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Revista nueva

De los 0 a los 5 años…; ¿Dulces sueños?

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La siguiente escena es muy familiar para todos aquellos que se han estrenado en la monumental tarea de criar a un ser humano: el sepulcral silencio de las 3 de la mañana es derrotado por los pulmones del nuevo habitante de la casa.  Lejos todavía de la vigilia, papá se levanta de la cama. Sin oponer resistencia, los gritos del pequeño lo han sacado de su descanso como lo haría un terremoto 8.5 en la escala de Richter.
Entre tumbo y tumbo logra llegar a la cuna, alza al pequeñín con cierto recelo pues -sobre todo a esa hora- es normal dudar de que en un cuerpecito tan indefenso pueda residir un consagrado soprano. Mamá los mira de reojo fingiendo que duerme. No está mal que de cuando en vez (y a esa hora) sea él quien cambie los pañales de un inocente ser, al que le da lo mismo que sea de noche o de día.
Una vez limpio y satisfecho, da vía libre a papá para que vuelva a ‘arruncharse’. Entonces la calma regresa. ¡Pero no se engañen! En unas tres horas aproximadamente, la situación será como un deja vu.

¿Para qué dormimos?
Antes de hablar de las diversas etapas que atraviesan los niños para llegar a un sueño más parecido al adulto (aproximadamente a eso de los 5 años de edad), sería más útil analizar esta función tan importante para nosotros.
Aunque al nacer dedicamos el 90 por ciento del tiempo a dormir, en rangos generales, los médicos recomiendan no dedicarle menos de seis horas diariamente.
De todas formas, los ciclos de sueño son bastante subjetivos. Sin embargo, en términos generales, restarles tiempo puede dañar el sistema nervioso central. Así que si usted es de quienes a pesar de dormir siente fatiga y no puede concentrase, sáquele tiempo para descansar.
Con el cese de las actividades motoras, el cerebro se concentra en una serie de funciones que son indispensables desde que nacemos hasta que morimos. Porque no solo se restauran los efectos de nuestras actividades diurnas, también la información recibida se procesa y almacena.
Por supuesto, lo mismo ocurre con los niños. Varios estudios han demostrado que cuando duermen menos de 10 horas, una parte del sueño REM (especificado en el recuadro) se pierde y las consecuencias son graves.
Esta etapa onírica es fundamental para el niño, pues le permite grabar en su cerebro la información adquirida durante el día. También lo recupera y predispone a aprender cosas nuevas.

Más dormidos que despiertos
Según los cálculos establecidos por los expertos, en los primeros dos años de vida, los seres humanos pasamos más durmiendo que en cualquier otra actividad. Frente a 8.000 horas que están despiertos, los más pequeñitos utilizan 13 meses en dormir, unas 9.500 horas.
De los 2 a los 5 años la cuestión se nivela un poco, ya que usarán la mitad de su tiempo para jugar, comer y compartir con su familia. Desde los 6 hasta la adolescencia, ese porcentaje varía solo en un 10 por ciento, pues todavía los jóvenes duermen el 40 por ciento de sus días.
De todas formas, muchas madres se preocupan porque consideran que sus pequeños duermen excesivamente,  sobre todo las primeras semanas después del nacimiento. Lo cierto es que hasta los tres meses, el bebé ocupará más o menos 17 horas al día en esta actividad.
Del cuarto al decimosegundo mes descansará durante 15 horas; y al caminar hacia el segundo pastel, de 13 a 11 horas en la noche y 2 en el día. Sin embargo, es entre los 2 y los 4 que los niños abandonan la siesta.

Mientras dormías…;
Como ya lo escribimos renglones atrás, dormir es una actividad indispensable para procesos tan importantes como la síntesis de la hormona del crecimiento; la fijación del conocimiento y de la atención, y la memoria a largo plazo; la absorción de nutrientes y el estímulo del sistema inmune, entre otras no menos importantes.
“Descansar durante la noche garantiza no solo que los niños estén más activos al día siguiente; también permite que el cuerpo cumpla a cabalidad con procesos que de no llevarse a cabo pueden afectar el desarrollo e impactar la tranquilidad del hogar”, asegura la doctora Constanza Ballesteros, médica pediatra, especialista en medicina del sueño para niños, de la Clínica del Sueño Ondina.
Pero, entonces, ¿qué debemos tener en cuenta para que  nuestros hijos aprovechen al máximo sus horas de sueño?
Lo primero, garantizarles una dieta balanceada, pues según nuestra asesora, es la encargada de optimizar todos estos procesos.
Al parecer, alimentos como la leche, huevos, queso, pan y cereales, todos ellos ricos en triptófano, favorecen la producción de serotonina, un neurotransmisor muy importante en los ciclos del sueño.
Por el contrario, los productos altos en grasa son enemigos del buen dormir, ya que usualmente generan molestias intestinales. Pero tampoco es buena idea que los niños se acuesten sin comer, pues este pésimo hábito puede fraccionar el periodo nocturno de descanso.
“Los niños deben comer al menos una hora antes de ir a la cama. Asegúrese que se trata de una comida liviana y que contenga todos los nutrientes necesarios que el organismo de los pequeños requiere para tener un buen descanso.
Yo les recomiendo a mis pacientes consumir un vaso de leche, pues esta contiene triptófano, encargado de favorecer la liberación de la hormona que vigila el ciclo del sueño. La leche puede estar acompañada de otro alimento como un sándwich, verduras o una porción de arroz”.
A pesar de que durante todo el día se libera la hormona del crecimiento, este proceso alcanza su pico más alto en las primeras horas del sueño, por lo que si se retrasa o impide este proceso -y en particular la hora de ir a la cama-, ese importante componente no se liberará como debe ser.
Según la doctora Ballesteros, dormir inadecuadamente trae consecuencias negativas para los niños. “Por ejemplo, cambios de humor, fatiga, irritabilidad, pérdida de atención y concentración, disminución de la habilidad cognitiva e hiperactividad.
El mayor porcentaje de estos problemas en niños se relaciona con la falta de una higiene del sueño. Por eso deben entender que la cama es solo para dormir. No recomiendo tener ningún dispositivo electrónico en las habitaciones de los niños, ni celulares ni reproductores de música. Y deben acostarse todos los días a la misma hora”.
Así mismo, aconseja incluir diariamente alimentos que son fuente de proteínas y de minerales como el zinc y el hierro, elementos esenciales para favorecer el adecuado crecimiento y desarrollo.
El zinc por ejemplo, participa en múltiples procesos que contribuyen al crecimiento, al apetito y al fortalecimiento del sistema inmune, entre otros. Además se ha observado que niños con insomnio presentan niveles bajos de zinc.

CÓMO OPERA EL SUEÑO
Aunque muchas personas se acuestan como se levantan, lo cierto es que el ciclo onírico es cambiante y dinámico. Cada noche, todos pasamos por diferentes etapas cuya duración depende de la edad que tengamos.
Dentro de estas fases está la etapa No REM, en la que se da la recuperación física y no solemos soñar. La Fase REM, por su parte, es muy importante, pues en ella se da la recuperación psíquica y es cuando llegan los sueños.
En los niños, la cantidad total de sueño, y específicamente de fase REM, es mayor que en los adultos.

En las primeras horas del sueño nocturno se presenta el pico más alto de liberación de la hormona de crecimiento.
En las primeras horas del sueño nocturno se presenta el pico más alto de liberación de la hormona de crecimiento.
Los niños que no duermen lo necesario tienen peor rendimiento escolar y un desarrollo del lenguaje más lento.
Los niños que no duermen lo necesario tienen peor rendimiento escolar y un desarrollo del lenguaje más lento.
Según algunas investigaciones, la calidad y cantidad de sueño impactan de manera significativa el desempeño escolar.
Según algunas investigaciones, la calidad y cantidad de sueño impactan de manera significativa el desempeño escolar.
Generalmente, las pesadillas, en las que monstruos y fantasmas son figuras repetitivas, comienzan hacia los dos años de edad. La causa no está clara, aunque la mayoría de investigadores la relaciona con estrés y ansiedad de los niños.
Generalmente, las pesadillas, en las que monstruos y fantasmas son figuras repetitivas, comienzan hacia los dos años de edad. La causa no está clara, aunque la mayoría de investigadores la relaciona con estrés y ansiedad de los niños.
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