Las historias cantadas de Cartagena

27 de octubre de 2019 12:00 AM

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El ciego que llegaba todas las noches al Muelle de los Pegasos con una guitarra vieja y resquebrada de tanto asolearse, y una dulzaina amarrada a la guitarra, era Julián Machado, de Rocha, Arjona. El ciego se sentó en uno de los escaños derruidos del muelle donde ahora están los caballos alados, y yo me acerqué con cierta timidez porque presentía que en la oscuridad de sus ojos y en la viveza de su rostro, podía intuir que alguien se le aproximaba. En ese instante sonó su dulzaina, cuya música era lo más parecido a un lamento. Le escuché dos canciones que me dijo eran de él, popularizadas por su lazarillo, que aprendió de él siendo un muchacho el arte de la música. El lazarillo quería aprender a tocar maracas porque iba tras la música que cantaba el ciego. Las canciones que le escuché encantado fueron ‘Las cosas de Goya’, una bellísima canción que contaba la historia de una fritanguera del mercado viejo de Cartagena que enamoraba con su sazón a los peloteros de los años gloriosos del béisbol de los años cuarenta. La picardía de la canción dice que a Goya le fascinaban los peloteros y cada rumor agregaba que la vieron un día con gran Buendía y otro día con Cavadías, pero la canción parece recoger el chisme entrelazado de alguien que pregunta y por la sonoridad de los nombres confunde de quién están hablando. ¿Con qué pelotero andaba Goya? La canción evoca a los peloteros que un 29 de noviembre de 1947 ganaron la Novena Serie Mundial, en el Estadio 11 de Noviembre, pero nos lleva también a otros años gloriosos. Aunque no todos estén nombrados, el homenaje puede abarcar Carlos ‘Petaca’ Rodríguez, Pedro ‘Chita’ Miranda; Andrés ‘Fantasma’ Cavadía; Humberto ‘Papi’ Vargas; Enrique ‘Quique’ Hernández: Roberto ‘Pepín’ Pérez, para citar algunos. La canción se hace con los apodos de los peloteros.

El lazarillo era casi un niño, huérfano de madre desde los seis años, que vivía con su familia muy cerca de la zona de tolerancia de Cartagena, en donde desde temprano le fascinó la música del Trío Matamoros y el Trío Casino de la Playa. Sobrevivía vendiendo algo en el mercado. Se llamaba Luis Guillermo Pérez Cedrón, nacido en la calle San Juan de Getsemaní. Muy joven decidió irse para el Ejército, en 1944, y al salir fue a buscar al ciego de la dulzaina para dedicarse a lo que más le gustaba: la música. En 1945, Julián Machado, el ciego, y su lazarillo se presentaron en Radio Variedades, con ‘Las cosas de Goya’, se ganaron el premio de su público, y la música no ha dejado de sonar desde entonces, como una de las mejores canciones populares de Cartagena.

Al terminar de tocarla, le pedí una segunda canción. La voz de Julián Machado era dura, grave, carrasposa como papel de lija y un dejo de tristeza salía de su alma y quedaba desparramada en la bahía. La canción me estremeció para siempre: ‘Si la vieran’. La mujer de la canción era un desamparo ambulante. Y si la vieran. Con la misma ropa anda.

Una noche me habló de que su lazarillo que lo acompañó muchos años cantando en los buses y en los bares, y al que ya nadie conocía como Luis Guillermo Pérez Cedrón, sino como Lucho Pérez se había ido a vivir a México, en donde era otro rey de la cumbia y el porro. Mucha historia había transcurrido con él cuando decidió irse. Primero Antonio Fuentes, el empresario, lo contrató y lo bautizó como Lucho Argaín. Le siguió el rastro hasta erigirse en una empresa musical: Lucho Argaín y su Orquesta Dinamita.

Las canciones de Julián Machado interpretadas por Lucho Pérez o Lucho Argaín se volvieron exitosas. El lazarillo se convirtió en uno de los grandes compositores de Cartagena, el autor de ese himno ‘El Getsemanicense’ y de canciones inolvidables como ‘Virgen de la Candelaria’, ‘La cumbia nació en Barú’,‘ Se me perdió la cadenita’, ‘Cumbia barulera’, entre otras. Su música fue grabada por Pedro Laza y sus Pelayeros, la Sonora del Caribe, Ritmo de Sabanas, los Corraleros de Majagual, entre otros, tal como lo recuerda el investigador Enrique Caviedes Hoyos al documentar 284 canciones en diversos géneros, compuestas a la ciudad, recogidas en su libro: ‘Homenaje musical a la Heroica Cartagena’, publicado en 2011. Por supuesto que ese número se ha agigantado en estos últimos ocho años. Cartagena es la ciudad que más ha inspirado canciones.

El barrio que suena

Pero al igual que las canciones que nombran el paisaje natural, humano y cultural de Cartagena, hay historias que cuentan momentos de la vida del barrio, historias del puerto, escenas de burdeles, personajes populares y acontecimientos de la existencia colectiva. Getsemaní, Torices, Chambacú, San Diego, Marbella, Pie de la Popa inspiraron muchas canciones. Bastaría escuchar la canción de Lucho Bermúdez ‘Marañones de Torices’, para saber que en la primera mitad del siglo XX, se sembraban marañones en los patios cartageneros, y se asaban para el desayuno o el almuerzo. Pero que en Torices además del árbol de marañón, había un Club Social con ese nombre. La canción fue compuesta por Lucho Bermúdez cuando vivía en Torices. Una experiencia similar le ocurrió al músico Antonio María Peñaloza cuando conoció Chambacú. De ese encuentro con los habitantes del barrio, compuso ‘Chambacú’, que ha sido interpretada por Totó la Momposina. Hay en esa canción un lamento, un reclamo, un grito de resistencia:

“Chambacú, Chambacú, Chambacú... La historia la escribes tú/ la historia de las murallas/ con sangre la escribe la canalla”.

Si escuchamos ‘Santo y parrandero’, de Pedro Ramayá Beltrán, que suena en las Fiestas de la Independencia, como un estribillo que embriaga la memoria, regresamos a un himno folclórico grabado por la Cumbia Soledeña, pero nacido en Bolívar. Pocos saben que se trata de un juglar viviente de la flauta de millo y la gaita, nacido hace 89 años en el corregimiento de Patico, Talaigua Nuevo, Bolívar:

“Por sus fiestas novembrinas/Y su Santo San Martín/llevamos alegría sin fin/ hasta tus playas marinas/y en sus horas vespertinas/ se mira la mar serena/ luego la mujer morena/ por el camellón pasea/ y el negro que la desea/ así eres tú, Cartagena”.

Pedro Ramayá Beltrán, al igual que el ciego Machado, entró al mundo de la música popular tocando desde niño la dulzaina. A sus ocho años era ya un maestro de la flauta.

Los porros que interpretaba y arreglaban Pedro Laza y sus Pelayeros, que vuelven a escucharse en noviembre, luego de más de medio siglo de vigencia, reúnen composiciones de Clímaco Sarmiento, Rufo Garrido, Manuel Villanueva, Antonio Saladén, entre otros. A Francisco Cobilla le escuché cantar ‘Dos de febrero’, una bellísima cumbia dedicada a la Virgen de la Candelaria, y escuché cantar a Estefanía Caicedo esa obra maravillosa que se llama ‘Dolores tiene un piano”.

Epílogo

La música es historia cantada. Un día regresé al muelle y me dijeron que el ciego de la dulzaina había muerto. Pocos años después, en 2002, también murió el antiguo lazarillo. Todo desapareció, como la música en el muelle. Pero la música de los dos vuelve a sonar como algo invencible en el tiempo, más allá de la coyuntura de las Fiestas de la Independencia que tanto enriquecieron con sus cantos.

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