Los ‘puya ojos’, parte de la fauna política local

25 de agosto de 2019 12:00 AM

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Ángel traiciona a cuanto político corrupto se le atraviesa, pero jamás a su conciencia. En Cartagena les dicen a él y a todos los de su especie ‘puya ojos’ y en Barranquilla ‘mochileros’, bautícenlos como quieran, lo cierto es que estos personajes se van activando a medida que se acercan las elecciones y están por alcanzar su clímax, la cima, el cielo con todo y los pajaritos que les pintan a los politiqueros en el aire.

“Los ‘puya ojos’ hacen parte de nuestra fauna política local. Estos personajes tienen como característica común asumir un rol de liderazgo dentro de las comunidades y la posibilidad de codearse con los políticos locales”, les prometen votos y les aceptan dinero (o regalos) a varios, aunque sean de bandos opuestos y estén aspirando al mismo cargo, es decir, les venden el alma a varios diablos, me explicó Orlando Higuera, vocero de la Misión de Observación Electoral en Bolívar, pero aquí Ángel es el verdadero experto: un ‘puya ojo’ nivel dios.

- Dime qué es un ‘puya ojo’ -le pregunto a Ángel.

- Es una persona que pega adelante, porque desafortunadamente uno dice: igual ellos van a robar, así que hay que pegar adelante.

Si tuviéramos que definir un método, diríamos que la cosa funciona así: todo comienza por el acuerdo entre un político y el ‘puya ojos’ por determinado número de votos, luego el ‘puya ojos’ construye una lista de votantes con número de cédula, puestos de votación y mesas. Se supone que esto sirve para controlar y darles garantías a los politiqueros, que deben proveer la logística de transportes, refrigerios y dinero del día electoral. Por eso, para los politiqueros es “tan importante” verificar la inscripción de cédulas en la semana de zonificación. “La inscripción de cédulas es el momento donde se configura la compra y venta de votos, y se materializa el día de la elección”, cuenta Orlando Higuera.

Ángel asegura que hay una cosa importantísima para cualquier ‘puya ojo’, casi que un ‘mandamiento’: no mostrar el hambre e ir impecablemente vestido a las sedes de las campañas. “Tienes que hacerles creer que tú no los necesitas, ellos te necesitan. ‘Compa, yo no necesito puesto, yo estoy contigo porque me gustan tus propuestas y quiero mover a la gente, no me des plata para más nada, solo para motivar más, esa gente está de este lado’”.

***

Ahora Ángel ríe. Le da tanta risa recordar el día que descubrió su ¿vocación?: estaba acompañando a una tía a un mandado al Centro y terminó metido en la sede de un candidato al Senado. “No recuerdo el año, pero llegamos y vi que le dieron un sobre con plata para ‘movilizar’ gente... ¿Y tú a qué gente vas a movilizar? -preguntó él- ¡Mijo, usted no pregunte y diga qué quiere que le compre!”. A los días, Ángel estaba inscrito como líder de su barrio y con una lista de 20 votos para ‘aportar’ a la campaña del mismo politiquero del Senado por 600 mil pesos que recibió en un sobre que decía: ‘Refrigerios y transportes’. La misma lista se la llevó a otro corrupto por $150.000.

Ángel llegó a tener un promedio de 100 votos en lista y a ‘trabajar’ para tres politiqueros al mismo tiempo... “Pero nunca he puesto un voto”, me cuenta serio. “Mira, Laura, un día de elecciones me mandaron un taxi para movilizar gente, ¿y qué gente iba a mover, si yo no tenía votos?, le dije al taxista que íbamos ‘miti y miti’, que se fuera a hacer sus carreras y no dijera nada”.

Hablando de votos fantasma, Ángel me cuenta que todavía se sorprende al recordar la vez que fue a un edificio lujoso para una reunión de ‘líderes’ y encontró una campaña que movía ¡plata, plata, plata! “Rifaron televisores y todo el mundo ganó. Me dieron dos millones de pesos para comprar votos y hasta tuve que comprometerme a hacer una reunión en mi casa”. Y como no tenía ni un solito votante se las ingenió para que el político se comiera el cuento del ‘líder’: “Organicé una fiesta en la casa con amigos del barrio y familia y cuando ya estaban prendidos les dije: ‘Para acá viene un político, así que me hacen bulla’ y así fue, ¡el político se fue más contento, imagínate, la calle estaba llena!”.

Una vez, pintó la fachada de su casa con el nombre y eslogan de un político, pero ni eso lo detuvo en su camino como ‘puya ojos’ profesional. El día que al otro politiquero se le ocurrió ir a visitarlo a la casa, él le dijo a la vecina de enfrente que le prestara la casa y todos, incluso la esposa y los papás de Ángel, fingieron que esa era la casa done vivían. “Mi amor, tráele un vaso de agua al doctor”, le decía a su mujer antes que su papá acompañara amablemente al ‘docto’ a recorrer el barrio.

¿Por qué ocurre?

“Hay diversas razones por las que este fenómeno ocurre, en primer lugar uno podría culpar a la pobreza funcional, esta pobreza es útil para los candidatos corruptos toda vez que genera un público cautivo para comprar y vender votos”, dice Orlando Higuera. Para colmo de males, “hay una debilidad en la prestación de servicios del Estado, principalmente de la Alcaldía de Cartagena”, lo cual favorece que muchos de estos líderes traten de comprometer al politiquero en algún proyecto en beneficio de su comunidad (Ángel, por ejemplo se volvió presidente de las fiestas de su barrio, estuvo en la Junta de Acción Comunal, en grupos de oración y jóvenes emprendedores y hasta en la comitiva de la reina con tal de ‘hacer algo por la comunidad’ y llamar gente). “Sin embargo, esta práctica no es del todo altruista: el interés principal para realizar las obras tiene que ver precisamente con la legitimidad de su liderazgo frente a la comunidad”, destaca Higuera.

Y la cereza en el pastel de los motivos: se ha perdido el valor de la política, “mucha gente la entiende como un negocio. Por eso, para ellos ‘no es tan traumatico’ que haya elecciones atípicas, porque solo asocian el ejercicio de la política a las elecciones, pero la acción gobernativa les importa poco o nada si no les afecta directamente”.

El día de las votaciones

“Me levanto temprano y a las ocho en punto salgo de la casa a votar por el que yo quiera, por el que a mí me parezca el mejor. Como a las dos -de la tarde-, llamo a cada político para preguntar ajá, compa, cómo vamos, cómo va la cosa, estoy moviendo a la gente. Si pierde, que es lo más seguro, porque uno tiene que trabajar es con políticos novatos (los viejos ya tienen cancha y no se dejan ‘puyar’), los llamo al día siguiente y los animo. Erda, compa, esta vez no fue, pero tenemos cuatro años para trabajar, ese Concejo va a ser tuyo”.

Y este año, ¿qué?

-Estoy retirado. Me da risa, porque en la calle hay gente que todavía me ve y me pregunta qué, con quién estás, pero estoy quieto... Aunque por ahí hay dos en remojo, vamos a ver.

***

¿Y está bien lo que haces?

-Moralmente, no, pero ajá, es la plata fácil. Uno sabe que está mal pero piensa: ¿Cómo va a ser que haya tanta plata por ahí y yo no salga a buscarla? Ah, pero eso sí, siempre he votado a consciencia, que tenga las elecciones como un negocio no significa que no vote a consciencia.

Ángel dice no sentirse orgulloso de lo que me ha contado, pero sí he escuchado a muchos aplaudirlo por ‘vivo’, ¿pero entrar en el círculo de los corruptos no es volverse como ellos y perpetuar el mal que nos ha corroído por tantos años?

Eso me pregunto siempre. Eso te pregunto ahora.

*Nombre cambiado.

Ninguno de los dos

Hay quienes dicen que es mejor ser ‘puya ojos’ que venderle el voto a un político y de verdad votar por él, ¿tú qué opinas?

Orlando Higuera: “Ninguna de las dos, es como si me preguntaras si es mejor ser jíbaro o atracador. Estamos hablando que tanto el ‘puya ojo’ como el que vende el voto incurren en delitos. Podríamos romantizar y tratar de justificar los contextos que llevan a las personas a vender el voto o a comprarlo, pero si analizamos jurídicamente el asunto, en primer lugar, entre el político y el ‘puya ojos’ se da un concierto para delinquir, del ‘puya ojos’ al votante- si hay amenazas o presiones- se configura un constreñimiento al elector. Si la relación es sin amenazas estaríamos hablando de corrupción del sufragante. Entonces, es tan culpable el que compra como el que vende. Yo no sé cuantas personas estarían dispuestas a vender la cita con un especialista en la Eps o a vender los medicamentos que les dan. Los cartageneros que venden el voto deben comenzar a generar consciencia de que están vendiendo sus derechos”.

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