Hoy en día cuando el hombre siente que domina el mundo a través de la tecnología, la ciencia, el conoci-miento, el bienestar, es cuando se ha hecho más vulnerable a tal punto que ha perdido la capacidad de encon-trar el verdadero sentido de su existencia. Al tiempo corre diariamente en busca de una felicidad que se le muestra esquiva. Muestra de ello, hace una década la Universidad de Harvard introdujo la Cátedra de la Feli-cidad y para el próximo semestre la UTB anunció una similar en Cartagena.
El ser humano busca con ahínco ser feliz. Para lograrlo hay que aprender a conjugar en nuestra vida dos temas, aparentemente contrapuestos: el amor y el dolor. En la medida en que aprendemos a amar bien sere-mos más felices. No es ninguna novedad afirmar que cuanto mayor sea el amor hacia algo, tanto más nos duele su pérdida. “En la educación del corazón es indispensable mencionar el sufrimiento, tan frecuente co-mo el gozo de amar. Si no se quiere pasar mal, hay que dejar de amar, encerrar el corazón, sujetarlo conti-nuamente, evitar los compromisos, pero la consecuencia será la soledad, el aislamiento, la incapacidad para re-lacionarse: ¡muy parecido a lo que ocurre en el infierno!”.
Para ser plenamente feliz hay que considerar una educación para el amor que es en cierta forma, una edu-cación para el dolor.
Nos lo explica Javier Abad Gómez:
El sentido del dolor
“El dolor es el permanente compañero de la vida del hombre. Hace presencia de pronto, irrumpe en el camino para recordar nuestra fragilidad y enseñarnos a mirar a Aquel que nacido en un pesebre estaba destinado a morir en una Cruz. Por eso, la mejor manera de situarnos ante él es mirarle el rostro, reconocerlo, aceptarlo. Y si es posible, amarlo. El amor es la fuente más rica del sentido del sufrimiento, que sigue siendo un misterio. Somos conscientes de que nuestras explicaciones son insuficientes y limitadas, pero cuando se entiende que hace parte del sendero normal de la existencia, se convierte en un crisol de madurez y fortaleza y en escuela de verdadera humanidad. No podemos eludirlo, pero sí podemos evitar que nos agobie, haciendo que el sufrimiento nos construya y humanice en vez de destruirnos. Todo depende del realismo y la generosidad con que lo afrontemos. Para ello, hace falta que desde el dolor brote la oración que recibe la voluntad divina con humildad. Y ofrecerlo por todos los que sufren, y así el dolor compartido se enriquece. Nunca es más puro el amor, nunca más eficaz, ni más íntima la adoración que en la serena aceptación de las penas. La enfermedad nos lleva a arrodillarnos ante Dios, a comprender nuestra insignificancia y total dependencia de Él. El Espíritu Santo enseña a descubrir a Cristo a nuestro lado, que nos mira sereno desde la altura de su Cruz y nos concede la fuerza suficiente para sobrellevar todo lo que Dios permite. Nos despoja de aquello que apreciábamos en demasía, para facilitarnos volver a Él, como el niño lastimado corre hacia su padre.”
*Javier Abad Gómez, El Poder del Amor, Ediciones Palabra, Madrid 2013 pág. 177.
¿Qué hacer ante el dolor?
“Reconocerlo y aceptarlo ,“No me pasa nada”, “en el fondo no es importante” etc. Son máscaras que impiden reconocer el mal presente y hacen vivir en la mentira.
Salir de uno mismo para mirar la situación en perspectiva, valorándola en su justa medi-da…;relativizar la situación: no es el fin del mundo, puede haber soluciones, otras personas sufren lo mismo…;
Conviene encontrar un punto de referencia, una razón para soportar el dolor presente. Puede ser el amor a la propia familia, a un ideal de vida, a un amigo fiel…; Se trata de buscar un asidero al que aferrarnos y por el cual merezca la pena superar las dificultades…;
