No se trataba de una alucinación, ni tampoco estaba frente a una pantalla de cine, pero sus ojos le mostraban la realidad con un efecto de película: había cientos de personas a su alrededor ovacionándola, brazos levantados, manos que aplaudían, rostros sonrientes, bocas que gritaban su nombre... y todo lo veía y escuchaba en ‘cámara lenta’. Así fue por varios segundos hasta que una de las compañeras de este gran momento se le tiró encima para abrazarla; entonces despertó de ese filtro y entendió que lo había conseguido, y supo que esa sensación extraña era una de las tantas manifestaciones de ese tal ‘shock’ del que hablan las personas cuando se sienten impactadas por algo.
Mientras todos la proclamaban haciendo retumbar la Plaza de Toros, ella estaba ahí de pie, con su 1.75 de estatura, 55 kilos, ojos brillosos y la sonrisa casi congelada, soportando una fiebre que rozaba los 38 grados y otros síntomas de resfriado. A varios kilómetros de distancia, su cómplice de aventura se perdía el espectacular momento sentado en la tasa de un baño prestado, víctima del manojo de nervios que se había apoderado de su cuerpo.
Era, aproximadamente, la 1:30 de la madrugada del 17 de noviembre de 2008 cuando Sindy Miranda Rodríguez, una chica tímida, de piel bronceada, criada entre La Paz y La Heroica, dos de los barrios del mal llamado y estereotipado extramuros de la ciudad, se erigía como la soberana número 60 de las Fiestas de Independencia de Cartagena de Indias. Era su sueño hecho realidad, y era también el sueño compartido con su alero, José Argel López, quien seis años atrás le había ‘sembrado’ en su cabeza la idea de que ella podía ser reina.

Sindy fue coronada como Reina de la Independencia en la Plaza de Toros.//Foto: Julio Castaño/ Archivo - El Universal.
VAMOS A LA GÉNESIS DE ESTAS MEMORIAS
La historia empieza ahí, en una peluquería de estrato medio de uno de los centros comerciales del Centro Histórico donde José era compañero de trabajo de una de las hermanas de Sindy. En su oficio como manicurista, Viviana observaba el desfile de muchachas altas, morenas, con cabellos largos, cortos, rizados o lacios, que iban en busca de Argel para que las transformara en princesas, les alimentara el espíritu con halagos y las condujera a hacer realidad el anhelo de ser reinas.
Con mucha atención, ella le escuchaba dar consejos de maquillaje, peinado, y trucos de belleza como extensiones de cabello, pestañas postizas, laca y hielo para reafirmar la piel, y muchos otros recursos que había ido aprendiendo desde los 14 años cuando vio en ese mundo mágico que rodea al estilista la oportunidad de acercarse a la fantasía que para él representaba el Concurso Nacional de Belleza. Viviana lo escuchaba y pensaba en su hermana Sindy.
La primera mujer a la que Argel vio posarse una corona sobre su cabeza fue María Teresa Egurrola, Señorita Colombia 1988; a través de un televisor a blanco y negro que un vecino en San Pelayo, Córdoba, conectaba a la batería de un carro y lo instalaba en la terraza para que toda la gente del pueblo disfrutara de la innovación que era en ese momento aquella caja que encerraba voces, imágenes, movimientos y sentimientos.
“Era la primera vez que veía un televisor y era la primera vez que veía el Concurso Nacional de Belleza. Fue tan emocionante que me imaginé estar ahí, y nació en mí el deseo de algún día dejar mi pueblo y ser parte de ese evento que regalaba alegría a la gente”, cuenta José.
Para entonces era un pelao de 13 años, de pies polvorientos y el último de siete hermanos, hijo de madre soltera, labradora del campo y presta para dar consejos: “Aprende a volar como el Águila por encima de las tormentas”, le replicaba a sus seres queridos cada vez que los veía cabizbajo.
A los 14 años, por avatares de la vida una amiga ya unos años mayor que él, lo convidó para que la acompañara a un pueblo vecino donde ella iría a peluquear a los policías; allí la observó detalladamente y a su regreso a San Pelayo, una mañana que su mamá lo mandó a la tienda vislumbraría el inicio de su satisfactorio camino hacia la belleza.
Los dueños del negocio tenían una hija con deficiencias cognitivas, a la que nadie se atrevía a cortarle la larga melena rebelde; José escuchó cuando se preguntaban en voz alta a quién podrían buscar para esa tarea. Sin ninguna experiencia, tan solo las horas que invirtió en su pasa tiempo de niño de hacerle cortes de cabello a las muñecas que el “Niño Dios” le regalaba a sus hermanas y de fijarse cuidadosamente en el trabajo que su amiga había hecho con los uniformados, interrumpió eufórico a los señores y les dijo que él lo haría, que él dejaría bella a la adolescente... Y lo hizo.
En ese momento se ganó la fama de peluquero en el pueblo, oficio que alternó con las labores del campo hasta que le solicitaron liderar la comitiva de la candidata de San Pelayo al Reinado Regional Campesino. Entusiasmado propuso a Glecenia Humanez Hernández, una estudiante que cumplía con los requisitos: saber bailar y conocer del agro. Fue su “primer descubrimiento en reinas”, la muchacha regresó al pueblo con el virreinato, y él regresó gozando del respeto y admiración por su trabajo. Con Glecenia incursionó en el maquillaje.
Pasó un tiempo más hasta que su mamá enfermó y la acompañó durante seis tortuosos meses que terminaron en la muerte de la señora. Entonces, sin más nada que lo atara a su pueblo, voló, sin decirle a nadie, para Cartagena. A esta tierra heroica como sus anhelos llegó el 3 de diciembre de 1992 y al día siguiente ya estaba trabajando en la peluquería del club de suboficiales de la Armada Nacional.

La suerte le sonrío. Arribó con recomendaciones a la casa de un suboficial, esposo de la amiga de una amiga, de una amiga, que al enterarse de que era peluquero lo recomendó para reemplazar por 8 días a otra empleada; esa semana se convirtió en 10 años, en los que terminó administrando la peluquería de los marines.
Su oficio lo alternaba con un grupo de baile que participaba en las Fiestas de Independencia en las que hizo amistad con varios ‘descubridores de reinas’ que empezaron a llevarle candidatas para que las maquillara y las peinara. Las primeras en pasar por sus manos y coronarse reinas fueron Tivizay Zambrano (1994), Soledad García (1995), y muchas otras hasta llegar a los años de Yeimi Paola Vargas (2002), Debora Rodríguez (2004), Vanessa Pinto (2006) y por fin su gran y única reina a la que él llevó desde el principio a la corona, Sindy Miranda Rodríguez (2008).
Argel cumplió su fantasía del Concurso Nacional de Belleza en 1998 cuando Gladys Roa, una chaperona del certamen y clienta suya, lo recomendó para entrar en el grupo de maquilladores que Jolie de Vogue ponía al servicio de las candidatas. Por sorteo, ese año le correspondió asesorar a la Señorita Colombia, Silvia Fernanda Ortiz, y a la señorita Bolívar, Ángela María Núñez Duarte, y se hizo cercano a Marianella Maal Pacini, señorita Atlántico, que esa vez se ganó la corona y de quien recibió varios consejos de belleza.
“Ese año me sentí pequeñito entre tantos estilistas que habían allí afamados, pero vinieron los certámenes siguientes y cada uno fue una experiencia nueva, distinta, en la que iba afianzando lo aprendido e iba abriéndome paso, unos años como maquillador y otros como peluquero. Hasta el sol de hoy me he mantenido cercano al Concurso, han sido años en los que he conocido personas maravillosas, como Franklin Ramos, y personajes ilustres como Shakira y otros artistas participantes en la velada de coronación; a diseñadores deslumbrantes como Miguel De La Torre (asesinado en 2006) con quien hice una gran química de trabajo al punto que me hizo parte de un selecto grupo de estilistas que escogió para la preparación de Natalie Glebova (Canadá) a Miss Universo 2005, donde fue coronada como la mujer más bella del planeta. De las nacionales recuerdo mucho a Taliana Vargas y a Valery Domínguez por ser arrolladoras. Tengo mucha gente a la que agradecerle. En 26 años de experiencia calculo mal contadas unas 56 mujeres hermosas a las que he tenido la oportunidad de aportar en su gran sueño de ser reinas”, expresa.

Sindy Miranda hoy en día es diseñadora de modas y trabaja en el emprendimiento de su marca. Foto: Aroldo Mestre/El Universal
ATREVERSE A HACERLO REALIDAD
Deslumbrada por las historias de Argel en aquella peluquería del Centro Histórico y de ver encantadas a las muchachas que se confiaban en su talento, Viviana se atrevió un día a decirle que ella tenía una hermana de 15 años que también era alta y bonita, dos palabras a las que él sucumbe de inmediato. La respuesta fue instantánea: ¡tráela! Fue ‘amor a primera vista’, pero no amor del que conciben las parejas para unirse en matrimonio, sino de amigos, de cómplices, de aventureros.
“Fue verme y volverse loquito conmigo”; recuerda Sindy. “Primero me maquilló, me peinó de tal forma que cuando yo me vi en el espejo vi otra persona, casi no lo podía creer, era la primera vez que me veía así de linda; no sé de dónde pero buscó un vestido de baño y unos tacones y me llevó al baño del centro comercial para que me cambiara y ver qué tal tenía el cuerpo. Sus palabras fueron contundentes: ‘eres una reina’. Pero había que esperar que cumpliera los 18 años para inscribirme al concurso.
Llegó la mayoría de edad y José debió esperar tres años más hasta convencerme; en todos esos años se convirtió en un segundo padre, me recomendaba en desfiles, trabajé con él por un tiempo largo en un taller de costura a donde me llevó cuando le conté que desde niña me gustaba coser, que dañaba las cortinas de mi casa para hacerle ropa a las barbies y hasta blusas para mi mamá y para mí. Desde el primer momento nos hicimos fieles amigos. Ha estado en los momentos más importantes: en el Reinado de la Independencia, que lo cambió todo en mi vida, y en mi matrimonio con Robert (Useche)”, expresa Sindy con una amplia sonrisa.

Navia Tanus, primera princesa; Carolaing Barrios, virreina; Sindy Miranda, Reina de la Indepedencia 2008; Cindy Jiménez, segunda princesa, y Fabiola Muñoz, tercera princesa.//Foto: Archivo - El Universal.
Doce años después, Sindy recuerda su paso por las Fiestas de la Independencia como su momento dorado. Como muchas niñas, soñaba con lucir un vestido largo y llevar una corona, pero a la vez pensaba que eso no era para ella, lo veía como una meta inalcanzable, por eso ser la Reina de la Independencia fue más que ser elegida o reafirmada como una mujer bonita, fue demostrarse a sí misma que podía lograr lo que se propusiera.
“En mi primer desfile, que creo que fue en la Noche de Candelas, se me quería salir el corazón, por un momento al ver tanta gente me paralicé, pero recordé las clases de pasarela y traté de controlar los nervios”, dice.
Ella misma se cosió varios de los vestidos que lució y no siempre hubo una máquina para ayudarse. Cosía a mano, con una hilada tan fina que nadie podía notar que se trataba de un trabajo manual. “Desde que tengo uso de razón mis muñecas nunca sufrieron de encueres”. Con ellas jugó a ser lo que es hoy: una diseñadora de modas, egresada de la universidad Autónoma del Caribe. Su primera máquina se la regaló su papá a los 12 años, pero en el intento de aprender la dañó y su padre la guardó por dos años hasta que un día cualquiera se la arregló y la pudo usar de nuevo. Para entonces ya se había vuelto diestra con la aguja y el hilo.
Esa habilidad le permitió no repetir vestidos durante el certamen. Llegara a las 12, a la 1 o a las 2 de la madrugada a casa de su abuelo en La Heroica, el barrio que representó, cortaba la tela y hacía la prenda. Por las ojeras no se preocupaba, para eso tenía a José que era una cajita de sorpresas para realzar sus atributos. Hablando de eso recuerda que para el destape real en el Complejo Acuático, Argel le envolvió el torso en yeso por 24 horas para sacarle cintura, y le aconsejó una dieta ligera a la que ella desistió faltando muy poco para el evento. “Ya no aguantaba el hambre y le exigí que me diera de los frijoles que él mismo había cocinado para el almuerzo”. ¡Se ríe!
Son muchas las anécdotas y las enseñanzas que recuerda Sindy de ese concurso y del año de su reinado. Raymundo Angulo, presidente del Concurso Nacional de Belleza, la envió en representación de Cartagena al Reinado del Dividivi, en La Guajira, de donde vino como virreina, justo unos días antes de entregar la corona a Geraldine Álvarez (2009), y luego como Señorita Colombia a Miss Caraibes Hibiscus, en la isla francesa San Martín, en diciembre de ese mismo año, donde también obtuvo el virreinato.
“El Reinado de la Independencia no me lo gocé tanto como me hubiera gustado, me hacia falta confianza, me angustiaba mucho y hasta me enfermé en los últimos días, pero con la corona eso cambió, el cariño que la gente me brindó en la noche de coronación lo fue todo, el recibimiento de mis vecinos en el barrio y de la gente de San Vicente de Paúl, que también me colaboraron mucho, me transportaron a sueños más grandes. Ese momento feliz le trajo brillo a mi vida, los siguientes reinados los disfruté al máximo y me fijé la meta de superarme, ser profesional y crear empresa”, comenta. Y hoy por hoy lo ha logrado, sigue siendo hija, pero también es esposa, es madre, es experta en costura y sigue siendo reina.
Este 2020, debido a la pandemia, ha sido un año atípico para todos. Esta vez, en la semana de las fiestas no sonaron los tambores, tampoco hubo aspirantes a Reina de la Independencia, pero en el pueblo, en los corazones de las 71 majestades que han tenido estas festividades y en las memorias de los estilistas, de los bailadores y de miles de personajes que hacen posible que la tradición sobreviva en el tiempo está el encanto de los momentos vividos, ese motor de esperanza que alimenta el anhelo de un 2021 en el que vuelva el colorido, el jolgorio, los desfiles de carrozas, las comparsas... los ‘hacedores de reinas’ y las encumbradas soberanas.

