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Los ‘Peluchines’: sustento y esperanza para Aury

En San José de los Campanos, Aury Sambrano, de 28 años, ha creado un emprendimiento que le devolvió la esperanza tras inmigrar desde Venezuela.

IVIS MARTÍNEZ PIMIENTA

13 de diciembre de 2020 12:00 AM

En la casa de Aury, diminutas partículas de relleno danzan en el aire desde la mañana hasta la noche; ella le da vida con sus manos a personajes populares de la televisión o a personajes inventados por ella. Son hechos uno a uno, con fieltro y relleno. Son los compañeros que hicieron que su vida tomara rumbo en Cartagena, después de inmigrar desde Venezuela, hace más de cuatro años.

“Mi nombre es Aury Yuleisy Sambrano Sánchez, nací en Yaracuy – Venezuela”, empieza. Su voz es como la de una niña, pese a sus 28 años. Agradecida por la entrevista con El Universal, tiene una emoción que no oculta. “Siento como si me hubiera ganado un Óscar”, dice riendo.

Confecciona cojines personalizados, peluches didácticos, peluches de acompañamiento para bebés recién nacidos, pantuflas o babuchas, cobijas y muñecas del estilo de las de trapo.

“Mi hermana mayor, Catherine, fue la que me empujó a hacer los primeros peluches para mis hijos y mi hermana menor, Karina, fue la que me enseñó a coser. Mi mamá es costurera profesional y no sé... de tanto ayudarla, como que luego le fui agarrando el gusto, ¡ahora no paso un día sin coser alguna cosita!”.

Su humilde mesa de costura es producto del ingenio de su esposo, quien la construyó en el hogar donde viven arrendados en San José de Los Campanos.

“Mi emprendimiento, Peluchines, empezó hace aproximadamente cuatro años y medio. En estos años he tenido muchas experiencias, entre ellas mudarme a Cartagena. En el camino, además de mi familia y esposo, cuento con grandes amigos que me han empujado a seguir creciendo”, dice. Detrás de su voz llena de emoción están los recuerdos de esta joven que estudió para ser maestra de Educación Preescolar. Se casó y se convirtió en madre en 2012, pero, cuando la situación comenzó a ponerse difícil en Venezuela, supo que no podía permanecer más tiempo en el país que la vio crecer.

“Pasamos muchas necesidades, entonces, pues, ya no conseguía la comida o los pañales para mis hijos; mi esposo (Luis Enrique) no conseguía trabajo y cuando intentábamos crear algún negocio, cambiaba el dólar o la política y nos afectaba”, explica.

Según Cartagena Cómo Vamos, la capital de Bolívar, por ser una de las principales ciudades del país y además por tener sectores económicos dinámicos, acoge la mayoría de los venezolanos del departamento de Bolívar. Ellos se ven obligados a ofrecer mano de obra a precios inferiores que los trabajadores locales, buscando conseguir ingresos para ellos y los familiares que tienen en Venezuela.

“El primer año fue el más duro. A los pocos meses de llegar a Cartagena, mis padres (José Guzmán y Luz Marina) se fueron a México, así que quedamos solos; por estar sin algún tipo de visa no conseguíamos trabajo, así que empecé a hacer llaveros y unas vecinitas los vendían en el Patinódromo de El Campestre y así me fui dando a conocer”, continúa Aury Yuleisy, quien decidió empezar a explorar su talento con las manualidades, en un campo donde no había tanta competencia.

Poco a poco, las cosas empezaron a mejorar, y su esposo consiguió trabajo en un parqueadero, en San José de Los Campanos, aunque admite que no ha sido fácil. “He ido aprendiendo de los colombianos a cómo vivir en Colombia”, comenta.

La historia de sus Peluchines

La mamá de Aury, Luz Marina, sin saberlo, fue quien empezó a inculcarle a su hija el que sería su arte de subsistencia en medio de la crisis.

“Mi mamá, cuando estábamos pequeñas (Aury y sus hermanas), en las vacaciones siempre procuraba comprarnos alguna revista de cualquier arte hecho a mano y eso hacíamos para distraernos y además aprender, así que en cierta manera el arte de las manos viene en nuestra sangre”, dice.

Con el tiempo, sus dos hijos, William y Samuel, la motivaron a intentar hacer eso que se veía tan bonito en el papel. “Yo veía cosas muy bellas pero, por la situación en Venezuela, no se los podía comprar, hasta un día que decidí empezar a hacerlas y, para mi sorpresa, me salían bien, así que siempre he procurado hacerles algún detalle a ellos también”, cuenta con orgullo.

Sus padres, que viven en México, siempre la han apoyado en la creación de los peluches y la han animado a seguir. Hace todo ella sola, lo hace a mano 100% y es que aunque tiene una máquina, no la sabe usar -ríe-.

Marketplace de Facebook y su página de Instagram (Peluchines Oficial) han sido las mejores herramientas de comercialización de sus productos y posicionamiento de su marca Peluchines. “Y sigo aprendiendo de marketing para saber manejar mis redes”, añade.

Aún no tiene una empresa constituida, pero sí es parte de su plan. “No quiero solo que sea algo fugaz, quiero que mi emprendimiento sea un legado, una marca”, asegura. “Me encanta cuando me dicen un personaje y, aunque no sé dibujar, empiezo a hacer bocetos de cómo será o qué le puedo agregar o qué detalle poner; me gusta imaginarlos, cómo serán y al final ver que sí quedaron como quería, aunque, aveces, los peluches son el mismo modelo, para mí son un proceso diferente y un resultado distinto”.

Aury se ve con una gran empresa formada, con peluches de Peluchines en todo el mundo y enseñando su arte a otros. “Me veo con un negocio propio y familiar, con un legado”. Para lograrlo, ha buscado trabajar, re-invertir y está abierta a cualquier tipo de apoyo educativo o de cualquier programa que se le pueda ofrecer.