9 de abril: el día que se convirtió en pesadilla

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Al mediodía, en Cartagena de Indias, Clemente Manuel Zabala, el Jefe de Redacción de El Universal, sintió de repente un leve temblor del retrato de su amigo Jorge Eliécer Gaitán que tenía en su mesita de noche. Gaitán había venido a visitarlo en su más reciente viaje a Cartagena de Indias, en su habitación de solitario en el segundo piso del Hotel Monserrate de la Calle del Arzobispado. Eran amigos desde hacía casi veinte años. Zabala lo había acompañado en 1929 a un viaje para recoger testimonios de la Masacre de las Bananeras. El retrato en blanco y negro en el que se veía el rostro aindiado de Gaitán, se desplomó de la mesita de noche y Zabala lamentó aquel incidente inesperado en su habitación. No había terminado de recoger los vidrios diminutos con un periódico y de salvar el retrato agujereado por las esquirlas de vidrio, cuando recibió la llamada de su amigo Héctor Rojas Herazo para decirle: ¡Mataron a Gaitán!

Los que estaban haciendo la siesta se despertaron sobresaltados con la noticia del atentado contra Gaitán. La noticia empezó a conocerse a la 1 y 30 de la tarde, y sobrevino un aire tenso y de pánico en las calles de la ciudad amurallada. Media hora después, grupos dispersos de manifestantes salieron a las calles del centro amurallado vociferando consignas. La Infantería de Marina disolvió la protesta callejera. Pero el asunto no terminó allí. Un grupo de revoltosos intentó saquear el almacén Americano con machetes y hachas. Asomado al balcón de su casa de la calle del Cuartel, el niño Germán Espinosa, de diez años, contempló escenas que rememoraría medio siglo después.

“Vi pasar por la calle del Cuartel al caudillo liberal Ramón León y B. al frente de un grupo enardecido. Él era gran amigo de mi padre, y profería órdenes de quemar el vespertino conservador ‘El Fígaro’. Un rato después, desde la azotea de la casa, vimos arder las instalaciones del periódico, situadas exactamente detrás, en la calle de Don Sancho. Ese edificio permaneció ahí, en ruinas, hasta hace cuarenta años después del incendio. Eduardo Lemaitre, el propietario, debió comprar nuevos equipos y hallar nuevas instalaciones para persistir en la empresa periodística. El vespertino cambió de nombre por ‘El Pueblo’ en los años cincuenta, y creo que debió de aparecer hasta 1960”. Muy cerca de la casa de Germán Espinosa, el niño Jaime Carrasquilla, que tenía cinco años, estaba hipnotizado viendo cerca de su balcón cómo las llamas devoraban la casa de enfrente. Las noticias de Bogotá eran alarmantes. “El pueblo iracundo saqueaba lo que quedaba de los almacenes y en lo alto de los edificios se agazapaban los francotiradores que disparaban sobre la población inerme”, evoca Espinosa. El gobernador de Bolívar mudó de despacho a la Base Naval. Además del saqueo al ‘Diario de la Costa’ y la quema del vespertino ‘El Fígaro’, se destruyeron dos edificios. La Fuerza Naval salió de su base con máscaras y gases lacrimógenos.

A las cinco de la tarde, un grupo de infantes de marina llegó a la sede de El Universal con la orden de cerrarlo, mientras se controlaba la tensión en Cartagena. Domingo López Escauriaza, el director, le gritó al jefe de los infantes que nadie le cerraba su periódico. Días después, un tipo disparó contra la casa del director del periódico. Zabala preparó el editorial sobre su amigo Gaitán y escribió varios comentarios sobre el magnicidio. El periódico fue cerrado varios días. La voz del poeta Jorge Artel, autor de ‘Tambores en la noche’ (1940), abogado liberal de izquierda, resonó en una de las emisoras de la ciudad, protestando por la muerte del líder liberal y fue detenido en la Base Naval, y liberado después.

La joven enfermera americana Dorothy Johnson, graduada en Jersey City, arribó a la ciudad un día después del magnicidio, como supervisora del Hospital de la Andian en Mamonal y se sintió perturbada por el clima político del país. Víctor Nieto Núñez, que dirigía Radio Miramar, estaba alarmado con las noticias que escuchaba por la emisora Nueva Granada. Una de esas voces era la de Rómulo Guzmán, quien no cesaba de contar las atrocidades de ese día: de la gente que estaba colgada en los postes de la luz en la Plaza de Bolívar, del río de sangre que era Bogotá. Hasta en la emisora de Víctor Nieto se agolparon los manifestantes en Cartagena de Indias.

La gente recordaba a Gaitán en una reciente manifestación pública en el Parque Apolo de Cartagena de Indias. Su rostro aindiado, su baja y recia estatura, su deslumbrante capacidad oratoria y sus convicciones políticas liberales.

JUAN ROA, EL ASESINO

Juan Roa Sierra, un muchacho desempleado de 26 años, que había ido a solicitar empleo a Gaitán el 7 de abril, había vuelto a las 9:30 de la mañana de ese viernes acompañado de alguien no identificado, pero no llegaron al despacho del líder. Ahora el joven metía la mano en su bolsillo para sacar un revólver calibre 28. Bogotá celebraba la IX Conferencia Panamericana con la presencia de 21 países, inaugurada por el presidente Mariano Ospina Pérez.

Ahora la mano de Juan Roa Sierra sostenía el revólver. Gaitán estaba en la puerta del edificio. Su amigo Plinio Mendoza avanzó con él agarrándole el brazo y le murmuró que quería pedirte algo. “Es una pendejada”, dijo Plinio. No alcanzó a decírselo. El muchacho apuntó. De los cuatro disparos que hizo, uno fue dirigido a la base del cráneo y dos en el cuerpo de Jorge Eliécer Gaitán. Un cuatro tiro pasó por encima de los amigos de Gaitán. Era la 1:05 de la tarde. El detective conservador de apellido Potes desarmó a Roa y lo entregó a cuatro agentes de policía. La gente se precipitó a lincharlo, pero uno de los agentes empujó al asesino al interior de la droguería Granada, en el edificio adyacente al Agustín Nieto. Gritó: “¡No dejen que me maten, sargento!”. El dependiente de la droguería le preguntó: “¿Por qué disparaste contra Gaitán?”. El asesino dijo: “¡Ay, señor! ¡Cosas poderosas que no le puedo decir! ¡Ay, Virgen del Carmen, sálvame!”. Plinio Mendoza Neira y Alejandro Vallejo cargaron a su amigo y lo llevaron a la Clínica Central, que estaba a cinco cuadras. La gente que sujetó al asesino daba gritos y no sabía qué hacer. Entre ellos, estaba un embolador que en medio del caos, lanzó su caja a la cabeza de Juan Roa Sierra.

Luego de que el embolador arrojara su caja al asesino, la multitud se lanzó contra él. Destrozado a golpes, el cadáver de Roa Sierra fue arrastrado por la carrera 7 en dirección al Palacio Presidencial. Lo único que quedó de él fue un cadáver desfigurado con una corbata a rayas azul que se volvió oscura al ser arrastrado por las calles. Mientras tanto, en la Clínica Central, los médicos intervenían quirúrgicamente a Jorge Eliécer Gaitán, le transfundieron, pero todo fue en vano. Gaitán murió a las 2:05 de la tarde. Había nacido el 23 de enero de 1903. Tenía 45 años. Al asesino le encontraron en los bolsillos una cartera con un billete de un peso, una libreta militar de reservista de segunda clase, un certificado judicial en el que se probaba que no tenía antecedentes penales y la dirección de su casa en la Calle 8, número 30-73. Se supo que había nacido el 4 de noviembre de 1921 en Bogotá, y era hijo de Encarnación Sierra y Rafael Roa.

Epílogo

Entre arrumes de cajas metidas en un viejo escaparate, mi amigo, el periodista y escritor Guillermo González Uribe, encontró unos negativos de unas fotos de aquel viernes fatídico, que había captado su padre, el fotógrafo y reportero judicial Sady González. Entre los tesoros encontrados, estaba la foto de Juan Roa Sierra, a quien la multitud le había amarrado junto a la corbata azul que llevaba puesta aquel día, una corbata roja, y el pueblo lo arrastraba como a un muñeco de trapo por la avenida, arrastrándolo por las dos corbatas. Ese día macabro para la historia de Colombia, que algunos estereotiparon como la época de la Violencia, fue sin duda el germen y la semilla de la cosecha de pesadillas que no cesan.

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