El humano perfeccionó maquiavélicamente el silenciador de sus armas, pero no ha podido crear un silenciador que le afine los oídos del alma. Buscó el silencio no para ascender sino para caer o destruir. El ser llenó la vida de ruidos oscuros, sucios y violentos. Se convirtió en el más ruidoso mamífero de la tierra y se alejó de ese extraordinario lujo cada vez inalcanzable en la sociedad humana contemporánea: el silencio, el bendito silencio que tanta falta hace bajo las estrellas.
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