Facetas


Historias sobre VIH: cuando más oscurece es que ya va a amanecer

Ella supo que estaba contagiada tras un examen de rutina durante su embarazo. Para él, todo comenzó con una “simple” fiebre.

JULIO CASTAÑO BELTRÁN

28 de noviembre de 2021 01:26 PM

La vida de Anastasia* se partió en dos el 26 de junio de 2001: de estar absolutamente feliz por la dulce espera de su segundo bebé, pasó a la incertidumbre de enterarse, por un examen rutinario para las embarazadas, que era portadora del Virus de Inmunodeficiencia Adquirida, VIH.

Cuatro años después, en el 2005, Josué* experimentaría la misma sensación de incertidumbre: acababa de cumplir 20 años cuando le diagnosticaron VIH.

Es importante tener en cuenta que las personas con VIH que reciben tratamiento antirretrovírico (TAR) y han suprimido la carga vírica no transmiten el VIH a sus parejas sexuales.

Ambos, cuyos nombres por razones de privacidad e intimidad fueron cambiados, nos cuentan sus historias para llamar la atención de jóvenes y adultos y alertarlos sobre una condición para la que la humanidad no ha encontrado cura. También quieren instar a las autoridades de salud para que los tengan en cuenta y les brinden apoyo institucional. Le puede interesar: Vivir con VIH SÍ es posible.

Coincidieron en afirmar que su vulnerabilidad, los hace víctima de aislamiento y discriminación, cada uno desarrolla una actividad laboral independiente para sobrevivir en medio de la oscuridad. Afirman que las respectivas EPS le cumplen con los medicamentos.

680.000
personas murieron en 2020 por causas relacionadas con el VIH y 1,5 millones resultaron infectadas por el virus.

Anastasia

Anastasia tiene 49 años y me cuenta que cuando tenía 24 se casó con Federico*. Tuvieron su primera hija y cuatro años después se separaron.

“Un día discutimos y no pensé que íbamos a tomar rumbos distintos, pero pasó... Mi mamá, a quien considero correcta en sus cosas, de corte tradicionalista, nunca estuvo de acuerdo con la separación y lo primero que hizo fue insistirme en que no permitiría que yo me reorganizara y jamás lo hice, por respeto a sus consejos. Yo me sentía triste porque mi compañero no estaba conmigo y yo estaba criando sola a la niña, eso me estresaba. Pero la vida me marcó con algo inesperado”. Lea aquí: Mujer, puedes salvar a tu bebé del VIH.

Pero la separación no fue definitiva y cuatro meses después, volvieron. Dada la insistencia de su mamá, Anastasia recibió al papá de su hija con los brazos abiertos, se perdonaron y volvieron a convivir. La felicidad volvió a aflorar en ella aún más con su segundo embarazo, pero se marchitó al séptimo mes, cuando le diagnosticaron VIH.

Reciba noticias de El Universal desde Google News

“Eso me cayó como un balde agua fría o caliente, no recuerdo, solo sentí que se me cayó el mundo. Yo sabía que de mi parte no era el contagio. Mi mamá se enteró y lógico: se puso brava, le comenté a mi suegra sobre el caso y ella reaccionó de la misma forma; me contó que su hijo, en los meses en los que estuvimos separados, estuvo con una joven del barrio. De ahí sacamos la conclusión. Mi hija, gracias a Dios y a los controles médicos, nació sin complicación alguna, no se contagió. Cuatro años después de su nacimiento, Federico se complicó y murió”, recuerda.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el VIH se ha cobrado 36,3 millones de vidas.
A finales de 2020 había 37,7 millones de personas que vivían con el VIH.

Anastasia ha sabido siempre que tras el diagnóstico hay una cosa que puede pesar más que la enfermedad misma y es el estigma. Y duele. Le duele y le parece grave que a sus dos hijas en un tiempo les negaron los cupos en los planteles educativos: las señalaban por ser hijas de una VIH positiva, pero, gracias a unos docentes que conocen la situación familiar, lograron terminar de estudiar. Ahora, tienen 20 y 24 años y esperan que las apoyen con una oportunidad laboral.

Y es que la vida encuentra la forma de reacomodarse y nuestra Anastasia volvió a enamorarse; de esta nueva relación nació otra niña, que hoy tiene 11 años que goza de salud y del infinito amor de toda su familia.

No hay cura para la infección por el VIH, pero se ha convertido en un problema de salud crónico tratable que permite a las personas que viven con el virus llevar una vida larga y saludable.

Josué

La palabra pesadilla se queda corta para describir la experiencia de Josué. Todo comenzó con una aparentemente simple fiebre. “Yo trabajaba en un centro comercial y estaba expuesto a sol y agua, amanecí cierto día con gripa y fiebre, no le presté atención pensé que podría ser pasajero producto de un resfriado”, recuerda ahora, tantos años después.

Un familiar suyo que era profesional de la salud le recomendó practicarse una serie de exámenes que, finalmente, indicaron que algo estaba mal. Vinieron más estudios y una difícil certeza: era VIH positivo.

“Le comenté a mi abuela y ella rechazó mi diagnóstico; dada su negligencia en aceptarlo, la llevé al médico para que le explicaran sobre mi caso

Josué*, nombre cambiado.

“Pero cuando me dieron esos resultados, la vida me dio un giro, pero lo asumí con valor, solo le pedí a Dios que me ayudara a salir de este error”, agrega el chico que hoy tiene 36 años y asegura haber perdonado a la exnovia que lo contagió. “Le comenté a mi abuela y ella rechazó mi diagnóstico; dada su negligencia en aceptarlo, la llevé al médico para que le explicaran sobre mi caso, pero ella no fue consciente en ese momento. Un tiempo después aceptó mi condición y me apoyó”.

La vida de Josué cambió, así como la de su familia: todos terminaron mudándose de aquel pueblo donde se contagió.

Reciba noticias de El Universal desde Google News
  NOTICIAS RECOMENDADAS