El velorio, un ritual que parece morir en el Caribe colombiano

14 de abril de 2019 12:00 AM

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Para el filósofo sanjacintero Numas Armando Gil Olivera, la modernidad ha ido desvaneciendo nuestras costumbres, muchas de ellas conservadas como recuerdos vagos en la memoria de los más viejos.

Así como ya no vemos el ‘musengue’ para espantar los mosquitos, la tinaja con su respectivo tinajero para almacenar el agua, y el zarzo para guardar los trastos viejos de la casa, de los que hablaba el periodista y escritor Gustavo Tatis en su crónica ‘La voz de las cosas perdidas’; ni el baño de matarratón para curar la fiebre o la varicela que mencionábamos hace pocos días en este mismo dominical, otras tradiciones van desapareciendo lentamente.

El velorio murió en la ciudad y agoniza en los pueblos del Caribe colombiano. Poco queda de esas nueve noches en las que vecinos acompañaban a velar a un difunto, de los rezos, el calentillo, los chistes de los adultos y las penintencias de los niños, y el chocolate que se repartía después de levantar el altar, cuando acababa el novenario.

En su libro ‘La eterna parranda’ (2011), el periodista y escritor Alberto Salcedo Ramos cuenta, en la crónica ‘El bufón de los velorios’, la historia de ‘Chivolito’, un personaje que dedicó gran parte de su vida a contar chistes en estos actos fúnebres en Soledad, Atlántico. “... La costumbre de hacer ruido en los funerales ha estado arraigada desde hace años en el Caribe, sobre todo en las zonas rurales. La bulla de los dolientes en los sepelios es quizá un alarido de pavor. Una manera de ahogar entre todos el implacable silencio de la muerte. Durante los últimos años, la tradición se ha ido perdiendo, debido a la educación y a la influencia de culturas ajenas”.

También se refiere Salcedo a otras particularidades de los rituales funerarios: “En algunos pueblos de la Costa Caribe despiden a los finados con tambores. En otros, les cantan coplas. Las plañideras a sueldo del pasado son hoy una leyenda pintoresca, pero no hay entierro popular al que le falte su cortejo de mujeres quejumbrosas: familiares, vecinas, amigas, conocidas o simples entrometidas. Se apoderan del muerto sin autorización de nadie, y lo lloran a grito herido, como si establecieran una relación proporcional entre el afecto y la potencia de su llanto”.

Esto último aún se observa en las zonas rurales, aunque Elizabeth Mendivil, de 72 años, en Arjona (Bolívar), dice que en estos tiempos la gente es más moderada para llorar a sus muertos. “Cuando los difuntos tenían hijas que vivían en otros sectores y les avisaban, ellas se vestían, caminaban tranquilitas, y en una esquina antes de llegar era que reventaban el llanto”.

Como si hicieran parte de un libreto, algunos comportamientos muy puntuales parecían repetirse en diferentes velorios. No faltaba historia o anécdota del difunto contada por alguna mujer que lloraba, o el llanto repentino, muchas veces sin lágrimas, cuando una nueva persona llegaba a dar condolencias. Tampoco faltaba la desmayada, el vecino que estaba pendiente de quién lloraba o no, o el que se preguntaba si a aquel doliente le habían suministrado pastillas porque no lo veían llorar desconsolado.

Ritual, juegos y chistes

“Una noche antes del sepelio, una cuadrilla de hombres se iba al cementerio a hacer la sepultura. Pasaban toda la noche cavando, entonando zafras mortuorias y tomando trago. Muchas veces había que esperar hasta dos o tres días al último familiar que venía desde lejos, y en todo ese tiempo los vecinos y toda una cantidad de gente acompañaba. Había una solidaridad masiva hacia el muerto”, relata Gil Olivera.

Un altar en la sala, con una sábana blanca, una cruz, velas, una cinta morada, cuadros o imágenes de santos y flores, con el ataúd y personas sentadas a su alrededor son el más vivo retrato de un velorio. Eran nueve días, o noches, contados a partir del día del sepelio, en los que la casa del finado permanecía con las puertas abiertas. “Se decía que si se cerraban, el espíritu no podía salir. Los vecinos llegaban en cualquier momento a acompañar, durante el día o la noche, y la gente se turnaba para dormir. Las velas tampoco se podían apagar, y se ponía un vaso de agua para que el alma llegara a tomar, en caso de que hubiera muerto con sed”, cuenta Solmeris Martínez Canoles, rezandera de 52 años.

Mientras las mujeres rezaban o ayudaban en las labores domésticas, los hombres acompañaban, en medio de la calle o en el patio, jugando cartas o dominó, y los niños a las penitencias. Otros se dedicaban a contar o escuchar chistes. Durante las noches, se repartía tinto o “calentillo” a todos los acompañantes, para aguantar el sueño. “La última noche, se esperaba hasta las 4 de la madrugada para levantar el altar. Se apagaban las luces, se prendía incienso y se rezaban letanías”, dice Solmeris.

Elizabeth recuerda que también se creía que si alguien estaba durmiendo mientras se levantaba el altar, “tenía que levantarse porque, de lo contrario, el difunto se lo podía llevar”. O si había gente sentada en la puerta tenía que quitarse porque ya iba a salir el espíritu. “Con la nueva evangelización, la iglesia empezó a explicar sobre todas esas cosas y a enseñarle a la gente. A partir de ahí, todo eso fue cambiando”, indica la mujer.

Después de todo ese ritual, se dirigían a la misa, en la iglesia, y regresaban a la casa, donde repartían chocolate, sandwiches, panes o galletas con mantequilla.

“Está desapareciendo”

Gil Olivera argumenta que “la llegada de las funerarias, como un discurso de modernidad, se ha instaurado en la urbe y se toma también, como cualquier centro comercial, a los pueblos, que en estos momentos están llenos de supertiendas aunque no haya siquiera agua, y a raíz de eso la vida y las tradiciones de nuestra gente han cambiado”.

Además de las afiliaciones a servicios funerarios, Elizabeth, por su parte, asegura que la situación económica en muchas familias ha incidido en que estas tradiciones desaparezcan. “A veces la gente no tiene para sostener nueve noches de velorio, porque siempre hay que gastar. Otro motivo que hay que tener en cuenta es que anteriormente la gente era más que todo católica, pero ahora hay muchas religiones”.

Tal vez dentro de unos años ya ni siquiera haya velorios de nueve noches. Pero aquí aplica el viejo adagio popular: “No se muere quien se va, solo se muere el que se olvida’’, y valdría la pena que, aunque llegue un día que nadie quiera dedicar ese tiempo a conmemorar la muerte, ni gastar lo que ello implica, sí recordemos lo que una vez hizo parte del cúmulo de tradiciones frente a lo único que tenemos seguro en la vida: la muerte.

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