron el vestido de Marilyn Monroe para la fundación?
-Es una historia interesante. El vestido de Marilyn Monroe, que ella se puso el día del cumpleaños de J. F. Kennedy, cuando le cantó en la Casa Blanca, lo adquirió la Fundación Ripley por 5 millones de dólares. Es el vestido más costoso comprado en subasta en la historia. Y es un récord Guinness. Con la misma tela y cristales, hice un retrato de Marilyn Monroe, con miles de cristales, y se exhibe en un museo de Kuala Lumpur, en Malasia.
Cuéntenos sobre su arte, ¿cuáles son sus mayores obsesiones estéticas?
-Tengo el privilegio de que la Fundación Ripley ha sido admiradora de mi obra. En su colección cuentan con 20 de mis obras, lo que me hace sentir muy honrado. En el museo Ripley, en Slugger, ciudad de Louisville, Kentucky, se exhibe mi retrato de Jennifer Lawrence, en 2016, convirtiéndose en la obra más visitada de los Estados Unidos en ese año.
Me gusta crear obras que causen asombro entre los espectadores. No soy artista que produce series. Busco crear una obra con lo que yo me sienta satisfecho y que genere un gran impacto en el público. He trabajado con dedicación obras como la Princesa Leia, El árbol de Navidad, Retrato de Dolly Parton, Retrato de Jeniffer Lawrence, entre otras. Quise rendirle un homenaje a Madonna y logré hacerlo en cuatro colores. Mi última creación fue la Bandera 4 de julio 2020, homenaje a los Estados Unidos, forjada con los retazos de algunas de mis prendas favoritas que tenían gran significado a lo largo del tiempo y logré reflejar mis sentimientos en este momento especial.
¿Qué papel cree que cumple el arte en estos momentos que vive la humanidad bajo una pandemia?
-Es un momento complicado para el mundo. Afortunadamente soy una persona muy positiva y muy alegre, veo lo difícil, pero por encima de todo hay que ver lo bueno que llegará después. El arte en estos momentos nos acerca más. Es el escenario propicio para llenarse de más energía y acercarse más a la imaginación de los creadores.
¿Cómo es un día en la vida de Mateo Blanco, antes y después del confinamiento?
-Mi vida transcurre como el de cualquier persona, todo lo que veo tiene un sentido. Muchas veces llego a imaginar cómo podría crear desde mi arte un mundo fascinante para todos. El estar en casa ha permitido que encuentre el encanto que tiene la misma y lo maravilloso que vivo en ella. Creo que es una oportunidad para valorar que podemos recogernos y disfrutar.
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Me dice que desde niño venía en vacaciones a Cartagena, encantado al escuchar las historias de la ciudad antigua. Cuando era un adolescente tuvo el privilegio de conocer a la gran Débora Arango. Ser su amigo y alumno. Aprendió grandes lecciones de arte con ella: “En la vida hay que luchar por los sueños y hacer lo a uno más le gusta”, le dijo a Mateo.
“En mi último viaje a Colombia tuve el privilegio de visitar una gran colección de arte colombiano. Me impactó encontrar una colección tan bien curada con obras maravillosas. Cada una tan especial que aún recuerdo hasta cómo estaban de bien colgadas. Realmente fue maravilloso llegar a visitar la colección de Francia Escobar”.
Las obras del artista Mateo Blanco están en los mejores museos de Estados Unidos, en galerías, museos y parques de Disney, como esa escultura en cabuya inspirada en la Princesa Leia que reposa en el Museo de Arte de Boca Raton, Florida.
Fue su voz de tenor y su disciplina espartana con la que abrió otras puertas, como aquel día en que fue invitado a cantar en el cumpleaños del presidente norteamericano George H. W. Bush, en la Casa Blanca. Todos los años, desde ese día hasta su muerte, el presidente no dejó de enviarle una tarjeta de Navidad.
Mateo Blanco es un ser de una felicidad irracional que celebra su cumpleaños con el pastel que él mismo hace y comparte con sus invitados. Algo de esa felicidad está en todo lo que hace y sueña.