Cualquier vendedor ambulante se la ‘guerrea’

23 de junio de 2019 12:00 AM
Cualquier vendedor ambulante se la ‘guerrea’
Yovani lleva varios años en Blas de Lezo, Los Caracoles y Almirante Colón.

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Yovani lleva ya cuatro años en una esquina de Blas de Lezo. Su verdadero nombre es Yohan Rico pero con el tiempo se lo cambiaron y ya no le da importancia. Es de Villanueva, Bolívar, y su padre, que hoy tiene 88 años, se dedicó casi toda su vida a la agricultura, inculcándole el oficio a los otros hijos.

Muy joven, Yovani trabajó en el campo, pero luego pensó en irse a las calles de Cartagena a vender bollo, yuca, ñame y todo lo que se le ocurriera.

Un día decidió coger una carreta para llenarla de fruta (eso sí, de esas que se vieran bonitas). Escogió uvas chilenas, manzanas rojas, fresas, piñas, manzanas verdes, platanitos... vio que las papayas estaban bonitas.

Entonces se puso a recorrer la ciudad, a sol caliente, carretilla en mano, y llegó a Blas de Lezo, donde un médico le pidió unas frutas, pero también le pidió que esperara, ahí, bajo la sombrita del árbol, a la orilla de la carretera.

“La gente empezó a llegar y ahí me hice una buena venta y, ajá, decidí quedarme”, me cuenta. Él tiene 35 años y es alguien a quien se le considera un familiar más de la calle. Si eres buen cliente y necesitas 3 mil para coger el colectivo, él te los presta. “Me los pagas mañana”, dice con tranquilidad.

Gracias a Dios, agradece, no ha tenido problemas con nadie y ha podido desempeñar su trabajo con normalidad, pues de su faena y lo bien que vende en La Heroica depende la manutención de su familia, compuesta de cuatro pequeños: Eli, Yohan, Nicole Michelle y Johnatan.

“Quiero que mis hijos tengan un futuro mejor que el mío, que estudien y sean alguien en la vida. A la mayor creo que le gusta enseñar, porque siempre que la veo está dándole clases a los niñitos con los que juega”, ríe.

Mientras hablamos se acerca mucha gente a comprar y siento que estoy en la mitad. Él con parsimonia los atiende, callado. Luego vuelve a responderme.

“Flaco, dame un platanito”, dice una chica que aparece de la nada.

Una rutina más

Yovani aclara que su nombre ficticio se escribe con ‘i’ de palito.

Como vive en Villanueva, se levanta a las 4 de la mañana para poder estar a las 5 y media en Bazurto. Para su fortuna, ya no le toca madrugar tanto como a los vendedores de antaño, porque el mercado ya no está en Getsemaní, (a finales de los años 70’s la Alcaldía de la época adelantó el traslado desde Getsemaní hacia esa área comprendida entre la Ciénaga de las Quintas y el cerro de La Popa, la llamada central de abastos de Bazurto).

Antes, cuando vendía bollo, dice que debía levantarse a las dos o tres de la mañana, con el fin de que el producto estuviera lo más fresco para el desayuno de sus clientes de la época.

Ahora, a las 7 de la mañana, desde el Mercado, él y otros vendedores toman un jeep con las cajas llenas de sus productos y buscan sus respectivas carretillas en distintos puntos de la ciudad. La de él la deja guardada por los lados de la Castellana, donde se queda un rato a trabajar.

Le pregunto cómo analiza las frutas que va a vender ese día y me dice tajante que escoge las más caras, porque son las más frescas y las mejor presentadas.

“Ese platanito que ves ahí, por ejemplo, es del más caro. Hay vendedores que cogen de los maluquitos, pero esos no me gusta venderlos”.

A eso de las 10 a. m. ya está en su puesto en Blas de Lezo, esperando que el atractivo de los colores llame la atención de los nuevos compradores, y, que los de siempre, tengan ganas de comerse una fruta.

“Tengo platanito, aguacate, patilla, papaya, zapote, mango. Lo que más se vende es el platanito, el aguacate también, ajá”, dice, porque siempre termina las frases con un ajá.

A la 1 o 2 de la tarde más o menos, sale hacia Los Caracoles a almorzar y después de comer se queda cerca, por Almirante Colón, donde tiene a los clientes más viejos. “Y las frutas que quedan me las llevo pa’ la casa”, explica. Le comento que entonces sus hijos deben estar bien nutridos y dice riendo que “por supuesto”. Llega a su casa a las 8 de la noche.

Sacando cuentas, Yovani tiene que sacar los pasajes de ida y vuelta a su pueblo, los de Bazurto, el almuerzo, y llevar a casa lo que le queda, para después pagar las deudas familiares. Solo en transporte y comida se gasta unos 20 mil pesos.

Hoy aquí, ¿mañana en otro lado?

Este joven agradece trabajar de este lado de la ciudad y no en el Centro o Bocagrande. Hace un par de años, solo en cuatro barrios de la zona norte de la ciudad habían 2.595 personas ejerciendo algún tipo de actividad económica desde el comercio informal. Esto preocupa especialmente a Espacio Público debido a la cantidad de quejas que reciben, pues no se garantiza el disfrute de locales y turistas por el poco espacio en el que transitar.

Los vendedores de la zona norte están censados, pero vendedores como Yovani no lo están y por eso, incluso, pueden llegar a ser despojados en su lugar de trabajo, en caso de que a Espacio Público adelante nuevas brigadas. La única protección laboral que tiene Yovani se la debe a ser buena gente.

“Dentro de unos años me veo mejorando, nunca para atrás”, afirma con convencimiento. Yo le creo.

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