El último ferry del atardecer

27 de enero de 2019 11:30 AM

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

Quisiera creer que es el último ferry del atardecer y no un fantasma metálico que cruzará por el río Magdalena, rumbo a Mompox. Pero el viejo capitán, mordido por el viento caliente de enero, mira la sombra del puente que unirá a Magangué con Mompox, próximo a inaugurarse en este 2019, luego de articularse con otros dos puentes sobre los pueblos vecinos. Dice con un gesto de irremediable y profundo desconsuelo: “este será el último ferry. Nos tendrán que indemnizar después de más de treinta años de ir y venir por el río Magdalena, ver chatarrizados los sueños de toda la vida o irnos para otro lugar, como Puerto Wilches, donde necesitan un ferry como este”.

Viajar a Mompox un domingo es verdaderamente un heroísmo, porque son contados los pasajeros y un solo ferry que va de ida y vuelta.

De lunes a sábado salen cuatro viajes por cada ferry. Uno de 6 y 30 a 7 de la mañana; otro de 10 a 11 de la mañana; un tercero de 1 y media de la tarde; y un cuarto de 4 y treinta a 5 de la tarde.

Al llegar a Magangué pregunto por Eduardo Butrón, sin saber la dirección de su casa, y un señor que va en moto, me dice que es a quien busco. “Soy Eduardo Butrón Hamburger, el padre de Eduardo Butrón Hodwalker”. Le digo que busco a su hijo. Los dos con apellidos alemanes.

El padre me dice que su hijo no está en el pueblo, porque está haciendo unos mosaicos en Corozal, pero me lleva a ver el inmenso mural de su hijo en el Parque Simón Bolívar, que es una síntesis de historias y paisajes de la región, y tiene dibujado el barco de vapor David Arango, incendiado en 1961. Eduardo Butrón, padre, de 85 años, maneja su moto sin frenos, como si fuera una bicicleta, y sus pies metidos en una sandalia, son su freno más certero, contra la tierra. Durante cuarenta años fue uno de los comerciantes que se quedaron para siempre en Magangué, vendiendo motores fuera de borda. Sus padres vinieron al país por primera vez, y entraron por Puerto Colombia. Su padre traía las películas al Teatro Carmencita, de Magangué, pero ya todo eso es pura nostalgia, como el barco forjado en mosaicos de colores en el parque, o las iguanas de verdad que bajan de la enorme ceiba del parque y se confunden con las iguanas de un verde estridente, dibujadas por su hijo Eduardo Butrón.

Por la Calle del Salto, que es ahora un pasaje, hay otros mosaicos de su hijo que recrean la fauna y la flora de Magangué y de toda La Mojana. Allí están los manatíes, la garza blanca, la hicotea, el bagre pintado, el bocachico y la mojarra, que ahora son una novedad, sobre el río Magdalena. Manuel Enrique Pava Avilés, que tiene 40 años de vender bocachicos y bagres en el puerto de Magangué, me dice que la última subienda de bocachicos fue en 1984. Medio centenar de canoas llevaban bocachicos que se vendían a cien pesos. En este enero de 2019, el kilo de bagre cuesta dieciocho mil pesos. El kilo de bocachico, trece y catorce mil pesos.

Nurma Acosta me cuenta que vendió una sopa de una cabeza de bagre que pesaba tres kilos. El devorador de bagres se comió la sola cabeza del bagre de tres kilos, con una bandeja de yuca harinosa. Con una procacidad deslenguada, Nurma promociona su venta de bagres y bochachos, y su pregón ruboriza a los fieles que salen de la iglesia de Magangué al mediodía: “La tengo grande y gruesa: la mojarra”.

Cuando los fieles, intrigados, se asoman a ver qué hay detrás de las palabras, encuentran la picardía de Nurma, porque es un enorme bagre, y un enorme bocachico.

El humor es otra manera de consentir el viento escaso que sopla sobre las piedras, y sobrellevar la bravura del río en la albarrada.

La gente que ha esperadado el último ferry del atardecer, se agota de tanto mirar aquel río lento que arrastra taruyas aún sin florecer, y se distrae con las conversaciones delirantes de los viajeros. Uno de ellos ha elevado un dron para descubrir que ya viene el ferry esperado, en la distancia, y celebra que sus ojos solo puedan ver lo que la cámara ha podido captar a ciento veinte metros desde esta orilla.

Pero ahora, encaramados en el remolcador, sentimos que el ferry es la ilusión de un pasado ante la apertura del gigantesco puente.

“Mompox dejará de ser isla, con ese puente que tendrá dos carriles, para vehículos y peatones”, murmura el capitán, masticando su soledad en las alturas. Dieciséis kilómetros de puente, desplazarán la tarea de tantos años de los ferrys por el río. En años lejanos fue un marinero, un aprendiz de piloto, hasta ser capítán.

Sobre ese ferry de 1.030 toneladas, el tiempo no parece fluir sobre las aguas y esa luna roja del eclipse que se asoma ahora, como un globo suspendido entre los árboles y bajo las nubes incendiadas, en la inmensidad.

Nadie que viaja en ferry por el río Magdalena tiene tanta prisa como para perderse el espectáculo del atardecer sobre el agua.

Todo es lento y fugaz, como la muchacha de la otra orilla que peina su larga cabellera, con una peineta que no acaba de alisarle las hebras delgadas, y entonces pienso en el regaño de las madres en la albarrada, y siento que es cierta la metáfora: “muchachas, no se peinen por la noche, porque retrasan a los navegantes”. Y es que los navegantes no pueden quedarse mirando a una mujer que se peina porque corren el riesgo de naufragar. Las mujeres tienen la cabellera larga, larguísima, siguiendo la tradición de las mohanas, y es que en el entramado de aquellos cabellos, muchos viajeros han perdido el rumbo del horizonte.

Pensando en cabelleras, alguien alude a los manatíes con ese sabor que tienen, de siete carnes. Nadie sale inmune si se atreve a comerse un manatí, que tiene algo de sirena, mojana y mujer de río. Y sabe a cerdo, carne de res, pollo y pescado. Ahora, está amenazada la especie por la falta de conciencia ecológica.

El viento ahora es tan terrible que zarandea al capitán, al remolcador y al ferry y lo arrastra hacia otra albarrada, donde el barro es blando y la orilla ha sido mordida por la erosión y el verano implacable. Todo lo hicimos al revés, desde que murió el último de los sabios indígenas del Sinú, al concebir los canales de riego, para domesticar los veranos y los inviernos. Los zenúes siempre tuvieron agua en el verano, y control de su sed en el invierno. Por eso jamás se inundaron. Y con sus canales de riego fecundaron los valles y los pliegues más recónditos de su aldea. Pero en nuestro tiempo, un invierno asusta tanto como un verano prolongado. El ferry avanza como un animal oxidado en el infierno. Apenas salió de la albarrada, la tierra desmigajada por el peso de los camiones, se convirtió en una polvareda y borró por un instante el paisaje de otros pasajeros en tierra.

¿Pero cómo es posible que se hayan hecho los puentes, sin carreteras? - se pregunta el capitán. Apenas descendemos a Bodega, la tierra es una loma irregular, resquebrajada, y la vía un viejo y deteriorado camino del pasado aún sin resolver. Los habitantes de Mompox temen que el progreso del puente, sea un arma de doble filo, en una ciudad patrimonial que no da abasto con sus turistas, y no ha resuelto sus carencias de alcantarillado, salud pública e inversión en vías.

Epílogo

El capitán desciende con un cansancio de siglos sobre ese río que lo ha visto envejecer en silencio, y al ver las luces titilantes de la ciudad en la distancia, piensa que el ferry, como los viejos buques de vapor, son una nostalgia que flota sobre el río.

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Facetas

DE INTERÉS