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La verdad tras la obra y vida de William Shakespeare

El dramaturgo inglés goza de una enorme reputación, al punto de que se le ve como una suerte de “genio universal” y a veces como un filósofo. ¿Qué tan cierto es esto?

Mi interés en el teatro de William Shakespeare empezó como simple curiosidad por consultar la obra de un escritor laureado y luego se convirtió en un intento por desentrañar “quién” era ese autor ya muerto hace siglos y cuál era su visión personal de la vida. En ese camino, descubrí que la imagen popular de él y de sus trabajos estaba errada en muchos aspectos. Escribo aquí solo algunos de los principales:

1. Shakespeare no venía de una cuna pobre: su padre, John Shakespeare, era un guantero y talabartero que llegó a tener varias posiciones importantes en su pueblo natal, Stratford-upon-Avon, incluyendo la alcaldía. Su madre, Mary Arden, era miembro de una familia acomodada que había prestado servicios militares a Henry VII, el abuelo de Elizabeth I. Como todos los muchachos de clase media de la Inglaterra isabelina, William Shakespeare asistió a lo que en ese tiempo se llamaba “grammar school” (escuela de gramática). Ahí, los niños de 7 a 14 años recibían lecciones de aritmética, lengua inglesa, literatura, catequismo, griego y, sobre todo, latín. Nunca fue a la universidad, pero eso no le hizo falta para interesarse en la poesía y, más tarde, en el teatro. Con lo que ganó en el mundo de las tablas hizo inversiones comerciales. Luego se compró la segunda casa más grande de Stratford, un escudo de armas y vivió en relativa prosperidad hasta su muerte. (Le puede interesar: Encuentran primera obra de Shakespeare llegada a España)

2. No era el único dramaturgo de su tiempo: el teatro era una de las principales diversiones de los ciudadanos ingleses de los siglos XVI y XVII. Por todos lados había dramaturgos asociados en compañías teatrales, escribiendo, actuando y colaborando en obras comisionadas por los patronos (mecenas) que los financiaban. Algunos de los escritores más notables de aquel entonces fueron Thomas Kyd, Christopher Marlowe, Ben Jonson, John Fletcher, Francis Beaumont, John Webster, John Ford, Thomas Nashe, Thomas Dekker, Thomas Middleton, George Peele y William Rowley. Shakespeare escribió obras con algunos de ellos y también los usó como modelos literarios, particularmente a Marlowe. Además, fue co-propietario del grupo Lord Chamberlain’s Men (luego llamado The King’s Men).

La verdad tras la obra y vida de William Shakespeare

3. No siempre gozó del estatus que tiene hoy día: “el bardo” vivió en un tiempo en el que los autores no eran tan importantes. Los nombres de los actores y de la compañía eran los que vendían, no los de los libretistas. Shakespeare, que también actuaba, era visto como un escritor talentoso, respetado y a veces criticado (sobre todo por su amigo Ben Jonson), pero no despuntaba por encima de todos los demás. De hecho, Marlowe, Jonson y Fletcher-Beaumont siempre lo superaron en popularidad. Su elevación a la categoría de “genio universal” llegó con el siglo XIX. Fue entonces cuando Inglaterra se convirtió en el imperio más poderoso del mundo y comenzó a utilizarlo como emblema nacional, pues, con algunas modificaciones, sus obras se ajustaban fácilmente a los valores y el gusto de la sociedad victoriana.

4. Nunca fue un humanista proto-igualitario: el teatro de los tiempos de Shakespeare estaba hecho principalmente a la medida y gustos de los nobles. Hubo libretos que criticaron fuertemente a esos círculos (y que fueron censurados o llevaron a sus autores a la cárcel) y otros en torno a personas comunes, pero Shakespeare poco se interesó en hacer comedias de ciudad o comentarios mordaces. Al igual que Marlowe, privilegiaba los temas de carácter mítico e histórico. A diferencia de él, tenía una clara afinidad por los personajes y los ambientes cortesanos. Para entender a Shakespeare, es necesario entender el modelo de sociedad que primaba en la mente del ciudadano inglés promedio: la Gran Cadena de los Seres. En este esquema, Dios estaba a la cabeza de todo y delegaba su poder a los reyes y los papas (no hace falta decir que esa idea se prestaba para muchos abusos).

Es por este modelo de sociedad que en las comedias de Shakespeare los nobles siempre mantienen un aire de dignidad, mientras que los personajes de las clases bajas hacen observaciones ridículas cada cinco minutos.

En Cimbelino y en El cuento de invierno, los hijos de reyes nacen orgullosos y refinados, aunque no se críen en un castillo. En Julio César, en Macbeth, en Hamlet y en sus obras históricas hay un dejo de compasión por los monarcas y los príncipes legítimos, así sean ineptos o malvados. La “masa”, la ciudadanía, entretanto, tiende a ser fuente de desconfianza, una entidad informe que es fácil de manipular y de incitar a la violencia. Enrique IV, Enrique V y Enrique VI tienen soliloquios donde revelan sus angustias, el peso de sus responsabilidades y su deseo de llevar una vida más tranquila, pero de todos modos se aferran a su poder con uñas y dientes. “Intranquila duerme la cabeza que lleva una corona”, dice Enrique IV, poco se dice de la cabeza que a duras penas tiene un techo. Hay matices en los libretos de Shakespeare, eso no se puede negar, pero él siempre se mostró más partidario de los poderosos y estaba lejos del tipo de denuncia socioeconómica que hizo famoso a Thomas More en su Utopía.

5. La mayoría de sus obras no son “filosóficas”: esto no quiere decir que en las historias de Shakespeare no haya espacio para la reflexión o las preguntas. La cuestión es que él hacía ante todo teatro “de acción” y le interesaban más las tramas, los personajes y los conflictos interpersonales, no tanto las ideologías o los cuestionamientos morales. Predominan las quejas fatalistas del estilo “¿por qué la vida es así?” y no las preguntas tipo “¿la vida tiene que ser así?”. Hay obras donde aparecen verdaderos dilemas morales o políticos, o donde predomina la incertidumbre, como Hamlet, Julio César, Medida por medida y la tetralogía en torno a los reinados de Richard II, Henry IV y Henry V. Sin embargo, Shakespeare era más partidario de resolver esos conflictos apelando al statu quo, en lugar de hacer más preguntas, acabar en finales abiertos o hacer propuestas transgresoras, como es típico de las obras “filosóficas”. Los únicos libretos que sí cumplen con esas características a cabalidad son El Rey Lear y Troilo y Crésida.

6. Shakespeare no es “universal”: ningún autor lo es, todos están atrapados en su contexto y marcados por él, por más que aprendan sobre países extranjeros o sobre tiempos remotos. Las obras literarias no caen del cielo y tampoco perduran solo porque sí o por estar bien hechas. Si usted planea aventurarse a leer a Shakespeare, recuerde que está leyendo a un hombre inglés que vivió entre los siglos XVI y XVII, perteneció a una clase social específica, hizo teatro del bueno y del malo, vivió en una sociedad distinta a la suya, con valores e ideas distintas, y se convirtió en candidato a “mejor escritor de la humanidad” gracias a la expansión cultural inglesa.

Entonces, ¿por qué sí leer a Shakespeare? Léalo por la misma razón por la que leería a cualquier otro autor: porque le llaman la atención los temas que aborda. Si lo lee en inglés y anotado, mejor, así podrá divertirse con sus juegos de palabras y frases que “suenan bonito”. Aprécielo como apreciaría algo estilo House of Cards: historias de las intrigas y rencillas entre los miembros de las altas esferas del poder, por cuestiones personales o por intereses políticos. Es una obra donde hay de todo un poco, desde hechos históricos, hasta mitos, leyendas, seres fantásticos y contiendas entre gente quisquillosa. Para terminar, presento una lista de los libretos de Shakespeare que más recomendaría y una descripción general de sus tramas.

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Postdata. La teoría conspirativa según la cual William Shakespeare no existió y su nombre era el alias de otro autor “verdadero” (por lo general un noble) no merece mayor atención: se basa en una imagen completamente distorsionada de la sociedad isabelina.

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