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Limberto Tarriba, poemas de un pintor

En su caligrafía ya estaba el germen del poema. Limberto Tarriba lleva más de medio siglo en la poesía.

Limberto Tarriba, poemas de un pintor

Limberto Tarriba.//Foto: Cortesía.

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En medio siglo de pintura y más de medio centenar de exposiciones, todos los caminos que emprende el artista Limberto Tarriba (Santa Cruz de Mompox, 1954) desembocan en el río Magdalena, fuente de todas sus pinturas y emanación incesante de su poemario Metáfora del río (2014) y el poemario Elegías, sonetos y poemas de la existencia (2020), segmentado en tres partes: 3 Elegías, 8 Sonetos y Poemas de la existencia, que contiene El amor sostiene y Del desamor y otros pálpitos, que reúne poemas escritos entre 1999 a 2019. (Puede leer también: Limberto Tarriba, amores furtivos en pueblos sin luz)

Todo nos lleva a la certeza de que Limberto Tarriba escribe poemas cuando pinta y pinta poemas cuando escribe. La relación entre escritura y pintura son gemelas en su vida artística y es fácil comprobarlo al contemplar sus pinturas y descubrir los nombres elegidos para sus obras, que son, en verdad, versos sueltos que nutren los colores, las escenas poéticas de sus pinturas y las escenas pictóricas de sus poemas. Hay en sus poemas una herencia de sus lecturas de infancia y juventud, vueltas a leer con el deslumbramiento del niño y el muchacho, hay una fidelidad por la manera de titular los poemas del Siglo de Oro Español y someterse al rigor y a las bridas del soneto medido y rimado. En esto hay una paradoja: mientras el pintor desafía la levedad y la gravedad de sus criaturas y sus paisajes, permitiéndonos entrar en un universo mágico que puede tocarse con los dedos, donde las realidades oníricas ocurren en la realidad del que contempla en diversos planos donde todo levita y vuela, el poeta, por el contrario, se aferra a unas imágenes terrenales y cotidianas de su evocación de infancia al pie del río. El poemario tiene tres tonos distintos y temporales, desde las elegías iniciales de desencanto ante la agonía del río contaminado y amenazado por los desafueros humanos y sociales y por los conflictos de la violencia de más de sesenta años, ese río que arrastra su propia agonía se convierte, a su vez, en el retrato de un desencanto nacional ante el destino de una nación pervertida por sus guerras. Ese río heraclitiano es al mismo tiempo un río que resucita, como Ave Fénix, de su memoria infantil, con sus siritongos o caballitos del diablo tornasolados, es el mismo río encantado y mítico del mohán, el río de la iniciación amorosa y sexual, el río de la subienda de bocachicos, el río “con su collar de pescadores”, el río con sus luciérnagas iluminando la noche, el río del nacimiento, del amor y la despedida.

El amor es, como lo expresa el poeta en uno de sus versos: “Lo efímero vivido”. En el segundo soneto De lo vivido, hay una nostalgia por los días y las noches navegadas, por “la certeza y levedad que es el olvido y la plácida espera del final”. Hay un nuevo ingrediente en este soneto: la certeza de la muerte, con la inusitada paradoja de que la espera de ese final es “plácido”. No es tormentoso. Es inexorable y se asume como un episodio natural. En el tercer soneto, Del resignado, el poeta se lamenta del “desamparo de mi propia sombra” y de la búsqueda frustrada del amor: “tanto buscarte sin haberte hallado”, podría haberse escrito ese verso hace más de cuatro siglos y el tono del poeta tiene el encanto y la inocencia de un lenguaje remoto, y una belleza que podría parecer anacrónica, pero bebe de las fuentes de la poesía universal, en la que el amor, el desamor y la muerte, son unas de sus irradiaciones tutelares. El poeta declara su amor imposible escribiendo “responsos a la luna”, y sintiendo el desencanto resignado de que va a “morir sin ti, como empecé en la cuna”. En el cuarto soneto, Malabares del escribir, insiste en un ejercicio lúdico recurrente en muchos poetas de crear un soneto con el solo deseo de jugar a construir un soneto: “Jugar los dados con verbos y adjetivos, hacerle buen uso a los gerundios, que las tildes acentúen lo más profundo y alcancen buen nivel los sustantivos”. El quinto soneto, De las culpas padecidas, tiene un tono apocalíptico, está pintado en grises y plateados y oscuros: “Casi va al precipicio hasta la vida”, “el cuerpo recoge sus astillas”, el espíritu del poeta está sumergido en el desencanto de lo vivido. En el sexto soneto, Celebro estar vivo, hay un salto cualitativo y el poeta pinta con amarillos y naranjas el paisaje de su existencia: “Qué más puedo sentir dentro de este pecho, sino el pálpito grato de estar vivo”. En el séptimo soneto, Del espejo, el poeta se asoma a sí mismo para redescubrirse en su infancia, a “respirar su río siempre mimado”, a rescatar de la imagen impredecible del espejo, el olor del pizarrón de la escuela, la brisa acariciando el río, “el aroma frutal y seco del verano”. Y en el octavo soneto, reafirma la visión del espejo y su viaje a la semilla natal: Soneto del regreso, lo devuelve a la infancia en Santa Cruz de Mompox, y recorre en ese espejo del tiempo “la vieja infancia ya vivida, mientras el duende del espejo” lo devuelve al delgado y conmovido ser al que le han llovido hojas de otoño en el cabello. Los ocho sonetos pendulan entre el amor posible e imposible, el amor doloroso y tormentoso, la certeza de la finitud de la vida, y el regreso a la infancia a través de imágenes que fluyen en el río del tiempo. (Puede leer también: Carlos Vásquez-Zawadzki: pasión por escribir, más allá de la peste)

Hay en todos los poemas una alusión al cuerpo amado y a la certidumbre de la fugacidad de la maravilla que se esfuma en el tiempo. En Recordatorio hay un verso romántico inquietante del que se sabe finito y le habla a la amada más allá de intuirse muerto: “Recuérdame la hora en que me esperarás en la otra orilla”. El poeta le recuerda a la amante su “desnuda inocencia y sus siete sentidos”. En el segundo poema, Ven conmigo, el poeta que nombra el río se siente inmerso en su propio paisaje. Ya no contempla el río. Él es el río: “Ven a bañarte en esta orilla, de río manso y fresco, bajo la fronda salvaje de mi carne”. Pero los mitos que arrastra ese mismo río están contenidos en el amante: “Un mohán besará la vibrante desnudez de tu piel”. En el tercer poema, Para sentir la noche, el poeta siente que todo lo que toca la amada es el paisaje natural que lo conmueve: “Beso la tierra que bendicen tus pies”. La amada es la tierra, el río y la selva:

Para sentir la noche

apago mis cocuyos

en tus selvas ocultas,

bebo de tus ríos

en el cuenco de mis manos

y en tus mismas aguas

me hundo desnudo

inocente y jubiloso

En el cuarto poema, Para dormir feliz, sin duda, uno de los más logrados del libro, por su belleza transparente que fluye como una confesión a flor de agua, alcanza a decantar la paradoja de la ausencia convertida en presencia cotidiana en los aromas del día, el color de las flores y el canto temprano de los pájaros. Pero los versos finales crean una extraordinaria ambigüedad del ser ante el augurio de la belleza encantada de lo vivido como si fuera un sueño:

Para dormir feliz

para dormir feliz

me olvidaré de ti

para encontrarte mañana

en el canto del pájaro

en el aroma del café

en la frescura del baño

la miel del desayuno

el saludo de la flor

...y celebrarte mujer

como si nunca

hubieras existido

El quinto poema, Beso a terciopelo, recrea la metáfora de la sed de las tinajas en el cuerpo de una mujer en el río. La sed que tantea las tinajas. Las manos que buscan en la arcilla de la tinaja de la mujer, la otra sed de las orillas. El sexto poema, Ausencia, es la búsqueda de lo perdido en ese cuerpo evocado que es una ilusión, una señal difusa en el paisaje y en la memoria:

Viajo en sueños

tras la quimera de tu cuerpo.

Mañana, miraré de frente el sol

y enajenado

te buscaré por los caminos

Epílogo

El poemario de Limberto Tarriba será publicado en este 2021 en la serie editorial de Unibac. He leído con devoción estos poemas con la misma alegría con que he contemplado sus prodigiosas pinturas.

El artista cruza por distintos senderos y tiempos emocionales, entre la elegía, el augurio, la pasión, el desamor, la certidumbre de la muerte, y otra vez, como taruya que flota en el río con sus flores lilas, la voz del tiempo lo sumerge en el reino encantado de sus alfabetos de arcilla en aquella albarrada natal donde los preadolescentes de Santa Cruz, descubrían las estaciones de su cuerpo y moldeaban pubis de barro para amar a una sirena deseada e imaginada en tiempos de lluvia. El niño Limberto Tarriba otra vez llega a través de la memoria a dibujar sus poemas en el barro, a pintar sus emociones al pie del agua.

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