Gerantofobia, cuando las canas aterran

19 de mayo de 2019 12:00 AM

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¿Cómo detener el tiempo? ¿Cómo parar todos los relojes del mundo para evitar que la piel se arrugue y que los demás órganos se vayan dañando poquito a poquito? ¿Cómo evitar volvernos viejos?

Es absolutamente normal que nadie desee envejecer: nos volveremos más frágiles, seguramente nos enfermaremos más y sentiremos cómo la muerte camina hacia nosotros con el único e inevitable fin de llevarnos; lo que no es para nada típico es tenerle miedo, físico miedo, a ser ancianos. Gerantofobia, se llama.

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Le pregunté a varios amigos y compañeros: ¿Conoces a alguien que le tenga miedo a envejecer?

El primero, que tiene unos 54 años, me respondió: “Tienes uno a tu lado -se refería a él mismo-”, me dio la mano y se echó a reír y comenzó a sonrojarse. La segunda, que tiene 29 años, me dijo: “Yo. No quiero ser vieja”. El tercero (30)... “Yo mismo soy”. El cuarto, de unos 55: “Yo no le tengo miedo a ponerme viejo, le tengo pánico a una cosa en la vida y es enfermarme, marica, a eso sí le tengo pavor, a estar en una cama inservible”, y abría los ojos cada vez más y más cuando me explicaba que ya su esposa y él tienen documentos firmados donde autorizan a que los desconecten en caso de que terminen respirando por obra y gracia de una máquina. Uno, de 30 años, me dijo que escuchó de alguien que vive diciendo que se pegará un balazo a los cuarenta, porque no está dispuesto a envejecer. Y me contó, además, que él mismo no quiere envejecer: le aterra la idea de no poder moverse mucho, de no poder viajar como se le dé la gana, sino en paseos que no tienen nada de aventura, ni adrenalina. Le parece tremebundo pensar en la diabetes, la hipertensión, las cataratas y todos los achaques, en concebir como única diversión las travesuras de los nietos. Y entonces apareció Carmen*, ella trasciende el ¿rechazo normal? a la vejez y se acerca más a la obsesión, ¿a la fobia? Jamás dice en qué año nació. Jamás publica fotos en sus redes sociales, porque en realidad no le gusta cómo ha cambiado su cuerpo con los años. Gasta fortunas en cremas que prometen devolver la lozanía robada por los años. A ella le aterra la palabra anciana y no le gustan ni poquito sus cumpleaños desde que llegó a los cincuenta, calculo que ya debe tener unos sesenta y tantos.

Es curioso, pero cada que se acerca su cumpleaños, especialmente, le cuesta dormir. Mejor dicho, casi no duerme, pero no por la emoción, sino por la tristeza inmensa de pensar que le agregará una vela -un año- a la torta. Allí tenemos dos síntomas de que algo no anda bien: insomnio y depresión. Por esos días, ella pierde todo interés por cualquier actividad, por divertida que le parezca, prefiere aislarse y le da miedo que un día la rechacen por ser vieja. ¿Será gerantofobia?

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“La gerantofobia no es solo el temor a los signos de envejecimiento y deterioro natural de nuestro cuerpo, sino que se ha venido convirtiendo una especie de ‘tendencia’ que cobra importancia en la contemporaneidad. El auge por llevar una vida saludable, la cultura fit o de la belleza, han incidido desde las redes sociales y los medios de comunicación difunden contenidos que sobrevaloran la salud y la apariencia física”, explican en el blog Pilar Mode.

Las personas que más padecen la gerantofobia, según este mismo portal, son las mujeres mayores de cincuenta años, pero los más jóvenes no están exentos de sufrirla, “pues hay quienes desde temprana edad empiezan a mostrar este miedo a envejecer o a padecer enfermedades degenerativas”. Y es que en estos tiempos de redes sociales y tecnología, para algunos ser anciano ha dejado de verse como madurez, maestría y sapiencia para transformase en sinónimo de torpeza.

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La psicóloga clínica Victoria Cecilia Lozano Maldonado explica que para hablar de fobia primero hay que entender qué es la ansiedad, qué es la angustia y qué son los ataques de pánico.

“Ansiedad es la preocupación excesiva de que algo malo va a pasar, pero en realidad puede que eso tan malo no vaya a ocurrir. Esta preocupación sobre algo negativo que va a suceder tiene una reacción en el sistema nervioso central, una de las reacciones puede ser insomnio, problemas estomacales, trastornos alimenticios, etc.”, explica Victoria. Y sigue: “Cuando la ansiedad ya no solamente tiene estos indicadores, sino que poco después de darse se disparan otras reacciones, distintas a las que acabo de mencionar, ya pasa a ser angustia. ¿Qué síntomas empiezan a aparecer? La persona comienza a ahogarse, siente que su respiración no es la misma, su palpitación se altera, se genera un miedo intenso, a ese miedo intenso le llamamos angustia. La fobia es cuando por algo específico que observo, entro en pánico”.

En otras palabras, una fobia es un temor intenso e irracional, de carácter enfermizo, hacia una persona, una cosa o una situación, algunas de las fobias más conocidas son la agorafobia o miedo a los espacios abiertos o públicos; claustrofobia: miedo a los espacios cerrados; hemofobia: miedo irracional a la sangre...

Ahora bien, ¿qué diferencia a la fobia del miedo “normal”?

“La diferencia entre la fobia y el miedo es que este último es un sentimiento que nos permite defendernos ante un peligro real. Es nuestra capacidad intelectual que nos dice que hay peligro. El miedo es sano. La fobia es exagerada y es poco probable que eso que tememos se vaya a dar. Parte de ese pensamiento negativo que tiene reacciones en el sistema central. La persona siente que puede morir y sí, puede darle un paro y puede morir”, continúa la psicóloga.

En ese sentido, Victoria asegura que no ha atendido todavía, y eso que tiene más de veinte años de experiencia, al primer paciente que entre en pánico apenas se pare frente al espejo y vea una arruga. “Que alguien se mire al espejo y vea las arrugas y canas, que ha perdido movimientos corporales y que vea que está un poco más obeso, ¿entra en pánico? No lo creo, entra en ansiedad, pero no en pánico. Tiene un pensamiento muy negativo sobre las características propias de la vejez, pero no creo que una persona, cuando está en contra de aceptar las características tanto corporales, físicas y espirituales que llegan con la edad, entre en fobia”.

Sí puede, según Victoria, “entrar en mecanismos de negación”. Puede rechazar esta nueva identidad, sentir ansiedad y que se le haga difícil asimilar lo que ve en el espejo.

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Exista o no una fobia propiamente dicha a volverse anciano, y viendo que todos a mi alrededor le temen poco o mucho a las huellas del paso del tiempo en sus cuerpos, solo queda dejar de esperar que los científicos encuentren el elíxir de la eterna juventud y comenzar a preguntarnos: ¿Por qué temerle a algo que quizá podremos aplazar o maquillar, pero no evitar? ¿Por qué, más bien, no pensar que todas las etapas de la vida son importantes y que cada una se puede disfrutar a su manera? ¿Y no será que si vivimos plenamente la juventud afrontaremos la vejez serenos, tranquilos y con los brazos un poco más abiertos?

*Nombre cambiado.

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