El Mercado de Bazurto no ha muerto, pero agoniza

03 de marzo de 2019 12:00 AM

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Permanecía tan atestado de gente, que los comerciantes del Mercado de Bazurto se las ingeniaron para poner unos muros. Los instalaron entre los angostos senderos de menos de dos metros de ancho, con tal de que las carretillas no atropellaran a los clientes que compraban en sus puestos.

Reinaldo Caraballo llegó a Bazurto en enero de 1978, cuando el mercado se trasladó desde Getsemaní hacia una nueva edificación, construida sobre el ‘Playón de Gavalo’, vecino a la ciénaga de La Quinta y al naciente barrio Martínez Martelo, como “solución” a una cadena de problemas, entre ellos de insalubridad, que generaba la central de abastos en el aquel lugar donde hoy está el Centro de Convenciones Cartagena de Indias.

El traslado del mercado arrancó el 22 de enero de ese mismo año, durante el mandato de José Henrique Rizo Pombo. Según la prensa, comenzó con el 40 % de los 2.500 vendedores estacionarios y durante los meses siguientes se mudó el resto. Entre esos estaba Caraballo, dueño de un pequeño puesto de víveres que venía desde la plaza de Getsemaní. “Al principio algunos no queríamos venirnos para acá, pero después estábamos felices porque vendíamos bastante. ¡Vea!, aquí uno se cansaba vendiendo cuando era quincena. Era tanta la gente que a las 7 de la noche, cuando ya estábamos cerrando, todavía estaban comprando”.

Lo mismo dice Carmen Valeta, otra minorista de Bazurto. “Aquí se llegaba era a vender. No daba tiempo para hablar con los vecinos. Llegaba gente de todas partes de la ciudad a comprar y esto pasaba lleno”.

Hoy el panorama es otro. La soledad se adueña cada vez más de la edificación, construida entre 1969 y 1977. En varias de sus galerías, sobre todo en el sector conocido como ‘Los molinos’, hileras de locales cerrados hacen parte de un nostálgico panorama. “Ahora uno desayuna, almuerza y hasta siesta hace, porque esto está muy quieto, ya no entra tanta gente como antes”, agrega Carmen.

Recuerdo que hace más de 20 años, cuando mi mamá solía llevarme a Bazurto a comprar, recorrer ese agitado lugar era como adentrarse en un agobiante e interminable laberinto. De aquello, ahora veo muy poco. Una calma, desesperante para quienes viven de él, los acompaña desde hace ya un tiempo. “Muchos hemos dejado el negocio porque la gente no entra”, asegura Amira Vargas, quien cerró su puesto de ropa hace 10 años porque ya no le era rentable. Como ella, muchos se han ido, y otros, afirma Reinaldo, han muerto.

Según el Área Socioeconómica de la Gerencia de Espacio Público y Movilidad, que adelanta un censo que coadyuve a organizar al Mercado de Bazurto y facilite el proceso de su traslado, hay 1.275 locales ocupados y 267 abandonados, concentrados estos, especialmente, en los sectores de las verduras y ‘Los molinos’, mientras que las zonas más concurridas y copadas, tanto en los locales de la edificación como en otros que se han agregado, son las de pescados, frutas y carnes, estas últimas muy cerca de donde fue reforzada la estructura entre 2017 y 2018, por fallas y riesgo de desplome.

Los comerciantes coinciden en que son varias las causas de la “decadencia” de la plaza. Para Amira y Carmen, la principal ha sido generada por los vendedores ambulantes, que ocupan el espacio público y las vías internas. La Gerencia de Espacio Público indica que, de acuerdo con el Registro Único de Vendedores, son 352 reconocidos, sin contar los que se ha agregado en los últimos años. “Antes, quien venía a comprar tenía dónde estacionar, pero a muchos vendedores que estaban por la Pedro de Heredia los pusieron en los parqueaderos, y ya la gente no quiere venir porque no tiene dónde dejar sus carros. Los deben dejar por otro lado, pagar parqueadero y carretilla (para llevar las compras), entonces les cuesta más y mejor se van para todos esos supermercados”, explica Carmen, mientras atiende a una cliente.

Raimundo dice, además, que “las malas administraciones en el mercado, que no ha sido ni una ni dos, sino la mayoría”, han influido considerablemente en el debilitamiento de Bazurto, mucho antes de un traslado que ha sido tan anunciado como dilatado. “Aquí no tenemos puertas, ni vigilancia. Es el único mercado del mundo donde no hay puertas. El mercado permanece abierto las 24 horas del día. Aquí deambulan los indigentes, los rateros, aquí hay de todo. Lo que no hay es organización”, afirma.

Una fuente que prefirió mantener su identidad en reserva, aseguró que el expendio de drogas es otro gran problema, al igual que la falta de planeación en la ciudad. “Vienen con una propuesta de hacer un nuevo mercado, pero es lo mismo que hicieron acá. Aquí vinieron, inauguraron y a los 10 o 12 años nos abandonaron y empezaron las malas administraciones. Quieren trasladarlo hacia El Pozón y sería más de lo mismo: trasladar y trasladar, y no miran en sí cuál es el problema y cómo solucionarlo de verdad. Bazurto, creo, no ha muerto porque aquí llega mucho turismo internacional que viene en un tour especial”.

Efraín Hoyos trabaja en puesto de especias y legumbres. También viene de Getsemaní y considera que la llegada de supertiendas o supermercados en los barrios de ciudad impide que los compradores se movilicen a la central de abastos. “Hay muchas supertiendas con precios bajos, con promociones, y que están en sitios donde las personas llegan más fácil. Eso también ayudó a que el mercado decayera, porque de pronto lo que la gente se va a ahorrar acá se lo gasta en el taxi, que es un servicio caro acá, en Cartagena”.

“Y este es un mercado social”, indica Reinaldo. “Aquí la gente viene a rebuscarse. El que no tiene plata viene con cinco mil pesos y lleva plátano, yuca y otras cosas y se le facilita a la gente pobre, que en un supermercado no compra mucho con 10 mil pesos. Puede comprar un litro de aceite, pero aquí viene y uno le vende 500 de tomate, 500 de cebolla, esto, lo otro, y hasta le fía. Cualquiera viene aquí y se arregla, si viene sin plata consigue comida, porque aquí hay personas de buen corazón y alguno regala una papa, el otro un tomate y así”.

Raimundo ahora solo tiene en su puesto unos cuantos kilos de papas y hortalizas sobre unos viejos estantes de madera, una remendada báscula, en la que de vez en cuando pesa sus productos, un destartalado ventilador pegado a un muro y un montón de carpetas llenas de polvo, sin saber cual será su suerte cuando por fin trasladen el Mercado de Bazurto.

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