Germán Mendoza Diago, el genio que perdió Silicon Valley

26 de abril de 2020 09:15 AM
Germán Mendoza Diago, el genio que perdió Silicon Valley
Germán Mendoza Diago fue subdirector y editor general de El Universal durante 31 años.

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Ángel Thorrens Navarro

Especial para El Universal

Pudo ser astronauta de la Nasa o fórmula estratégica como ingeniero de Bill Gates, entre muchas otras posibilidades, por sus enormes habilidades blandas, visionario de la inteligencia artificial y de la tecnología cuando en el mundo no se hablaba de estos temas. Eso lo tenemos claro quienes compartimos varios años de clases de bachillerato con él, en el Colegio de la Esperanza en la década de los 70.

Realmente fueron los años maravillosos de nuestra generación, que, igual él, disfrutamos nuestra existencia y proyección a futuro gracias a la formación académica, al carácter y la disciplina de “Jorge Bola” o don Jorge Irisarri, nuestro gran maestro y rector de las nuevas generaciones.

No sé si era el casabe o los porros de Pablito Flórez, de su natal Ciénaga de Oro, pero el Mono, aunque siempre trató de ser normal, común y silvestre, realmente era diferente y extraordinario. Era un ser fuera de serie en todo sentido: el mamador de gallo de tiempo completo que coleccionaba amigos por sus geniales ocurrencias, el enamorador más original de las chicas de todo tipo en el colegio, que en esa época estrenábamos jornadas mixtas, el activista más sobresaliente en las jornadas artísticas y culturales del programa que lideraba el maestro Alberto Sierra, y el estudiante más aventajado en todas las materias, especialmente en matemáticas con el Profesor Salinas, geometría, trigonometría, cálculo, física y química, entre otras. (Lea aquí: Fallece Germán Mendoza, maestro del periodismo en Cartagena)

Germán pudo estudiar cualquier carrera universitaria y de seguro pudo ser el mejor en su clase y como profesional, pero se decidió por la ingeniería electrónica y fue el mejor en ese entonces, pero no se dedicó a ella, y aquí comienza el estoicismo del Mono Mendoza.

Gracia y talento de un estudiante genial

Iván Posada, otro de los compañeros, me recuerda que el Mono creó en la primaria el primer microscopio estudiantil y en el bachillerato hizo el primer proyector de cine para ver porno y clásicos del cine mundial. Sorprendía tanto a compañeros como a profesores. Nunca manejó egos ni ínfulas de ser mejor. Era sencillo, culto, con un alto sentido del humor, pero realmente era superior. Fue el mejor de la clase en todos los temas, especialmente en química con el profesor Puentes, a quien le escuchaba la clase pintando cómics de los temas expuestos, pero cuando le preguntaban contestaba acertadamente, y después convertía esos cómics en cuentos e historias con sentido burlesco, recuerda Fredy Tita Gómez, otro gran compañero.

Adicto al casabe con Pepsi, comía en las tardes con Javier Castellar donde doña Inés, la mamá de las Bustamante, frente a Pacha, la tienda de la esquina de la calle del Tejadillo con Estanco del Aguardiente, debajo donde vivía el Guayaba, un anciano maricón a quien se le molestaba y se enfurecía y Germán le gozaba su furia. Alfredo May sufría con Germán porque en clase de química, con el profesor Puente, cometía errores y el profesor le decía “¡Qué bárbaro!” y Germán se la recordaba en la calle: “May, ¡qué bárbaro!”.

El profesor Hegel, de Física, también tenía lo suyo y Germán se lo gozaba. Una vez le preguntó si era probable que ocurriera un maremoto en Cartagena y el profesor Hegel le contestó que lo que veía ocurrir era un maremoto de maricas en La Esperanza. (Le puede interesar: 10 textos para recordar a Germán Mendoza Diago)

Tiempos bellos donde disfrutábamos en ritual la música y el cine, sin fumar nada, que quede claro. En su casa de San Diego escuchábamos a Pink Floyd y a los Rolling Stone, entre otros y en LP, también frecuentábamos el cine para imitar y reírnos con el genial actor Louis de Funes o con los clásicos del talentoso director Francois Truffaut, el clásico musical Tommy con Roger Daltrey, ‘Naranja mecánica’ de Stanley Kubrick, entre otras.

Por lo genial y original, admiraba a Víctor Enrique Nieto y se lo presenté personalmente cuando Víctor Enrique regresó de Berlín, después de haber actuado en la película de su amigo R.W. Fassbinder: ‘AlexanderPlatz’. Ahí Germán lo saludó y le preguntó que “cómo estaba” y ‘Víc’ le dijo: “Aquí, comiéndome una papaya”. En los siguientes quince años Germán no paró de reír y celebrar esa original respuesta de ‘Vic’.

Imagen GERMAN MENDOZA DIAGO

El Hamlet que siempre vivió en Germán

Premonitoriamente, a la edad de 15 años dirigió y protagonizó una versión estudiantil de ‘Hamlet’, la obra inmortal de William Shakespeare, cuando cursábamos quinto de bachillerato en el año 1975 en el legendario Colegio de la Esperanza. Fue en la semana cultural que organizábamos con el Profesor Alberto Sierra. Esto me lo recordó el compañero de clase Alberto Ulloa, hoy médico psiquiatra, quien -como muchos otros- disfrutaba el privilegio de compartir la divertida y genial amistad de Germán, sobre todo en los talleres de terapia grupal de orientación psicoanalítica del Profesor Bernardo Saray sobre “inconformidad existencial”. Entre otras cosas, allí conocimos a Federico Nietzsche y a Hermann Hesse.

Asumir el reto de desafiar la esencia del ser no era cosa común en los jóvenes y eso nos marcó, pero a él más y hasta el último día de su vida, es decir: el Mono, en la primera etapa de su vida, fue acción y al final fue comunicación.

El estoicismo del Mono y su nobleza de espíritu afloraron siempre por su fortaleza o autodominio sobre su propia sensibilidad, su serenidad, por su carácter ante la adversidad y el dolor, igual que le sucedió a Hamlet, el personaje que vivió siempre en él. (Lea también: El Mono Mendoza viene con una espada de luz)

“Ser o no ser”, esa fue su cuestión ante la disyuntiva de “permanecer impasible ante los avatares de una fortuna adversa o afrontar los peligros de un turbulento mar y desafiándolo para terminar con todo de una vez”, esa fue su carga de ser ingeniero o hacer la mejor carrera en el periodismo.

Recuerdo su monólogo en la obra: “Morir es dormir y acabar los padecimientos por el miedo a soñar y prolongar las desdichas. ¿Quién soportaría a los azotes y desdenes del mundo, las injusticias de los opresores, los desprecios de los arrogantes, el dolor del amor no correspondido, la desidia de la justicia, la insolencia de los ministros y congresistas y los palos inmerecidamente recibidos? Pero el temor nos hace concluir que es mejor el mal que padecemos que el mal que está por venir”. La ingeniería electrónica de la época lo limitaba y, como un león rugiente, hizo pedazos su jaula para ser libre y se entregó a la comunicación para estar más cerca de lo humano.

Nos sorprendió explorándose como columnista o crítico de cine, que fue su génesis en el periodismo, pero lo quiso hacer como el mejor, propio de su esencia y que todos hoy lo encasillan como un maestro del Periodismo, pero realmente Germán fuè más que eso. Germán es el genio que perdió Silicon Valley, el valle donde ocurren los inventos más grandes del mundo por gente única, como Germán.

Concluyo que Germán Mendoza Diago no ambicionó riquezas, vivió dos etapas: la primera con nosotros, en donde fue acción o explorador; y la segunda, en la que fue verbo, es decir comunicador.

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