Freda Sargent, el oro en la penumbra

26 de enero de 2020 12:00 AM

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Freda está su silla de ruedas, bajo la luz de su jardín de Bogotá. Nació en Londres en 1928.

Va a cumplir 92 años, pero la pasión que la ha acompañado a lo largo de su intensa vida está vida entre sus dedos: pintar.

Estaba pensando en ella al final de este diciembre que acaba de pasar y de repente, como una premonición flotante entre la luz del viento, al evocar su nombre, me llegaron señales suyas de Bogotá de la mano de unos emisarios que parecían haber salido de un sueño. Esos mensajes llegaron para decirme que acababa de publicarse en Ediciones Gamma, bajo el auspicio de Davivienda, un extraordinario libro sobre Freda Sargent, en cuyas 271 páginas hay una síntesis de más de setenta o más años de una vocación artística que empezó desde niña, en su casa de Londres.

“Hemos trabajado cerca de cinco años en la edición de este libro, que abarca un amplio recorrido de más de seis décadas, desde los años cincuenta, desde antes de conocer a Obregón en París, y su llegada al país hace sesenta años”, me cuenta Camilo Chico Triana, asesor y curador de esta espléndida obra.

“A Freda Sargent no le ocurrió lo que les ha pasado a ciertos artistas europeos en Colombia, que quedaron embrujados por el trópico. Ella siguió siendo la artista inglesa que ha sido siempre, con una obra consolidada antes de llegar al país y desligada del movimiento artístico colombiano”, precisa el curador.

“Freda pinta todos los días”, dice Camilo. Ahora lo hace en su silla de ruedas. Antes pintaba obras de gran formato de más de cien centímetros de largo y ancho, y ahora pinta obras pequeñas de 50 x 50 y 60 x70. Obras que tienen una atmósfera muy singular y unos fondos muy trabajados. En estas obras no veo la influencia de Obregón. Creo que es lo contrario. Obregón cambió al conocer a Freda Sargent.

Memoria de la casa

La casa de infancia de Freda Sargent estaba al sur de Inglaterra, en una tierra que su padre Walter Sargent había comprado frente a una avenida sembrada de árboles de tilo y muy cerca de unas praderas de flores amarillas que el viento dispersaba como pétalos de oro.

También había rosas que crecían bajo la luz del alba, rosa silvestres y zarzamoras que eran perseguidas por nubes de abejas. Con su hermana gemela Stella jugaba todo el día, cantaba en la iglesia, leyendo, oyendo la radio, pintando y moldeando casas de heno. Freda lo evoca, lo cuenta, lo escribe y describe con emoción y finísimo lirismo.

Su padre era luthier y construía órganos de tubo para las catedrales. Walter, que había sido soldado en las trincheras de Francia en la Primera Guerra Mundial, era el que mejor conocía el secreto de las maderas en Londres y además uno de los jardineros inspirados del condado.

Por sus prodigiosas manos de constructor de órganos lo contrataron en las catedrales de Westminster, Saint Paul, Canterbury, Winchester y en auditorios como el Albert Hall. En los años de la guerra trabajó de carpintero y su madre, Winifred Newport, además de cocinar muy bien, preparaba un vino de flores de diente de león, que Freda y su hermana gemela Stella, recogían en la huerta casera y en los potreros.

Los dos se conocieron, dice ella, en un coro de cantantes aficionados en la catedral de Westminter, en Londres. Recuerda a su madre como una mujer londinense, rígida, pero a su vez, afectuosa y amorosa. Era soprano. La infancia suya transcurrió feliz en el campo hasta que la impidió la guerra. La niña Freda vio, a sus diez años, que su casa estaba justo en el corredor de vuelo que recorrían los aviones alemanes cuando iban a bombardear a Londres.

El ruiseñor canta en la guerra. Ella recuerda las estelas de humo y fuego en el cielo, los aviones incendiados, los bombardeos y el sonido persistente de las ametralladoras. Pero también recuerda en “una noche tibia de verano” el sonido perturbador de los aviones volando tan cerca de los árboles, y más allá en la profundidad de la noche, “el canto de los ruiseñores en los árboles”.

Por su infancia pasaron los trenes con los vagones llenos de heridos rumbo a los hospitales en Londres. Al culminar la guerra, entró a un curso académico veloz para niños que habían interrumpido sus estudios por culpa del conflicto. Y uno de sus profesores le sugirió y motivó que estudiara en la Escuela de Arte. A sus dieciocho años, ingresó en la Beckenham School of Art, que fue para ella una revelación y una fiesta para sus sentidos y para su aguda sensibilidad. Su hermana gemela también estudió pintura.

Freda obtuvo un puesto en el Royal College of Art (RCA), centro de posgrado, cuyo rector Robin Darwin, era nieto de Charles Darwin. Allí Francis Bacon tenía su estudio. Allí se graduó el gran pintor David Hockney.

Como estaba detrás del Victoria and Albert Museum, Freda entraba a las clases de arte y recorría el museo. Fue becada por el gobierno. Se graduó con honores con un título de primera clase, una medalla de plata y una beca de posgrado para pintar en Francia.

En París

Allá fue y alquiló una casa con una amiga que había ganado la beca antes y crearon un taller grande, en donde trabajaban juntas. Visitaba los estudios de otros artistas como William Hayter, el Atelier 17. Trabajó con Arpad Szenes y Vieira de Silva.

Un día conoció a Joan Miró, que hacía grabados, y lo ayudó a cargar sus placas de grabado en el metro.

La poesía se desborda en las palabras de Freda y en su luminosa memoria. La luz de París atravesaba sus emociones. Y la comida francesa fue un descubrimiento para ella, luego de la escasez de los campos después de la guerra en Inglaterra. Su vida era frugal, intensa, en la euforia de los colores y la visita diaria a las galerías y los museos. Recorría encantada el Louvre, el Luxeberg, el Museo del Hombre y se detenía a descifrar los colores de Van Gogh, Matisse, Picasso, De Stäel, Giacometti, entre otros. La magia de aquellos días era cierta y se tocaba con las diez yemas de sus dedos.

Obregón

En ese embrujo parisino conoció dos años después a Alejandro Obregón, que vivía solo, y su esposa Sonia Osorio lo había abandonado y se había regresado a Colombia. Obregón la sedujo con su sentido del humor, su inglés y su francés impecables, su gracia para crear metáforas verbales, su capacidad de ser divertido en las circunstancias inesperadas. Obregón no era “un pintor reconocido en ese momento”, dice Freda. Pese al ímpetu de sus colores, Freda percibió en aquel Obregón un artista que aún no había encontrado su propia voz, le confesó a la periodista Rosario Del Castillo Pardo en una entrevista para su libro ‘Las mujeres de Obregón’, publicado al año de su muerte.

Freda se ganó una beca Abbey del Prix de Rome. Y decidió irse a estudiar en Italia con Obregón. Terminaron en Capri, en lo alto de una montaña. Luego se separaron. Ella regresó a Londres y Obregón para Colombia, luego de hacer una escala en Washington, donde expuso por primera vez en la Unión Panamericana. Freda expuso en el Piccadilli Gallery en Cork Street. Sus pinturas empezaron a integrar las colecciones del historiador sir Kenneth Clark y Rosemary Harris. Expuso en el Royal Academy Summer Show, en la colectiva del Young Contemporaries en RB Galleries y Women Painters Bi-Annual en el Summer Show del Royal Academy of Art.

Obregón regresó a Europa tres años después. Y los dos se fueron a Alba, un pueblo al sur de Francia. Vivieron un año pintando juntos y compartiendo el mismo taller. En aquellos momentos cada uno trabajaba en su estudio y compartían perplejidades de lo que veían en los museos, pero ninguno de los dos interfería en sus obras personales.

De ese trabajo surgió la exposición ‘10 Paintings from 10 Young Painters’, en la Galería Crueze en París. Viajaron a Estados Unidos y a Colombia. Hiceron escala en Nueva York y Washington, en donde Obregón realizó su segunda exposición en la Unión Panamericana. Se fueron a Bogotá en 1959 y nació Mateo Obregón Sargent.

La huella de Freda

En el contexto cultural nacional de los sesenta, bajo el influjo del machismo era imposible la confluencia de una artista británica como Freda Sargent y la crítica de arte argentina Marta Traba, para quien no era posible que Obregón tuviera una esposa pintora.

“Esto es machismo”, le dijo Freda a Obregón, ella, que había nacido en un ambiente cultural de igualdad en Londres, suponía que así debía ser en Colombia. Ella, que desde adolescente había leído dos libros claves: ‘El segundo sexo’ de Simone de Beauvoir y ‘Una habitación propia’ de Virginia Woolf.

La paradoja es que al no quedar satelitando en el arte colombiano, ignorada de la historia del arte nacional donde ha forjado gran parte de su obra en las últimas seis décadas, Freda también quedó por fuera de la referencia inglesa. Ella brilla por sí misma con un lenguaje personal, hermético y con una prudencia trascendental. Es un tesoro aún por descubrir. Freda y Obregón vivieron entre Barranquilla y Cartagena. Su obra es lo que era antes de conocer a Obregón y después de separarse de él en 1970. Antes de regresar a Londres, vivió con su hijo en Bogotá. En los años ochenta hizo un curso de terracota en Gales, que ha sido, según ella, uno de sus grandes placeres. La arcilla forjando nuevas maravillas. Con la muerte de Obregón, hizo la serie ‘The Singer´s House’, que expuso en el Centro Colombo Americano de Bogotá, 1992.

Epílogo

“Mateo Obregón cuenta que aunque Freda no podía pintar porque solo Obregón podía ser artista, Freda siempre dibujó e hizo también acuarelas en la cocina”, cita la crítica de arte Cecilia Fajardo-Hill en un ensayo deslumbrante que acompaña este libro, en el que subraya en la grandeza de la pintura de Freda desarrollada a lo largo de toda su vida. Muchas de sus series como ‘Temas del ermitaño’, ‘Los naipes del tarot’, ‘Los narcisos’, ‘Los carpinteros’, ‘Wuthering Heights’, beben de las fuentes de sus memorias de infancia, pero también de la poesía que ha sido esencial en su creación: Blake, Keats, Auden, Yeats, entre otros. Y también su devoción por la música de Bach, el jazz, y aquella música que cantaban sus padres en el coro de la catedral.

“Sargent ejerció una fuerte influencia en la pintura de Obregón, y perteneció, como Feliza Bursztyn, a una brillante generación de mujeres artistas tardíamente reconocidas”, escribió el poeta Gonzalo Arango.

Freda es un oro en la penumbra.

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