La plácida nostalgia colma la sala. El tiempo se detiene y la luz tenue se agota.
Son casi las 5:30 de la tarde en Cartagena y el ocaso se cuela por los ventanales, pero no hay prisa, estoy esperando a Judith Porto de González.
El horizonte desde el patio de la escritora y dramaturga cartagenera es una vista perenne que resulta hipnótica. Ahí, a la orilla de la bahía, se escribieron historias que solo su dueña ha de contar y no alcanzamos a imaginar.
Me incorporo rápidamente al ver descender por las escaleras a una mujer revestida en tonos azules, cuya elegancia bien administrada no descuida ni exagera los detalles.
Su semblante conserva ese halo de distinción que transmiten aquellas pinturas que Enrique Grau le hizo durante su vida.
“Enriquito y yo crecimos juntos. Y siempre me decía: ‘yo te quiero pintar’. Entonces me sentaba y me dibujaba, por eso tengo tantos cuadros de él”.
Tiene 92 años, si necesitan precisión, y cada uno de ellos se los ha dedicado a Cartagena.
Su huella indeleble en la historia fue escrita a mano en piezas magistrales que le han merecido el reconocimiento de sus pares, incluso en una época donde no era usual que una mujer ocupara tan altos menesteres.
“Escribía desde chiquita porque mi papá (el senador liberal Ismael Porto Moreno) me decía que yo iba a ser escritora de cuentos y de todo lo que se me ocurriera, pues él me iba a encaminar. Así que todo lo que veía, lo escribía. Mi papá me corregía y mi mamá (Margarita Calvo Martínez) me alcahueteaba”.
Pero mamá ‘Juyi’, como le dicen de cariño, va más allá de las biografías o las reseñas que resaltan las proezas de su juventud o sus trabajos en la madurez. Era una mujer destinada al genialidad por su sensibilidad innata.
“La que me inició en el teatro fue mi tía Hortensia Núñez de Calvo, ella organizaba obras en una terraza al lado de mi casa y todo el vecindario, que además éramos familia, íbamos a las comedias. Y a mis papás les encantaba leer”, recuerda.
Desde temprana edad comenzó a publicar sus textos, sin premuras, sólo por el placer de escribir cada día sobre la ciudad, su gente y sus costumbres.
“En algún momento, durante una corrida en el circo de toros, mi papá se encontró con el doctor Domingo López (fundador del periódico El Universal), y le dijo: ‘Tu sabes que ella está escribiendo’. Y él respondió: ‘Ah no, le voy a abrir una página y que ella me escriba a diario’. Entonces yo seguí escribiendo. Me dieron las notas sociales y así comencé a escribir en El Universal”.
“¡Tú sabes lo que es ver tu nombre en el periódico!”, me dice. “Te da susto y te da alegría al mismo tiempo”, como si supiera que siento lo mismo, en especial con estas líneas.
A través de su gusto por la música y la pintura se forjaron las amistades de su vida y con ella la ilusión de conocer el mundo mediante las expresiones artísticas.
“Grau se ganó una beca para ir a Nueva York, y mi papá me había mandado a estudiar violín allá. Juntos recorrimos todos los museos, galerías y óperas de la ciudad. Nos pasábamos el día viendo pinturas, y así aprendí tanto. Éramos como hermanos”.
También disfrutó de la amistad del pintor Alejandro Obregón, del historiador Gabriel Porras Troconis, del poeta Luis Carlos López, de Eduardo Lemaitre y de su primo Lácydes Moreno Blanco, con quien mantiene todavía contacto.
Su inicio prolífico le valió el Primer Premio Nacional de Literatura de Cartagena de 1949, por el cuento “A caza de infieles”, y luego un espacio en el diario El Tiempo.
Con su obra de teatro “Pilares vacíos” demostró estar un paso adelante de su generación en temas como drogas, prostitución y homosexualismo. Por ello recibió el Premio Nacional de Teatro de Cali con Enrique Buenaventura.
“Eran temas tabú, yo me atreví porque no sabía que era malo”, asegura.
Como mujer, se resistió a las usanzas sociales de estar siempre en el hogar encargándose exclusivamente de la crianza de sus hijos o a jugar cartas.
En cambio se comprometió con las dos cosas que más ama: su familia y Cartagena, desafiando a su tiempo y a los cánones de una sociedad inscrita en el clasicismo colonial.
Destinaba sus días a ayudar a través de la educación a los niños de barrios deprimidos, una labor social combinaba con su oficio de escritora y su rol de madre y esposa. Durante muchos años dirigió la Extensión Cultural de Bolívar, procurando brindar un poco de la magia de las artes y promover los talentos del Departamento.
“En esa época las mujeres eran consideradas de la casa, tener hijos y más na’. Eso sí, jugando cartas a mediodía y por la tarde. Pero yo nunca aprendí. Y no era natural que una jovencita y mujer escribiera”.

