Taxistas con los ovarios bien puestos en Cartagena

Taxistas con los ovarios bien puestos en Cartagena
Mujeres taxistas en Cartagena.

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El tipo la estaba ahorcando con el cinturón de seguridad y el cómplice le ‘acariciaba’ el cuello con un cuchillo. Barrio El Pozón. Tres y veintiséis de una madrugada oscura como todas, pero peligrosa como pocas para Érica Morales Díaz, la chica, la valiente chica que solía ser mamá, papá y taxista.

El cuchillo en el cuello. Sus dos hijas dormidas en la casa. El taxi. No poder ni respirar bien. Vivir. Morir. Caramba, ¿después de tanto luchar a morir ahí y así, a los 36 años? ¡Dios mío! ¿Por qué cogió esta estúpida carrera? Que no me vaya a enterrar el cuchillo, que no me mate, ¡ay, mis hijas! En el más absoluto caos, el cerebro de Érica solo pensaba cómo sobrevivir a esta trampa del hampa y el resto de su cuerpo apenas podía respirar, o al menos intentar respirar. Y entonces el del cuchillo se descuidó...

Ella, que tiene los ovarios bien puestos y lo sabe perfectamente, le arrebató el cuchillo y se lo clavó en una pierna. El primero soltó el cinturón -de seguridad-, abrió una puerta y ¡chao, papá! El otro fulano, el otro cobarde fulano, intentó bajarse del taxi, pensó que podría abrir una puerta para también salir corriendo y ya, pero por supuesto que ella no se lo permitiría: la chica usó su propio suéter: lo envolvió y lo agarró y lo apretó tan pero tan duro que las fuerzas no le alcanzaron al cobarde para liberarse, y eso que pataleó bastante. Y la adrenalina que se va apoderando del cerebro, del corazón, de la sangre, de todo, le aconsejó a Érica que agarrara el timón y que acelerara hasta el fondo, como si no hubiera ni luego ni mañana. Y se estrellaron.

“El accidente existe para que uno recuerde que nada vale nada y por lo tanto todo lo vale muchísimo”, decía el maestro Martín Caparrós en ‘Lacrónica’, y aquel choque le había reafirmado a Érica que quizá -o muy seguramente- esa madrugada sería la última pero no dejaría de luchar, ya saben, todo o nada: el estruendo de la defensa del taxi chocando contra una pared del CAI de la Policía de El Pozón sonaba a cantos de ángeles para Érica y a las trompetas del apocalipsis para el fulano. Segundos, solo pasaron segundos: salieron los policías y vieron el cuchillo y la sangre. Ella alterada, el fulano gritando que no sabía que ella era una mujer y esa mujer que volvió a coger el cuchillo...

Y le cortó un dedo. ¿Y el otro? Lo agarraron en un matorral. Y los mandaron a la cárcel dos años.

La vida de Érica no se detuvo y su taxi tampoco. De aquella madrugada han pasado años, y ella sigue aferrada al volante, agradecida porque gracias al taxi ella y sus hijas tienen qué comer y una casa propia donde descansar para salir a cumplir sueños. Érica ahora tiene 40 años y ha llegado para contarme que hay muchas más cosas buenas que malas en esto de ser taxista, y que las cosas malas terminan siendo buenas porque enseñan. El atraco de arriba, por ejemplo, le sirvió para saber por dónde y cuándo meterse. Es verdad que duró meses con miedo, “me temblaba el cloche -dice-, pero aprendí a no coger a todo el mundo y todavía me gusta trabajar más de noche que de día”.

¿Que cómo se volvió taxista? Un día de tantos que anduvo sin un peso en el bolsillo, Érica iba con una de sus hijas y se tropezó en el camino de Iluminada; la señora le dio un chance en su taxi y le dijo que los carros amarillos podían ser una buena empresa. “Siempre le voy a agradecer a la señora Iluminada, por ella he salido adelante, hasta casa propia tengo”, me dice.

Sierra Vitar, ¡Iluminada! 58 años,

28 como taxista

Asustada, hace treinta años Iluminada Sierra Vitar estaba asustada: su esposo Oswaldo Tatis estaba en el Ejército y allá murió. No lo mató una bala, un mosquito que lo picó se lo llevó en menos de veinticuatro horas. En menos de veinticuatro horas se volvió en la viuda que lloraba y al mismo tiempo tenía que pensar cómo asegurarle el pan de cada día a sus tres hijos, de 7, 3 y 1 año. “Había terminado mis estudios en secretariado ejecutivo y estaba trabajando en el Palacio del Radiador, estaba haciendo unas vacaciones. Tenía una vecina que tenía un taxi nuevecito, un Mazda 323, ella me decía: ‘Coja el taxi y rebúsquese la merienda de los niños’, yo salía los domingos, ella me convenció de que siguiera en la profesión (taxista) y yo vi que me quedaba más, estaba más tiempo con mis hijos, tenía mi propio horario y mi sueldo, y de ahí para acá he sido taxista”.

Iluminada, que ya tiene 58 años, debía estar iluminada de verdad el 25 de diciembre pasado. Jesucristo estaba recién nacido y los parranderos todavía se emborrachaban en nombre de la Navidad. “La única anécdota bien malita que tengo recién fue el 25 de diciembre, que me iban a atracar, pero los señores se arrepintieron, me lo dijeron ellos mismos. Que me iban a atracar, pero se habían arrepentido, que ellos no sabían qué era lo que yo tenía, pero se habían arrepentido”.

Y aunque jamás lo hubiera querido, ahora Daysi Hurtado Hernández no se arrepiente de ser taxista.

Daysi Hurtado Hernández: taxista “mientras siempre”

55 años, 11 como taxista.

“¡En mi vida pensé yo manejar un taxi! Es más, en la casa donde me crié había un taxi y me decía un tío: ‘Coge un carro de esos y manéjalo’... Y yo decía: ¡¿Yo, taxi?!, porque yo trabajaba en secretariado, trabajé desde que salí del colegio y nunca se me cruzó coger un carro y taxi menos (...) Cuando la edad me estaba cogiendo, no encontraba trabajo como antes. Tuve mi segunda hija y cuando pude comencé a buscar trabajo como secretaria y no conseguí. Me senté en el Internet, vi en El Universal: ‘Se necesitan mujeres taxistas’. Yo pensé: bueno, voy a hacer esto mientras tanto y me quedé mientras siempre”, me dice esta mujer de voz firme que cree que un taxi puede ser también un consultorio psicológico y un espacio para luchar por la igualdad del género, para batallar contra el machismo.

“Hay mujeres que entran y me dicen: ‘Ay, yo quisiera manejar, pero mi marido no me deja’. Yo me volteo y les digo: ¿Cómo así?... esa vaina me da como rabia. ¿Tú naciste con él? ¿Tú no tienes tus propios sueños, tus propias metas? Y empiezo a darle psicología a las personas. No seas así, tú no tienes que depender de tu marido y salen con otro pensamiento de mi taxi”.

Mábel Montoya Zúñiga, ¡amor al volante!

48 años, 6 como taxista.

No encontraba trabajo, pero cuando empezó en el taxi dijo: “¡Sí puedo!”, pero no sabía manejar... “Te aseguro que cuando salí a la calle no sabía manejar, pero aprendí y hasta el momento siento que aprendí bastante. Puedo andar en la vía con todo ese poco de motos y ya los nervios no me dan”, cuenta y ríe.

“En el taxi uno consigue personas maravillosas y personas que le quieren hacer daño, pero vamos pa’lante. Ahí conseguí la pareja con la que vivo”.

Cuatro de una tarde gris. Ella hacía colectivo desde Bocagrande y vio al señor esperando en un andén.

-¡Colectivo! -gritó Mábel.

-Sí -dijo el señor Antonio Mendoza.

Para cuando llegaron al Mercado de Bazurto ya caía un severo aguacero y el taxi se quedó sin gas. Ella devolvió la plata de los pasajes y casi todos los pasajeros se bajaron, todos, menos Antonio. “‘No te preocupes, te voy a ayudar, yo también soy taxista’, me decía. Yo: ay, tan amable el señor, me ayudó, nos empujaron el carro, fuimos la bomba, tanqueamos y me dijo: ‘No, está lloviendo duro, yo manejo el carro y te llevo’. Ahí lo conocí, nos dimos los teléfonos, empezamos a charlar y hasta ahorita... Vamos a tener seis años de estar viviendo”.

Arleida Ortega Ramos, ¿y usted con quién va a entrar al motel?41 años, 18 como taxista.

“Soy madre soltera de dos bellos y hermosos bebés. Empecé a manejar taxi desde que tenía 23 años y siempre me he dedicado a esto, tuve dos embarazos en mi taxi y en el segundo manejé hasta los siete meses. Gracias a Dios nunca me han atracado.

“¿Una anécdota? Una vez se montó un tipo en el taxi y me dijo: ‘Mija, llévame a Las Cangrejas’. Veníamos desde Bocagrande, era un paisa... ‘Ah, bueno’. Yo sí veía que el chico no tenía ninguna chica y cuando llegamos allá arriba le dije...

-Ajá, señor, ¿y usted con quién va a entrar?

-Mija, con quién más, contigo.

-Me hace el favor y a mí me respeta y ahora me paga cien mil pesos por la carrera. ¡Qué tal!”.

Y el tipo estaba tan apenado que se los pagó. Y se bajó.

Rosa Mora González, ¡taxista hasta los 90, amén! 68 años, 35 conduciendo.

La que no se baja de los carros es Rosa. Su papá era argentino, su mamá cubana y ella misma es cubana, pero vive en Colombia desde los años ‘jupa’. Estudió ingeniería mecánica, ejerció un año, aprendió a manejar un camión de su papá y desde entonces no suelta el timón. Cuando se convirtió en mulera le dijeron que cómo así, que “ese es oficio de hombre, qué haces allá encaramada, que no sé qué, pero cuando yo me subo en una mula me siento tan grande y tan realizada”.

Realizada por sus cuatro hijas, 13 nietos y 5 bisnietos. Y porque no se deja de nadie, así, con todo y sus sesenta y pico, se enfrentó a un ladrón que la atacó a machetazos.

“Llegando a mi casa, en Olaya, ya estaba cerrando la puerta cuando juaz, me abrieron la puerta y metieron un machete y yo metí la mano y empecé a pelear con el ladrón. El tipo me ganó y cuando vi que venía con el machete, metí una mano y me cortó, volvió a tirarme y metí la otra, me cortó en las manos, me quedaron en carne viva y él salió corriendo. Yo así, prendí el carro y eché para atrás, no podía con el dolor, pero cuando enfoqué para cogerlo, porque yo le iba a pasar el carro por encima, se fue”. Rosa pasó dos meses acostada, sin trabajar, pero jamás le faltó una comida o una medicina, sus colegas nunca la abandonaron.

Rosa se levantó y ahora promete que manejará taxi hasta los 90 años y grita: ¡Amén!

***

Las protagonistas de esta página nunca mencionaron la palabra “feminismo”, pero vaya que son activistas desde sus carros, desde sus ‘consultorios amarillos sobre ruedas’. Ellas luchan juntas por un sueño, la Fundación Mujeres Al Volante. Con ella pretenden ayudar a las mujeres que quieran independizarse económicamente, ayudarles a aprender a conducir y a conseguir sus licencias, si quieren ser taxistas, o facilitarles el camino para aprender cualquier otro oficio que las convierta en lo que todas deberíamos ser: seres independientes y felices.

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