Anna Wintour es uno de los personajes más interesantes, y por qué no, indescifrables del universo de la moda actual. Tiene un estereotipo que mantiene como una suerte de armadura. Un sello. Un ADN que la hace tan popular y americana (pese a haber nacido en Gran Bretaña) como la manzana de Apple o los arcos de McDonalds. Nos referimos a su corte de pelo rubio al hombro, implacable flequillo, lentes de sol y traje Chanel (casi siempre) a la rodilla.
La directora de Vogue América tiene el amplio conocimiento que le da dirigir la llamada “Biblia de la moda mundial”. Siempre supo que lo suyo era la moda, esa moda que antoja, esa moda que seduce, esa moda en la que las mujeres se miran, en cada página de su revista, como en un espejo. Como en una especie de sueño que Anna les promete cumplir.
Y como toda moneda, Anna tiene dos caras. Como tantos personajes que alcanzan la cima de sus talentos, siempre encontrarán voces deseosas de descubrir lo que no se cuenta en público. Lo que se grita en silencio. Lo que se calla ante su presencia.
Una es la cara de quienes la admiran, la idolatran; de quienes la quieren imitar o quieren alcanzar su beneplácito, que luego, tal vez, se verá materializado en una portada, una entrevista o un editorial. Y la de aquellos que ven en ella a ese personaje que tan claramente interpretó Meryl Streep en la película El diablo viste a la moda, basada en el libro El diablo viste de Prada. En esta cinta se le vio como un personaje tirano, enigmático, alejado del fascinante mundo de color y glamour que rodea la moda. Anna, o Miranda como se llamó en el filme, se antojaba un ser siniestro, incapaz de expresar emociones o de ejecutar una tarea en equipo, como una líder que lleva adelante tareas, y gana admiración y respeto antes que miedo.
En contraposición, meses después, Anna protagonizó el documental September Issue, en el que mostró un retrato vívido de cómo se elabora la edición más importante del año, en términos de pauta y número de páginas. Claro que el testimonio real no contribuyó a alejarla de la imagen cinematográfica. Aquí la vimos indolente ante el trabajo dedicado y exhaustivo de la productora de moda Grace Coddington. O la reconocimos, increíblemente, capaz de poner en apuros a Stefano Pilati, de Gucci, quien sometía a su juicio, con afán y nerviosismo, su trabajo creativo.
Mirada de experto
Julián Posada, docente e investigador de moda, anota que ella “usa la portada de la publicación para promover a los diseñadores más creativos o a los que mejor pautan”.
Trabaja con dios y con el diablo. Finalmente, para eso trabaja: para el medio más poderoso de la moda, y es la más poderosa, como lo reconoció Karl Lagerfeld recientemente.
La aseveración de Julián Posada tiene elementos cotidianos y reveladores: los desfiles no empiezan si ella no ha llegado y hace reeditar colecciones cuando ya están listas porque no fueron de su agrado. Es decir, Anna Wintour ve en pasarela lo que quiere ver. Que ella esté en la primera fila o front row de un desfile, es ya un pasaporte al mundo Vogue.
Catherine Villota, editora de Fashion Radicals, consultora de moda y columnista del diario El Colombiano, señala que “ella representa el poder que tiene que ver con los medios de comunicación. Vogue América es una revista referente de moda en el mundo. Ella, como personaje, se volvió un mito pero en realidad lo que es relevante y tiene poder es la revista. La revista le dio el poder que tiene hoy en día y Anna lo ha sabido manejar para crear una credibilidad influyente en la moda”.
Julián responde a la pregunta sobre la “necesidad” de personajes como ella, mencionando a Anna dello Russo, la editora de Vogue Japón, conocida por sus looks extravagantes, teatrales, de pasarela llevados a la calle. Un personaje de revista. “Anna es la dictadora y las otras son las que ponen la imagen, traen la sorpresa (Anna dello Russo, Miroslava Duma, Giovanna Bataglia, entre otras)”.
Catherine coincide en cierto modo. “Los personajes de poder en el mundo de la moda deben tener validación desde el conocimiento, desde su trabajo editorial y no desde el show. Anna, aunque es muy mediática, en realidad va más allá de ella y representa el significado de una editora. Es el icono del arquetipo de mujer poderosa, absoluta, influyente y suprema”.
Al hablar de la admiración que despierta, la experta Caty anota: “Admiro que la moda se vuelve aspiracional y al mismo tiempo asequible. Muchas mujeres leen y miran Vogue sin importar qué tanto saben de la industria. Las tendencias son grandes conceptos de estilo de vida. Es todo un universo que va más allá de la indumentaria”.
Julián reconoce su aporte en términos de inteligencia. “Ha hecho la transición entre la vieja ola y los jóvenes”. Y añade: “Tiene un equipo muy bueno, pero es un equipo de viejos. Vive de la obsolescencia, por lo que tiene que crear mitos para comérselos”.
Un personaje, de luces y sombras, de blancos y negros, de sonrisas y ceños fruncidos que se ocultan bajo sus enormes lentes y esa sonrisa en la que no se puede diferenciar la alegría del sarcasmo.
Pone y quita diseñadores
Para Catherine Villota, el estilo de Anna Wintour como papisa de la moda, que unge a ciertos diseñadores y rechaza a otros tantos, es efectivo. “Creo que sí, esto permite hacer filtro, feedback y aportes a la industria y la creatividad; pero para ello, esa editora debe saber desde dónde hace esa edición, con fundamento y no capricho. El valor de un editor es ese filtrar y hacer que sea comprensible el proceso creativo de un diseñador”.
Y recuerdan, Catherine y Julián, nombres que Anna, desde Vogue, ha hecho indispensables y luminosos, con gran talento creativo… claro está. Hablamos de Marc Jacobs, Alexander Wang, Proenza Schouler, Thakoon y Jason Wu, por citar algunos.
De hecho, sugieren que fue ella quien debió recomendar a Wang para Balenciaga, donde se desempeña como director creativo.
Te puede interesar: