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La historia de Bernardo Machado y su última fotografía

Falleció en el sigilo del atardecer del domingo pasado, en una habitación del Hotel Bellavista, el fotógrafo Bernardo Machado.

La historia de Bernardo Machado y su última fotografía

Bernardo Machado.//Foto cortesía Eparkio Vega.

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El domingo 20 de febrero, Bernardo Machado despertó con la sensación liviana de que el mar entraba como un viento arenoso a su alcoba. Su gato estuvo toda la madrugada vigilando su sueño y su respiración fatigosa. El viento se volvió helado entre los almendros y el rumor del mar cada vez más lejano, a pesar de tenerlo tan cerca. En los últimos días, Bernardo había empezado a despedirse de todas sus pequeñas pertenencias. Se bañó y se vistió como si tuviera una cita urgente con Alejandra Patiño, su mujer, con la que vivió siempre y con la que todas las madrugadas salía a recorrer las playas de Marbella y a zambullirse como en los primeros años que llegó a Cartagena, desde su natal Medellín. Ahora se bañaba solo en ese mismo mar donde había sido tan feliz con ella, desde 2020 en que Alejandra Patiño se fue apagando y le pidió que sus cenizas reposaran en Marbella. Lea aquí: Flores al mar, tumbas entre las olas: Crónica de despedidas

En la mañana de su muerte, su gata, que intuyó el final de Alejandra, salió espantada de la alcoba, en un duelo sin consuelo. Con la pandemia la vida lo fue cercando en la soledad despiadada y brutal, refugiado en la habitación donde había vivido más de treinta años en el entrañable e inolvidable Hotel Bellavista, cerrado después de la peste. Un buen amigo narrador de ficciones, Pedro Badrán, anticipó en uno de sus cuentos que el hotel se cerraría y sería demolido, y con la pandemia, el cuento empezó a cobrar un patetismo inminente, y Bernardo sintió que estaba viviendo en carne viva la legítima demolición de las ilusiones en las eternas noches de viudo. Bernardo se dijo en silencio frente al mar: ¿Adónde voy a ir a estas alturas del mundo y la vida? Su vida era ese mar y esa habitación de hotel, y los viejos amigos que empezaron a morir uno tras otro en la impiedad de la pandemia.

Un reportero frente al mar

Bernardo Machado fue uno de los grandes reporteros gráficos de Cartagena de Indias, y sus imágenes, retratos y episodios de la ciudad, aparecieron en diarios y revistas de la ciudad y el país. Bernardo trabajó como corresponsal de la revista Cromos en los años setenta, y con su cámara retrató a múltiples personajes nacionales y extranjeros que pasaron por Cartagena de Indias, por aquellos años. Bernardo eligió el retrato en blanco y negro, y el ángulo panorámico e intimista de la ciudad con su gente. En los últimos años había revisado su arsenal de recuerdos y se había consagrado a intervenir digitalmente a color las imágenes que había captado de la ciudad en blanco y negro. Sus fotografías son un testimonio de la ciudad que ya no existe. La del viejo muelle y el mercado público, la de los personajes efímeros y perdurables de la vida cotidiana, callejera, de barriada y de esquina, la de los pescadores tempraneros que apuntalan su atarraya tras el pargo rojo, la de los carretilleros del mercado con su viaje de plátano verde, la de los mercaderes de ilusiones en lanchas y barcazas de madera rumbo a los pueblos de la bahía, la de los mástiles mudos ante el alarido de la brisa con aleteos de pelícanos y maríamulatas. Hacía unos años había expuesto sus fotografías por iniciativa de su amigo Eparkio Vega en la Galería Libro Café, y su amigo el poeta Hernando Socarrás, y luego, había aceptado el desafío cotidiano de ofrecer sus propias obras en uno de los escaños de la Playa de la Artillería, en donde los turistas siguen comprando artesanías, réplicas de gordas de Botero en miniatura y, poco antes de la pandemia, fotografías de Bernardo Machado. Allí estaba él con su mujer, Alejandra Patiño, quien le había propuesto hacer bolsos con las imágenes de sus fotografías intervenidas a color. Muchas de ellas las había impreso sobre lienzo y papel de acuarela. Y eran, de verdad, una maravilla de la sensibilidad artística. Bernardo había conjugado a lo largo de su vida el aprendizaje compartido con sus amigos artistas: una fotografía era algo más que un instante irrepetible, un documento de la historia cotidiana, y en momentos supremos, la fotografía en sus manos alcanzaba una altura de creación personal, perdurable en su belleza y en su enfoque estético. Muchos acuarelistas, al ver sus fotografías intervenidas a color, coincidían en que las imágenes de Bernardo parecían trazos a mano alzada. Lea también: Magia fotográfica

Se despidió de todo

Luego de la muerte de su esposa Alejandra, todo empezó a declinar en la vida de Bernardo, porque al intentar salir a vender sus obras en la calle, descubrió que otros artesanos se habían tomado a la brava su pequeño reino de sobrevivencia, en su ausencia, durante el confinamiento de la pandemia. Además del encierro, la soledad de la viudez, y los achaques respiratorios de la vejez, se agregaba el desamparo económico.

Lo último que hizo Bernardo Machado fue entregarle a su amigo el biólogo Ricardo Schmalbach todas sus cámaras que le habían servido como reportero durante más de medio siglo, y le pidió a cambio que se encargara de cremarlo apenas se muriera.

Luego de vestirse, con la elegancia impecable de sus salidas con Alejandra al corazón amurallado de la ciudad, acarició a su gato con la ternura que él mismo le prodigaba todas las madrugadas, agitando levemente su cola en el pecho adolorido por la respiración fatigosa. Bernardo almorzó y se acostó en su cama. Cerró sus ojos. Se dejó morir en silenciosa y serena plenitud. Su gato estuvo allí todo el tiempo, más allá de su muerte. Siguió allí esperando que despertara, hasta que Enrique Sedó Talazac, el propietario del Hotel Bellavista, se enteró de que su amigo e inquilino había emprendido el último viaje. Su amigo Ricardo intuyó el final, y apareció en el hotel para asumir el pacto fúnebre de llevarlo a cremar. Enrique dejó la ropa de Bernardo sobre la cama para consolar al gato. Y el gato se arropó con la camisa y los pantalones de Bernardo, aferrado a su olor, a su recuerdo, como al humo que se pierde en el aire. La gata de Alejandra no volvió después que murió ella.

Al morir, Bernardo deja una bella obra fotográfica de Cartagena de Indias desde los años sesenta, en la que emerge una ciudad ausente en tonos sepias y dorados y donde aún resplandecían los ocasos perdidos de la memoria. En esas fotos aún puede percibirse a ese ser quijotesco con una gracia transgresora, rebelde, y un gran sentido del humor.

Epílogo

Las cenizas de Bernardo serán esparcidas sobre las aguas de Marbella en el mes de marzo, en la morada errante en la que está Alejandra, esperando reencontrarse con él entre las olas.

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