Solo al verlo bajo la luz de agosto tuve la certeza de que yo había envejecido. Lo había visto actuar siendo un niño cuando presentaron Vendaval, la serie de televisión que revivía la masacre de las Bananeras, en 1974, y donde Amparo Grisales, una candorosa muchachita de Manizales, actuaba por primera vez junto a ese muchacho de Montería, de voz de trueno y mirada de halcón, cuyo nombre real parece de ficción y es Ronald Ayazo. Su padre, un comerciante de la aldea, poco antes del nacimiento de Ronald, había quedado impactado con Ronald Charles Colman, un actor inglés que se metió en los sueños de las bellas durmientes.
Ronald Ayazo, una leyenda viviente de la radio, el teatro y la televisión colombiana, quien vive desde hace nueve años en Nueva York, se alejó aparentemente de la farándula poco antes de cumplir los setenta años, pero descubrió que, a medida que se retiraba, más se acercaba a sus sueños de infancia: ser el artista integral que ha sido siempre.
Ronald nació el 7 de diciembre de 1944 en Montería, pero muy temprano viajó con su familia a Medellín. Allí estudió internado en una escuela, con una disciplina espartana que para él ha sido esencial en su formación de criatura puntual, disciplinada, emprendedora. Un hombre que jamás se bebe un trago, ni fuma ni se trasnocha y, pese a su apariencia de caribe sonreído, altivo, elegante, desenfadado, con gran sentido del humor, es un hombre meticuloso, sensible, noble y perfeccionista que cree en el Dios de Spinoza y va tras sus propios sueños.
Está convencido de que haber actuado tantos años en la televisión nacional fue uno de sus ciclos vitales y profesionales. Ronald ha consagrado su sabiduría y su experiencia en todo lo que emprende, con un espíritu temerario e implacable. Es un veterano actor autodidacta que se formó a pulso, con coraje y vocación, en una familia humilde, con un padre comerciante y una madre ama de casa, y donde no hay antecedentes de actores.
“Cuando tenía cinco años, mi mamá decidió irse a Medellín con sus tres hijos, y vivimos veinte años en esa ciudad, que fue decisiva en mi formación”. Me dice que su apellido Ayazo es una sola familia proveniente de San Pelayo. Es pariente de Alejandro Ramírez Ayazo, el creador del porro célebre e himno del departamento de Córdoba: María Varilla. Su apellido es ítalo español. (Le puede interesar: Un cartagenero tras las huellas de Julio Verne)
“La cultura paisa me dio todo y nada a cambio. Estudié interno en el colegio Clodomiro Ramírez. A las cinco de la madrugada, íbamos a misa y a las seis de la tarde, rezábamos el rosario. Me encantó el sentido férreo de la disciplina. Eso me formó el carácter. Allí aprendí que la palabra es sagrada, como el manejo del tiempo. Bogotá, luego, fue la ciudad de las oportunidades. Viví 42 años en Bogotá. Una panacea. Allí pulí la vocación y el talento. En esa ciudad de las oportunidades, prevaleció el temperamento paisa y el talento caribe. Había una ebullición artística y yo quería probar mi talento, el lenguaje de mi corazón, y entrar en ese mundo. Decidí irme a los Estados Unidos, pero primero recorrí varias ciudades. Estuve en Los Ángeles. Más tarde, en Boston, Nueva York y Miami. Estados Unidos ha sido una biblioteca abierta a las aspiraciones culturales. Nueva York es la capital universal del pensamiento”.
Te puede interesar:
Vivieron un secuestro en su propia casa y lograron sobrevivir: su historia
Actor de radionovelas y series televisivas
Antes de trabajar en la televisión colombiana, fue actor en los años setenta en radionovelas en Todelar, en Barranquilla, en una serie sobre Crimen y Castigo, de Dostoievski, y más tarde, en Caracol, en Medellín, en El Justo. Fueron años de desafío, en los que su sola voz creaba atmósferas humanas, emocionales y sensoriales que impactaban a los oyentes. Se hizo célebre su voz en las emisoras del Caribe y Antioquia. Trabajó en la serie radial Kalimán. Hizo todos los papeles, menos el de Kalimán, y luego de llegar a la cúspide de esa experiencia, sintió que el ciclo se cerraba, que era peligroso estar en un nicho de placeres y ganancia económica mientras que su vocación artística le reclamaba otros senderos en el teatro o la televisión.
Renunció a su vida de actor de radionovelas y fue liquidado con 4.800 pesos, y con ese dinero se fue a aventurar a Bogotá, sin conocer a nadie en el ámbito televisivo. Pagó quince de habitación de hotel y se quedó con el resto para sobrevivir mientras encontraba una oportunidad laboral. Fue atracado en Bogotá y los asaltantes le dejaron la cuenta en cero. Visitó Caracol Radio. Nadie lo conocía. En una radionovela le pagaron 37.000 pesos diarios. Se pasó a Todelar Radio y conversó con Gaspar Ospina. Le habló como paisa y el paisa quedó encantado con Ronald. Le hicieron una prueba en Todelar para una radionovela. En aquellos días había torneos de ajedrez entre las emisoras, y Todelar estaba en pañales en eso. Ronald le dijo al gerente que él había sido sub campeón de ajedrez en Medellín y fue contratado como profesor de ajedrez durante quince días intensivos. Y entonces Todelar, gracias a Ronald, “dio garrote en el ajedrez”.
Luego, Gaspar Ospina le preguntó, Ronald, dígame, ¿usted qué es, ajedrecista o actor? Bernardo Tobón Jr., dijo entonces: ¡Traigan a Ronald Ayazo aquí! Miriam, la secretaria de gerencia llamó Ronald y le dijo: Venga a firmar contrato con Todelar en el radio teatro. Le pagarían 4.800 al mes. Allí se encontró con la humanidad del gran actor Luis Chiape, quien le dijo: ¡Agarre ese trabajo! ¡Va a ganar más que yo, que gano 2.800 al mes! Ronald, en medio de las temeridades, siempre caía de pie. La actriz Dora Cadavid lo conoció y quedó asombrada con él y le preguntó: ¿A usted le gustaría trabajar en la televisión? Era su primera vez y entró como actor de tercera categoría en un papel de un minero en Diez centavos nada más. Luego de ese papel, pasó a ser protagonista de una serie de televisión.
En 1974 actuó en la telenovela Vendaval, dirigida por Pepe Sánchez, con un elenco integrado por Álvaro Ruiz, Julio César Luna, María Eugenia Dávila, Luis Fernando Orozco, Lucero Galindo, Amparo Grisales, Elisa de Montojo. Ronald hizo de Simón Moyano, un cojo malo en las Bananeras. Los únicos actores del Caribe eran Franklin Linero y Ronald Ayazo.
Aprender a tirarse del caballo
Ronald fue invitado a trabajar en la serie La vorágine, en 1975, basada en la novela de José Eustasio Rivera, filmada en los Llanos, bajo la dirección de Eduardo Gutiérrez. La telenovela, con libretos de Norberto Díaz Granados, fue protagonizada por Mariela Hijuelos, quien falleció en los primeros capítulos y fue reemplazada por María Cecilia Botero. En una de las escenas, Ronald Ayazo debía caerse del caballo que galopaba veloz por la llanura, debía quedar atrapado en los estribos y ser arrastrado por el caballo. Para la escena, el director quería contratar un doble que hiciera la escena de la arrastrada del caballo, previendo un accidente real. Pero Ronald dijo que se le medía a los dos momentos: la caída y la arrastrada. Cuando empezaron a filmar, en efecto, Ronald cayó estrepitosamente del caballo, quedó enredado en los estribos y el caballo lo arrastró. En tierra, él esperó el instante en que dijeran: ¡Corten! ¡Corten!, pero nadie dijo nada y el caballo seguía arrastrándolo. El equipo técnico quedó impresionado con la escena y se acercó al cuerpo yacente de Ronald: ¿Estás bien? Creían que había muerto, pero él se levantó y dijo: ¡Estoy bien! ¡No saben ustedes que tengo quince días de estar practicando esta caída adiestrado por vaqueros para hacer esa escena! Aquello fue un día glorioso en su vida y le abrió las puertas de la consagración.
La pezuña del diablo
David Stivel dirigió en 1983. para RTI Televisión, la telenovela La pezuña del diablo, basada en la novela del cartagenero Alfonso Bonilla Naar. Y escogió a Ronald Ayazo en el papel protagónico del africano esclavizado Diego León. El director le pidió a Ronald que neutralizara el acento caribe para esta serie. Lo raparon y lo pintaron de negro con una crema alemana que no se despintaba ni siquiera en el mar. Las etnias afros del país protestaron porque un blanco hacía el papel de un negro en una serie sobre la esclavización de los africanos en 1610, pero la explicación fue que en esos momentos solo estaban Christopher, cantante, y Antón Castro, escritor, pero ninguno de los dos era actor. Ronald dijo: Si aparece un actor negro, le cedo mi puesto, pero no apareció y él asumió el papel con dramática y conmovedora verosimilitud, hasta el punto que en el Carnaval de Barranquilla fue el esclavizado Diego León, representado en una comparsa centenaria de niños replicando al africano. Y Ronald se sintió honrado: el país aclamaba el profesionalismo de su papel tan difícil y complejo de un negro de Guinea escapado de las autoridades españolas, un cimarrón rebelde y batallador. Aquella tarde, Ronald miró el cielo y dijo: ¡Dios, gracias!
Epílogo
Se nos fue la tarde conversando, recordando sus papeles estelares en telenovelas como Un largo camino (1977), El caballero de Rauzán (1978), Los cuervos (1984), El faraón (1984), entre otras. Cada vez que culminaba un personaje, emprendía otro. “El enemigo del actor es el personaje de éxito”, dice.
Ronald se siente joven a sus 78 años. Está empezando un nuevo ciclo, con el mismo impulso del jinete que aprendió a caerse y levantarse en la llanura del tiempo.