Facetas

La historia que encierra la Cárcel de San Diego

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CRISTIAN AGÁMEZ PÁJARO
08 ABR 2018 - 12:30 AM

Al pasar por la Cárcel de San Diego, en la calle del Campo Santo, un vecino me cuenta que una vez, hace muchos años, dos reclusos entraron en su casa. Se metieron por el techo, lo obligaron a callar y se escondieron bajo una cama para luego huir por la puerta principal. Se fugaron.

Y recuerda también cuando presenció una golpiza de ‘padre y señor nuestro’ a un detenido. “El señor estaba tomando licor con una dama en Bocagrande, pero a la hora de la verdad, cuando ya iban a acostarse, se dio cuenta de que no era una mujer, era un travesti. Ese era el detenido”, recuerda. Tiene infinidad de anécdotas, como muchos vecinos, sobre el reclusorio que alteraba al barrio con fugas y motines constantes. 

Purgar culpas
El mercader portugués Jorge Fernández Gramajo donó el convento de San Diego, quizá como una forma de expiar sus culpas por comerciar con esclavos. Funcionó entre 1608 y 1821 (213 años), según el libro ‘Bellas Artes como historia de Cartagena’. Después el claustro albergó a la Escuela Náutica, entre 1822 y 1833. A partir de ese año, se convertiría en un lugar para purgar culpas. En ese año apareció la cárcel, hasta 1968.

Se dice que varios reos murieron en 1895, cuando estalló la planta eléctrica de Cartagena, donde hoy están las escuelas salesianas. Luego de penitenciaría, el claustro pasó a ser hospital psiquiátrico, entre 1968 y 1976, cuando finalmente se convirtió en la escuela Bellas Artes.

Sobre el cementerio
La huerta de San Diego (parte trasera) había pasado a ser propiedad del Estado en 1882. En 1938 decidieron derribar  una bellísima casa antigua que estaba en ese lugar, para hacer un nuevo edificio. Este albergaría a las oficinas de la Industria Licorera de Bolívar, que para aquellos tiempos producía, en una planta en Turbaco, Ron Blanco, Anís de Coco, Naranja y Seco, se lee en una investigación del arquitecto Fidias Álvarez.

Donaldo Bossa Herazo anota, en el libro ‘Nomenclator Cartagenero’, que “la enorme casa alta destruida para lograr ese propósito (el de construir el edificio de la Industria Licorera) era bellísima”. Agrega que en la “casa alta número uno de la calle del Camposanto”, en el año 1780, vivían Isodoro, Anacleto y Francisco Esquivias, con seguridad ascendientes de Pedro Esquivias, compadre de Rafael Núñez y de Soledad Román de Núñez.

“El convento tenía su cementerio en la parte trasera, y este (el de la cárcel) era el espacio donde ellos enterraban a sus muertos”, añade el gestor cultural y vecino  Martín González Sánchez. Según el ‘Nomenclator Cartagenero’, de allí proviene el nombre de esa calle: Camposanto.

El nuevo edificio
El edificio, construido en 1938 para las oficinas de la licorera, es estilo art deco. Eso explica el arquitecto cartagenero Jaime Correa Vélez, restaurador del convento, y menciona que frecuentemente hay quienes piensan que colonial, republicano y art deco, es lo mismo. Este último surgió en la década de los 20 y no es menos importante. Lo tienen el Rockefeller, el Empire State y más de 30 manzanas de edificios de Miami Beach. Hasta la misma estatuilla de los Oscar es art deco, dice el arquitecto Correa


Ese edificio siguió como sede del ‘monopolio de licores’ hasta 1952, cuando trasladó sus instalaciones al barrio El Bosque. “Recuerdo que de una parte de las bodegas, creo que quedaron siendo propiedad de la licorera, salían todos los años las carrozas para el bando. Ahora esa zona hace parte de Bellas Artes”, sostiene Martín González. Luego se instaló ahí la cárcel.

De hombres y mujeres
“Eso primero fue la Comisaría Permanente de San Diego, quien lo administraba era el doctor Tarrá. Uno de los personajes de terror más famosos que estuvo preso ahí fue Carlos Franco. Estos personajes tenían especial tratamiento, les permitían sentarse en la entrada, con sus escoltas. Esa era una cárcel de transición, quienes no habían sido juzgados los ponían ahí y luego, si los condenaban, los pasaban a Ternera”, narra el historiador Federico Herrera.

El director de la cárcel en 1992 era Enrique Izquierdo Puello. Él explica, en un video de YouTube, que cuando llegó a dirigirla ya la penitenciaría era mixta, pues años atrás la cárcel de mujeres del Buen Pastor (hoy Liceo Bolívar) había cerrado sus puertas y enviado a sus internas a San Diego.

“No había guardianas mujeres, sino hombres. Muchos reos hombres se cruzaban hacia la zona de las mujeres y salían mujeres embarazadas, nunca se sabía a ciencia cierta quiénes eran los papás. Estas mujeres guardaban el secreto de cárcel (...) La cárcel estaba calculada para 90 personas y llegamos a tener casi 300. Éramos el director, una secretaria y una trabajadora social”, recuerda. Se dice que fue una de las épocas de promiscuidad, fugas masivas y motines, en los que los reos rompían placas de paredes deterioradas para armarse con piedras.

La guardiana Antonia Suárez llegó años después, en 1994, luego de un curso de tres meses con el Inpec. Hoy es la más antigua. “En ese entonces, éramos cuatro guardianas arriba, custodiando a las mujeres, y ocho guardianes abajo, con los hombres. Las internas que tenían sus esposos abajo, el domingo era el día en que se visitaban.Ya después enviaron a los reclusos a Ternera y solo quedaron aquí las mujeres”, dice.

Y recuerda mucho la fuga de una guerrillera que logró burlar la guardia y era esperada por una moto de alto cilindraje en una esquina. La moto la llevó hasta Chambacú, donde abordó una buseta, pero su plan se frustró en La Boquilla, donde la capturaron.

¿A dónde irán?
Aquel edificio art deco ya está viejo y muy deteriorado. En sus últimos años, la Cárcel de San Diego se ha destacado como un verdadero lugar de resocialización gracias a los talleres y capacitaciones que reciben sus cerca de 120 internas y por el Restaurante Interno, una iniciativa en la que ellas mismas atienden al público.

Antes del 1 de abril, el Distrito de Cartagena debía definir un lugar para trasladar a la cárcel. Entre varias opciones está un edificio del barrio Arroz Barato. Sin embargo, nada se concreta aún. La directora, Judith Figueroa, dice que en el nuevo sitio se continuará con las actividades de resocialización, pero no se sabe qué pasará con Interno, emblema de este proceso en San Diego. Cuando se vaya, si es que algún día se va, la cárcel arrastrará consigo décadas de historia del barrio que la vio nacer.

Foto: Archivo/Ilustración

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